¿Es acaso obligatorio coincidir siempre?
Monday, December 13, 2010, 09:55 AM
¿Es acaso obligatorio coincidir siempre?.
Por Félix Sautié Mederos
Crónicas cubanas.
Hace algunos días alguien desde el exterior, sin poder ocultar su molestia, se dirigió a mí con un mensaje impositivo e incluso algo burlón e irrespetuoso en el que me expresaba que durante algún tiempo se había hecho la costumbre de leerme, pero que ahora quería decirme que cada vez que escribiera sobre el cristianismo y la religión, no iba a hacerlo más porque él no creía en eso. Sus expresiones me motivaron algunas interrogantes que consideré conveniente compartirlas con mis lectores, sin tener que mencionar a la persona en específico; porque considero está en su derecho de plantear todo lo que desee menos la descalificación dirigida hacia quien no comparte sus criterios y peor aún la burla hacia la edad e imposibilidades físicas del autor. Estimo que quizás promover un intercambio de opiniones pudiera ayudarme a comprender si ando por un camino equivocado o no.
Me pregunto en consecuencia: ¿Es acaso obligatorio leerse todos los temas a los que cada cual puede acceder?; Además, ¿es obligatorio coincidir siempre con lo que se lee o en lo que piensa, así como con lo que cree y lo que testimonia quien lo escribe? Nunca se me ha ocurrido plantearles a mis lectores que obligatoriamente tengan que leerme, ni mucho menos decirles que si no lo hacen yo me voy a molestar o que deban coincidir por obligación con mis criterios. Tampoco hago burlas y/o expreso ironías con edad, enfermedad e imposibilidades físicas. Pienso que eso sería un completo absurdo de mi parte, aunque constituyen actitudes que abundan mucho hoy.
Que se tenga o no un determinado pensamiento, no debería implicar para nada imponerle ese criterio a los demás y tampoco compulsarlos para que cambien su modo de pensar o no expresen sus sentimientos, sus testimonios y/o las cosas que ven o que opinan. Leer o no leer a un determinado autor es un concepto de libre albedrío y de libertad de conciencia; pero presionarlo para qué escriba con un determinado criterio o en una específica dirección de pensamiento, es además no respetar las libertades de expresarse como cada cual desee hacerlo, tan necesarias para alcanzar la comunicación intersubjetiva inherente a la condición humana. Sobre todo es inconcebible cuando se presiona bajo la cobertura de una imagen de libre pensador.
Para convivir en la coexistencia que la naturaleza y la sociedad requieren a los efectos de la edificación de una paz social y medio ambiental que garantice nuestra vida y la del planeta en el convulsionado mundo de hoy, es imprescindible el respeto al pensamiento, a las creencias y convicciones de unos y otros, con todos y para el bien de todos como diría nuestro José Martí. Quizás antes de descalificarnos y amenazarnos mutuamente, deberíamos tratar de comprendernos, tolerarnos y encontrarnos en todo lo que nos sea común para satisfacer nuestras ansias de vivir en armonía y tranquilidad de espíritu.
Cada vez que me choco con esas ideas y conceptos excluyentes e impositivos, que por cierto son muy frecuentes, propios de la intolerancia que caracteriza desde las más diversas confesiones fraternales, religiosas, sociales, políticas e incluso económicas, a los pensamientos que pretenden erigirse en los únicos posibles; y muy en especial, cuando se hace esgrimiendo una afiliación determinada a alguna organización fraternal o progresista incluso de izquierda, tengo que recordar la memoria de mi padre masón, quien siempre desde que yo era muy pequeño hasta sus últimos días, respetó mi libertad personal y la de mis hermanos para creer o no creer en lo que desde nuestras conciencias y nuestros sentimientos entendiéramos que debíamos hacerlo de esa manera. En mi caso para ser católico y para convertirme en un revolucionario inconforme. Considero que la falta de tolerancia hacia los demás, la no aceptación de lo que es diferente, las intransigencias persistentes deviene causas de muchos de los desvaríos, desencuentros y desgracias sociales que hoy se producen.
