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Envío diario nº 788 - Miércoles 18-8-10

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San Mateo 20, 1-16
Los obreros enviados a la viña

Mat 20:1 Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: "El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña.
Mat 20:2 Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.
Mat 20:3 Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados,
Mat 20:4 y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo".
Mat 20:5 Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo.
Mat 20:6 Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?"
Mat 20:7 Le contestaron: "Porque nadie nos ha contratado". Les dijo: "Id también vosotros a mi viña".
Mat 20:8 A la caída de la tarde le dijo el amo de la viña a su administrador: "Llama a los obreros y dales el jornal, empezando por los últimos hasta llegar a los primeros".
Mat 20:9 Vinieron los de la hora undécima y percibieron un denario cada uno.
Mat 20:10 Y cuando llegaron los primeros pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno.
Mat 20:11 Al recibirlo, se pusieron a murmurar contra el dueño:
Mat 20:12 "A estos últimos que han trabajado sólo una hora los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor".
Mat 20:13 Él le respondió a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no conviniste conmigo en un denario?
Mat 20:14 Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último lo mismo que a ti.
Mat 20:15 ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno?"
Mat 20:16 Así los últimos serán primeros y los primeros últimos.

Biblia EUNSA

"Es Palabra del Señor"

"Gloria a ti Señor Jesús"

Meditación:

Los obreros enviados a la viña

Todos sois obreros del Reino, todos debéis amar al pecador y aborrecer el pecado. Sí, tú también, tú que eres pecador, debes aborrecer el pecado.

Dice la Santa Madre Iglesia Católica, en su catecismo:

(1868) El pecado es un acto personal. Pero nosotros tenemos una responsabilidad en los pecados cometidos por otros, cuando cooperamos a ellos:
— participando directa y voluntariamente;
— ordenándolos, aconsejándolos, alabándolos o aprobándolos; 
— no revelándolos o no impidiéndolos cuando se tiene obligación de hacerlo; 
— protegiendo a los que hacen el mal.

1869 Así el pecado convierte a los hombres en cómplices unos de otros, hace reinar entre ellos la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las ‘estructuras de pecado’ son expresión y efecto de los pecados personales. Inducen a sus víctimas a cometer a su vez el mal. En un sentido analógico, constituyen un ‘pecado social’ (cf RP 16).

Acuérdate de que callaste ante el pecado de un hijo tuyo, de un familiar tuyo, de un amigo tuyo, que va contra la voluntad de Dios y se hace daño a sí mismo, pecando, porque el pecado dice el Catecismo de la Iglesia Católica que es:

II Definición de pecado
(1849) El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Ha sido definido como ‘una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna’ (S. Agustín, Faust. 22, 27; S. Tomás de A., s. th., 1-2, 71, 6) )

(1850) El pecado es una ofensa a Dios: ‘Contra Ti, contra Ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí’ (Sal 51, 6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse ‘como dioses’, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así ‘amor de sí hasta el desprecio de Dios’ (S. Agustín, civ, 1, 14, 28). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf Flp 2, 6-9).

Escucha, lee, lo que dice la Iglesia sobre ti, que eras pecador, y ahora, por la Gracia y la Misericordia de Dios, eres discípulo de Cristo:

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: ‘Recibid el Espíritu Santo’. Así, pues, en este ‘convencer en lo referente al pecado’ descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. (DeV 31).

¿Qué hay que decirles y decirte a tí mismo cuando pecas? Esto te hace daño, es algo malo para ti, debes cuidarte porque sólo tienes una vida y al final de la misma habrá un juicio, ¿no querrás perderte la Gracia de ir para siempre al Cielo Eterno con Dios? ¿No querrás ir al infierno para siempre? Acepta pues tu error y haz el bien para ti, para Dios, para todos. No aceptes el pecado, lo antinatural como una condición buena para ti. No saldrá nada bueno de lo que no se hace bien. Así es la naturaleza, no salen higos de los abrojos, ni peras de los olmos. Lo natural en la persona, en ti, es que seas bueno y hagas el bien y lo que es natural y bueno para el ser humano; no eres un animal, eres un persona creada a la imagen y semejanza de Dios; Dios mismo, Jesús, Dios Hijo, también tiene tu misma naturaleza humana, sacada de la Virgen María, ¡es hombre!, y vino al mundo para salvarte, para enseñarte con su ejemplo lo bueno para la persona, para el hombre; y lo bueno es la pobreza, es no tener nada, y si tienes, es no poner tu corazón en ello, es no usar a los demás, es servir a los demás; eso de ir a tu egoísmo, a tus caprichos, eso no es humano, eso es irracional; lo racional es el bien y no hacer el mal, ni para conseguir un bien; si lo que quieres te va a hacer comportarte mal, ir contra lo natural que es hacer el bien, NO LO HAGAS, porque tu vales más que seguir tus instintos, tú vales más que querer salirte con la tuya, sea como sea: deja que los otros decidan el bien, y todos haced el bien. No es natural el pecado y pecar, lo natural es vivir para hallar el amor de Dios. Y si vives para tener el amor de una persona, que puede morir en cualquier momento e irse al Infierno, entonces, ¿qué te quedará? Vive para Dios, y ama a los que, amándolos, no te hagan pecar contra Dios. Selecciona y vive en la Verdad, caminando el Camino y teniendo la Vida: Jesucristo.

P. Jesús

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Consejo nº 554

.- ¿Por qué los judíos, muchos, no creen que Jesús de Nazaret es el Mesías prometido? Porque también está escrito que los suyos no le reconocerían.

P. Jesús

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Santo 18 de agosto

Santa Elena

Viuda, madre del Emperador Constantino (año 329)
Elena significa: “antorcha resplandeciente”.