No es simplemente por las circunstancias y sentimientos personales de miedo al porvenir, edad, padecimiento o a la muerte futura, como hay quienes se complacen en hacer mofa de ello, que a veces le comunico a mis lectores en uso de la confianza y del realismo que considero imprescindibles para propiciar un determinado ambiente de comprensión mutua, que ocasionalmente los años estén pasando por mi, encima de mi existencia terrenal como a todos nos sucede, así como que sufro los achaques crónicos de una diabetes congénita y de familia que ya me obliga a usar bastón y que es anunciadora de que toda criatura sobre la tierra tiene su final, o que también con frecuencia escriba sobre temas propios del cristianismo y/o de los sentimientos religiosos que junto a mis conceptos políticos animan mi quehacer cotidiano. Debo decir que cuando escribo sobre algunos de estos temas no soy vocero de nadie, sólo de mi pensamiento y de mis convicciones porque no necesito escudarme detrás de ninguna persona, organización o jerarquía para expresarme. Siempre he tenido el valor suficiente para responsabilizarme con lo que digo y con lo que escribo.
Cuando expreso estas circunstancias y criterios, me mueven mis convicciones y el deber del testimonio más fehaciente posible que trato de exponer en razón de que unos y otros deberíamos buscar el encuentro que nos facilite intercomunicarnos con la mayor cercanía a nuestro alcance, así como realizar los diálogos que considero necesarios referidos a los problemas que mutuamente nos aquejan o ir en pos de la reconciliación imprescindible para evitar los desencuentros y los desvaríos que nos enfrentan llenándonos de rencores, desconfianzas y odios retardatarios de las soluciones que nos son tan importantes para que podamos edificar un presente y un futuro en realidad posibles. Además propugno también, a que actuemos animados por la esperanza esperanzadora que nos estimula al trabajo y a la lucha a favor de la felicidad de nuestras familias, nuestros descendientes, nuestros compatriotas y nuestros conciudadanos del mundo en que nos ha tocado vivir. Así lo pienso, así lo digo y así lo escribo. fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto! El lunes 13 de diciembre del 2010
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El Adviento 2010 y las incertidumbres
Monday, November 29, 2010, 01:57 PM
Por Félix Sautié Mederos
Crónicas cubanas
Cada año, el tiempo litúrgico de Adviento constituye una etapa de recuento, firme propósito de la enmienda y, principalmente, espera esperanzadora de los cristianos en todo el mundo. Es un espacio de preparación con vista a las festividades de Navidad conmemorativas del nacimiento entre nosotros del niño Dios, hecho trascendental que dividió la Historia Humana en un antes y un después, en el que resonaron dentro de los ámbitos del Israel bíblico en el territorio donde se ubicaba la aldea de Belén, palabras de amor y esperanza que proclamaron “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”. Canción de ángeles que ha sido traducida con múltiples expresiones propias de los idiomas y dialectos con que hablamos los seres humanos, iluminada y enriquecida musicalmente además con una gran diversidad de melodías, cánticos referidos, imágenes y formas gráficas simbólicas de la alegría, la felicidad así como de la esperanza, propias del ambiente navideño y de fin de año, que se extiende a la hermosa fiesta para los niños cada 6 de enero en recordación de la visita de los magos del Oriente a Jesús, María y José en su gruta de Belén.
En el devenir de la Historia estas conmemoraciones han sido símbolos del optimismo cristiano e incluso de la humanidad en general, a favor de la vida, considerada por los que tenemos fe como el don más valioso que nos ha legado Dios. Los medios de comunicación así como las costumbres inducidas por el comercio, muchas de las cuales constituyen expresiones propias de un paganismo estructural extendido con fuerza dentro de la cultura consumista del mundo de hoy, no tienen en cuenta en sus campañas de prensa y de marketing propias de los meses de fin y principio de año a que me refiero, al Adviento preparatorio de análisis y propósitos para lo que habrá de venir en el futuro que se nos aproxima anualmente con sus enigmas dilemas y esperanzas. El Adviento es una etapa de 4 semanas que se simbolizan en los templos católicos con una corona que incluye a 4 sirios con específicos colores litúrgicos que se encienden uno cada domingo, cargados siempre del misticismo y la espiritualidad tan necesarios para enriquecer nuestro sentido humano de la vida más allá de lo intrínsecamente material en los planos y dimensiones del alma, que son contentivos de nuestros gozos, sufrimientos, desencantos, satisfacciones, alegrías y tristezas.
Escribo en esta ocasión sobre realidades siempre presentes que se reiteran cada año y que transcurren con secuencia ininterrumpida desde los primeros tiempos del cristianismo. Forman parte esencial de la cultura y de las costumbres de millones y millones de personas en todo el mundo. Se mantienen vigentes y constituyen en última instancia símbolos de esperanza, paz y alegrías, por más que se esfuercen los que intentan controlarlo todo, en presentarlos controvertidamente, descalificarlos y/o ridiculizarlos escamoteándoles su significación espiritual procurando manipularlos y/o tratando de borrarlos por completo.
De nuevo comenzamos el Adviento, ahora el del 2010 caracterizado por una carga de incertidumbres y preocupaciones sobre el futuro año 2011 y sus dramáticas perspectivas de más restricciones, de masivos despidos del trabajo con magras coberturas salariales y de seguridad social que afectarán a muchas familias cubanas para las que las fiestas que prepara el Adviento serán angustiosas, aunque quisieran aislarse de una realidad que día a día se impone con nuevos anuncios así como hechos objetivos y subjetivos, que la voz del pueblo calificada como voz de Dios los va describiendo de boca en boca quizás con desproporciones y fantasías, pero que en el fondo parten de indicios reales que aunque no sean aceptados oficialmente, algo de ellos ha sucedido o sucederá en definitiva.
Me refiero en este inicio del Advierto, a momentos que los cubanos estamos viviendo, en los que se hace más necesario y urgente que nunca antes proclamar la esperanza, desterrar la desesperanza y estimular la lucha por la vida y el enfrentamiento a las dificultades con una actitud optimista, positiva, creativa y valiente que impida dejarnos vencer por circunstancias, coyunturas o fuerzas negativas que puedan interponérsenos. En cada Adviento de nuestra existencia terrenal, deberíamos recordar los creyentes y no creyentes que, mientras haya vida habrá esperanza y posibilidades para vencer a la adversidad. Ante la adversidad, siempre con el pueblo. Considero que estos son los sentimientos positivos que debiéramos propugnar y proponernos en nuestras meditaciones de Adviento, así como en el contenido de los diálogos con Dios que nos planteamos todos aquellos que tenemos fe y confianza en su infinito amor y misericordia por los seres humanos, de los cuales los cubanos no somos ninguna excepción ni mucho menos. Así lo creo, así lo pienso y así lo escribo. fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto!, el lunes 29 de noviembre del 2010
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Un signo habanero de renacimiento espiritual
Monday, November 22, 2010, 10:02 AM
Un signo habanero de renacimiento espiritual
Félix Sautié Mederos
Crónicas cubanas
Hay espacios que nos impresionan y nos marcan sensiblemente para toda la vida. Aunque transcurran los años, a veces cuando más tiempo pasa, nos provocan intensos sentimientos de alegría o incluso de tristeza y en muchas ocasiones alegrías y tristezas entremezcladas. En definitiva son sentimientos y misterios propios de la espiritualidad que nos es inherente.
Me pregunto si existe alguien que no haya experimentado estas sensaciones a que me refiero, en especial cuando ha vuelto a estar presente en uno de los lugares que en el transcurso de su vida lo marcaron para siempre. A mí me sucede con frecuencia, porque he vivido con intensidad en múltiples localizaciones físicas y espirituales en donde se han producido acontecimientos que nunca he podido olvidar. Quiero en consecuencia dejar constancia de lo que experimenté hace algunos días, en el convento San Juan de Letrán en el Vedado habanero durante la ceremonia y misa con motivo de la reinauguración de su hermoso templo después de varios años de intensa reconstrucción y restauración que le restablecieron y profundizaron el esplendor con que lo conocí cuando era muy joven en La Habana de finales de los años 40 y principios de los 50 , así como durante casi toda esa década de mitad del siglo XX en que La Habana se caracterizaba por sus colores vivos, sus luces y su pujanza ambiental en medio de los dolores y luchas contra la dictadura batistiana en las que buscábamos, añorábamos y trabajábamos para alcanzar una mejor vida valiéndonos de las más diversas formas imbuidos de esperanzas de que sí podíamos lograrlo.
San Juan de Letrán era en aquella época un templo insignia de espiritualidad fecunda para mis compañeros de generación, que desde las juventudes estudiantiles de Acción Católica soñábamos con el futuro. Después de las luchas de los años 50, vino el triunfo revolucionario de 1959 y las grandes epopeyas que hemos vivido todos estos tiempos con logros, desencuentros, errores, aciertos y múltiples problemas que han cambiado la faz habanera. Poco a poco los edificios se han descolorido, sus paredes sufrieron el efecto del tiempo sin mantenimientos, algunos se han derrumbado, muchas luces se han apagado creando las semipenumbras y oscuridades por las que hoy caminamos en nuestras tardes, noches y madrugadas habaneras.
En todo este tiempo en el templo de San Juan de Letrán también aparecieron las consecuencias materiales, aunque puedo decir que siempre mantuvo viva una luz muy especial, que proviene del fuego del espíritu y del bautizo en fuego que nos prometió Jesús con la promesa de que regresaría por todos nosotros al final de los tiempos. Debo confesar que en los momentos de mis mayores lejanías y angustias, cuando más intensamente prohibida estaba mi espiritualidad, cada vez que pasaba frente a San Juan de Letrán en la calle 19 del Vedado, o incluso a su altura por la calles L, 23 o Línea, pude percibir que se estremecía en mi interior sentimientos de mi juventud que en ocasiones no podía identificar. Ahora ya de viejo, cuando vengo de regreso por todos los caminos recorridos y me hago más místico, comprendo que eso tenía que ver con la espiritualidad consustancial con que todos venimos al mundo y que se forja en nosotros de acuerdo con la cultura, las tradiciones, así como los ancestros con los cuales nos educamos, nos formamos y nos desarrollamos cada uno en específico, ya sea en los ámbitos del cristianismo o de la religiosidad ancestral correspondiente a nuestros orígenes y nuestras familias, lo que no debería olvidarse por lo diverso, sincrético y mestizo en general de lo cubano.
Todo esto lo sentí intensamente de nuevo hace algunos días, cuando pude asistir a la reinauguración del templo habanero de San Juan de Letrán, que es un icono del Vedado y de mí Habana natal. Ahora restaurado completamente con la ayuda generosa del Principado de Asturias en España, así como la gestión constructiva y de conservación de nuestro patrimonio monumental que realiza la Oficina del Historiador de la Ciudad junto con el trabajo anónimo y eficiente de un conjunto de técnicos y obreros cubanos que contó además con la participación de un arquitecto focolarino que desde otras tierras vino como misionero a compartir con nosotros nuestras vicisitudes, alegrías y tristezas; y muy en especial, por la entrega y la pasión que puso en ello Fray Manuel Uña OP con su capacidad aglutinadora y su nobleza características. Todo lo cual es justo y honrado que se reconozca sin prejuicios de ningún tipo ni origen
Fue una eucaristía presidida por el Cardenal Arzobispo de La Habana Jaime Ortega y Alamino, sus obispos auxiliares, el Nuncio Apostólico en Cuba así como múltiples sacerdotes más, rebosante de personas que se agolparon en los bancos, pasillos laterales y en todo el templo. Pude percibir entonces algo que hoy no abunda mucho entre los habaneros, pude ver optimismo, esperanza y alegría; era como si estuviéramos asistiendo al renacer de un ámbito de vida que lo sentíamos muy de nosotros, incluso de los muchos que no vivimos en el Vedado pero que amamos a San Juan de Letrán como un símbolo de luz para el espíritu.
Es muy difícil de describirlo con palabras que son insuficientes para ello, pero trato de hacerlo. Estábamos en un alto por decirlo de alguna manera, de los sufrimientos, de los sueños frustrados y de las luchas por sobrevivir que es lo más característico de nuestro presente. Vivíamos un nuevo comienzo y en un nuevo renacer del espíritu, alimentados por la fe y por labor silenciosa pero efectiva de los dominicos descendientes de Fray Antón de Montesinos y de Fray Bartolomé de las Casas, quienes en su tiempo rompieron lanzas a favor de nuestros aborígenes con la pregunta: ¿Acaso ‘aquestos’ indios no son hombres?, cuyo sentido actualizado conforme las circunstancias, nuevamente hoy podríamos preguntarnos en relación con el pueblo de a pie de toda Cuba, preterido, discriminado y no tomado en cuenta, que sufre por todas las contingencias e inflexibilidades que nos acechan tanto en la materia como en el espíritu de nuestras vidas.
Quizás algunos piensen que soy un soñador que se aparta su momento, pero yo considero lo contrario porque la esperanza de una vida mejor la vi reflejada en San Juan de Letrán como un signo del renacimiento espiritual que todos necesitamos, tengamos un credo u otro, seamos creyentes o no. Así lo pienso y así lo escribo.
fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto!, sección de Opinión, el lunes 22 de noviembre del 2010.
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De nuevo la esperanza en el aula de los dominicos habaneros
Monday, November 15, 2010, 09:51 AM
De nuevo la esperanza en el aula de los dominicos habaneros
Félix Sautié Mederos
Crónicas cubanas
Hace algunos días fui invitado al nuevo ciclo de conferencias mensuales del Aula Fray Bartolomé de las Casas que cada año convocan los padres dominicos del Convento San Juan de Letrán en el Vedado habanero, en esta ocasión con el título genérico “Las virtudes humanas en la sociedad”. Mi costumbre es participar y ocasionalmente escribir sobre los contenidos del encuentro en estas acogedoras iniciativas dominicanas, que propician análisis enriquecedores muy especialmente en nuestro medio local en donde son tan restringidos e incluso descalificados esos diálogos cuando se producen sin que medie una convocatoria de las instancias oficiales de la cultura.
Sus conferencias son esperanzadoras, porque estimulan y enriquecen la espiritualidad de quienes participan. En tanto que la esperanza y su antítesis la desesperanza tienen su origen en múltiples causas e incidencias que ocasionalmente se disfrazan para presentarse con formas promisorias cuando en realidad no lo son, mientras que en otras ocasiones generan pesimismos y hastíos por múltiples motivos controvertidos, unas veces inevitables pero que también en muchas quizás la mayoría de las oportunidades pudieran ser previsibles y solucionarse de forma adecuada, si se toma conciencia de su verdadera naturaleza y si se tiene valentía para enfrentarlos con decisión. Por otra parte, la desesperanza constituye un sentimiento que en realidad va contra las esencias intrínsecamente optimistas de un ser creado a imagen y semejanza de Dios con libre albedrío y capacidad creadora, capaz de transformar al medio en que se encuentra insertado e inclusive a la vida social y personal, como lo demuestra el desarrollo de la humanidad en el tiempo. Precisamente estas actividades del Aula Fray Bartolomé de las Casas, actúan de manera positiva sobre la espiritualidad consustancial de nuestras vidas y nos estimulan a pensar con conciencia de nosotros mismos, del universo y de la sociedad. En su conjunto propician la esperanza.
Escribo sobre estos conceptos en momentos en que los signos del pesimismo, la falta de fe en el presente y en el futuro me rodean por todas partes. Ante tales circunstancias y coyunturas, considero que la necesidad de la expresión libre de los sentimientos pasando por encima de las restricciones a la conciencia presentes de manera objetiva y subjetiva en el medio en que me encuentro insertado, es algo muy necesario y los ciclos de conferencias de los dominicos habaneros estimulan a plenitud ese desarrollo espiritual a quienes asisten. Las personas necesitan de la esperanza como del pan y ambas cosas están muy en precario entre nosotros; por eso repito parafraseando a José Martí, que los dominicos demostraron nuevamente ser buenos para Cuba y para América.
La primera conferencia de este ciclo se refirió a un debate en los años 40 del siglo pasado entre dos muy prominentes intelectuales cubanos ya desaparecidos: Jorge Mañach y José Lezama Lima, con el subtítulo: Dos visiones del compromiso intelectual. Quizás quienes lean mi crónica en el exterior no puedan aquilatar en toda su magnitud la trascendencia de este tema en La Habana del 2010, cargada y enrarecida por muchos años de silenciamientos, exclusiones y olvidos, sobre todo de las esencias y de las necesidades de la cultura del debate y del análisis en colectivo. Salir al rescate de esa cultura fue en mi opinión el principal logro de la documentada y profunda conferencia que dictó el Dr. Roberto Méndez quien es Consultor del Pontifico Consejo de la Santa Sede para la Cultura y quiero destacarlo porque con sus palabras trajo ante nosotros un ejemplo significativo del ejercicio del pensamiento. Así lo planteo y describo en un momento que como nunca antes requiere que se propicie al máximo posible al debate y para lograrlo considero necesaria la maestría y la profundidad que nos demostró el Dr. Méndez de manera magistral y amena, sin cansarnos.
Cuando todo terminó, salí del Convento San Juan de Letrán acompañado por unos amigos que se dispusieron a ayudarme con mi torpe caminar en búsqueda de un taxi porque con mi bastón y mis impedimentos ya no puedo hacer otra cosa. En ese trayecto se nos acercó una señora que también había asistido a la actividad que les testimonio, sobre la cual nosotros estábamos conversando. Era una mujer evidentemente culta y de buena presencia, vestida con una elegancia adecuada a su edad madura y sin que mediara presentación ni saludo, nos confesó algo que intentaré describirles: Vine a oír la conferencia porque en mis más de 40 años de vida no sabía quien fue Jorge Mañach. Nunca ni en la escuela ni en la Universidad me plantearon alguna referencia sobre su persona, tampoco he leído nada al respecto de alguien que según el conferencista de hoy fue importante en nuestra historia cultural y política; voy a buscar más y a documentarme mejor, me dijeron que por el Canal Habana alguien habló sobre él hace poco. En su expresión hubo un ánimo y un entusiasmo manifiesto casi eufórico de quien quiere saber y descubrir, rompiendo las tan frecuentes exclusiones absurdas.
Ahí se encuentra el secreto de la labor espiritual que como el Sembrador de la Parábola, hacen los frailes dominicos con la selección de los temas y de los conferencistas de sus ciclos fecundos y promisorios. Sin el libre debate y sin la participación ciudadana dentro de nuestra sociedad de la Cuba contemporánea no habrá esperanzas. Esa en mi criterio fue esencialmente la lección silenciosa pero expresa en los hechos de los dominicos habaneros con su aula Fray Bartolomé de las Casas y la comparto con mis lectores. fsautie@yahoo.com
Publicado en Por Esto! El lunes 15 de noviembre del 2010
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Si no se oye la voz del pueblo, todo empeorará más
Monday, November 8, 2010, 11:01 AM
Si no se oye la voz del pueblo, todo empeorará más
Por Félix Sautié Mederos
Crónicas cubanas
El comentario de que “la calle está que arde” es una constante reiterada con insistencia, en los encuentros entre amigos y familiares dentro del medio habanero donde me encuentro insertado. No obstante, comprendo a los que optan por quedarse callados porque consideran que ya queda poco que decir y se plantean un compás de espera, cual si fuera una tregua fecunda para no repetirse y acumular energías con vistas al futuro; pero mi postura es otra: continuar expresando y escribiendo con objetividad y honradez lo que percibo y siento, sin importarme que me repita o no cuando considere necesario hacerlo porque las situaciones se reiteran. Creo que es urgente deber para quien ejerza el periodismo hacerse eco del sentir de la población e incluso opinar al respecto.
Sé que hay cosas inevitables que no vamos a poder contenerlas debido a que las fuerzas que las impulsen ya están desatadas y en pleno movimiento. Conozco también que es posible aislarse terapéuticamente y poner oídos sordos a los clamores que el pueblo de a pie emite cual voz que clama en el desierto, por no contar con los recursos mínimos de acceso a las nuevas tecnologías de la comunicación social que les son vedadas constantemente y, en consecuencia, se le hace muy difícil concertar sus esfuerzos por ser escuchados alto y claro. Todas estas cosas son realidades, así como alternativas posibles y presentes en las vidas de los cubanos de hoy, que considero imprescindible testimoniarlas en mis crónicas y artículos mientras pueda hacerlo.
Lo aprecio como un deber ineludible de quien pretenda ser cronista de su tiempo. Ya tengo muchos años y he vivido con intensidad; eso me hace comprender muy bien, quizás por instinto biológico principalmente, que todo lo que comienza tiene su fin; pero además creo, por causa de mi fe en Dios, que después de la muerte hay otra vida en un Reino de paz y justicia verdaderas que no tendrá final. Quizás algunos se reirán de mis sentimientos y mis creencias, están en su derecho como yo estoy en el mío de expresarlo públicamente.
La muerte nos llegará a todos sin excepción y cada cual podrá asumirla a su manera. Es una realidad incontrovertible que los que tenemos fe en Dios podemos enfrentarla de una forma muy especial y distinta a los no creyentes, tengo fe en que más favorablemente. Por eso aunque me afectan como a todo humano, trato de superar los miedos naturales e inducidos para actuar en consecuencia con mi conciencia y con mis ideas sin temor a hacerlo, porque en definitiva la muerte llegará, inexorablemente, haga lo que haga y actúe como actúe. Comprendo también que concebirlo de esa forma constituye una fortaleza moral para la vida, especialmente cuando estoy terminando mi peregrinaje terrenal y no voy a desperdiciarla. Peregrinar por la vida con toda dignidad y honradez es opción de trascendencia que será decisiva en el tiempo del eterno futuro que nos espera a todos.
En estas circunstancias tan complejas y azarosas, cuando más inmerso me encuentro en ellas y percibo con mayor fuerza la voz del pueblo que según expresa el refrán es la voz de Dios, me reconforto recordando con intensidad el pasaje evangélico que relata la pregunta de Jesús de Nazaret a sus discípulos en medio de la tempestad y narra su posterior e inmediata acción de respuesta: “¿Por qué tenéis miedo hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza” (Mateo 8, 26). Está escrito y quizás sea premonitorio de lo que habrá de suceder y que ya ha sucedido en muchas coyunturas, aún peores que las nuestras, durante la historia de la humanidad. Entonces, puedo decir que no hay razón válida para dejarse vencer por el miedo que lo mediatiza todo. ¡No tengan miedo! es una actitud que nos planteaba Jesús durante su paso por la tierra y que Juan Pablo II en su visita a Cuba, en 1998, proclamó en voz alta y clara para que fuera oído por todos.
En consecuencia, ¡basta ya! de rencores de unos contra otros, así como de recibir y proferirnos descalificaciones y exclusiones indiscriminadas en sustitución del reencuentro fecundo de todos con todos a favor del diálogo, la reconciliación, el perdón y la concertación, que podrán fortalecernos para enfrentar las adversidades que afrontamos.
Es imprescindible, y más urgente que nunca, comprender que si no se oye y se tiene en cuenta a la voz del pueblo todo empeorará más. En la calle, en los parques, en los lugares de reunión, en los templos y centros sociales, está latente y no es necesario esforzarse mucho para oírla. De nuevo habría que repetir aquello que no me canso de reiterar: ¡Quien tenga oídos para oír, que oiga atentamente!
Publicado en Por Esto! El lunes 8 de noviembre del 2010.
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