Nació a mediados del siglo III, probablemente en Bitinia, región del Asia Menor. Los autores británicos sostienen que nació en Inglaterra, que era en aquel tiempo provincia romana, y que Constancio Cloro, tribuno y más tarde gobernador de la isla, se enamoró de ella, y la tomó en matrimonio. Hacia el año 274 tuvieron a un niño, a quien pusieron por nombre Constantino.

Constancio Cloro llegó a ser mariscal de campo; luego el emperador Maximiano lo nombró corregente y, por tanto, su sucesor en el Imperio, pero con la condición de que repudiara a su mujer y tomase por esposa a su hijastra Teodora.

Tanto Elena como Constancio Cloro eran paganos. Llevado por la ambición Constancio se separó de ella y se llevó a Roma a su pequeño hijo Constantino. Catorce años lloró Elena su desgracia, hasta que al morir Constancio, en el año 306, fue nombrado emperador Constantino, con lo que se inició para ella una nueva forma de vida.

Constantino mandó llamar a su madre a la corte, le confirió el nombre de Augusta y el título de emperatriz.
Purificada por el sufrimiento, Elena recibió el bautismo, probablemente en el año 307, y fue una cristiana ejemplar, testigo de la gran jornada en que Constantino hizo poner por primera vez la cruz en los estandartes de sus legiones para vencer en batalla a su rival Majencio. Era el mes de octubre del año 312.

A comienzos del 313 el emperador publicó el edicto de Milán, por el cual se permitía al cristianismo en el Imperio. Siguiendo el ejemplo de su madre, se convirtió, siendo bautizado por el Papa san Silvestre. Después de trescientos años de persecución, la Iglesia de Cristo se asentaba triunfante en la tierra. La piadosa emperatriz se dedicó por entero a socorrer a los pobres y aliviar las miserias de sus semejantes.

Anciana ya -tenía entonces setenta y siete años- visitó en peregrinación los santos lugares. Subió a la cima del Gólgota; donde se erigía un templo en honor de Venus, hecho construir por el emperador Adriano, y al enterarse de la costumbre judía de enterrar en el lugar de la ejecución de un malhechor los instrumentos que sirvieron para darle muerte, mandó derribar el templo y buscar la cruz donde padeciera el Redentor. Tres cruces fueron halladas. Una antigua tradición relata el modo milagroso como logró identificar la que correspondió a Jesús, mediante la curación de un moribundo.

Santa Elena hizo dividir la cruz en tres partes. Uno de los trozos lo entregó al obispo Macario, para que lo entronizara en la Iglesia de Jerusalén; el segundo lo envió a la Iglesia de Constantinopla y el tercero a Roma, a la basílica que, por tal motivo, se llamó Santa Cruz de Jerusalén. Mandó también construir tres edificios, llamados casas de Dios: uno junto al monte Calvario, otro en la cueva de Belén y un tercero en el monte de los Olivos. La emperatriz permaneció largo tiempo en Palestina, sirviendo al Señor con la oración y las obras de caridad. Cuidaba a los enfermos, libertaba a los cautivos y daba alimentos a los pobres, llevando siempre en su espíritu -como ejemplo- la imagen de la Virgen María.

Tenía ochenta años cuando regresó de su viaje. Falleció poco después, probablemente en Tréveris, hacia el año 328 ó 330. El martirologio romano la conmemora el 18 de agosto.
Algunas de sus reliquias se conservan en Roma, en una capilla dedicada a ella

HALLAZGO DE LA SANTA CRUZ

Cuenta el historiador Eusebio de Cesarea que el general Constantino, hijo de Santa Elena, era pagano pero respetaba a los cristianos. Y que teniendo que presentar una terrible batalla contra el perseguidor Majencio, jefe de Roma, el año 311, la noche anterior a la batalla tuvo un sueño en el cual vio una cruz luminosa en los aires y oyó una voz que le decía: "Con este signo vencerás", y que al empezar la batalla mandó colocar la cruz en varias banderas de los batallones y que exclamó: "Confío en Cristo en quien cree mi madre Elena". Y la victoria fue total, y Constantino llegó a ser Emperador y decretó la libertad para los cristianos, que por tres siglos venían siendo muy perseguidos por los gobernantes paganos.

Escritores sumamente antiguos como Rufino, Zozemeno, San Crisóstomo y San Ambrosio, cuentan que Santa Elena, la madre del emperador, pidió permiso a su hijo Constantino para ir a buscar en Jerusalén la cruz en la cual murió Jesús. Después de muchas y muy profundas excavaciones se encontraron tres cruces. Como no se podía distinguir cuál era la cruz  de Jesús, llevaron a una mujer agonizante. Al tocarla con la primera cruz, la enferma se agravó, al tocarla con la segunda, quedó igual de enferma de lo que estaba antes, pero al tocarla con la tercera cruz, la enferma recuperó instantáneamente la salud.

Fue así como Santa Elena, y el obispo de Jerusalén, Macario, y miles de devotos llevaron la cruz en piadosa procesión por las calles de Jerusalén. Y que por el camino se encontraron con una mujer viuda que llevaba a su hijo muerto a enterrar y que acercaron la Santa Cruz al muerto y éste resucitó.

Por muchos siglos se ha celebrado en Jerusalén y en muchísimos sitios del mundo entero, la fiesta del hallazgo de la Santa Cruz, el día 3 de Mayo.

Louis de Wohl, autor de la obra biográfica “ El árbol viviente, historia de la Emperatriz Santa Elena” narra de esta manera el hallazgo de la Santa Cruz:

“Se acercó a él una comisión formada por tres jóvenes sacerdotes; uno de ellos le dirigió la palabra y le dijo en voz baja algo a propósito de unas cartas que habían llegado de Antioquia; se le requería urgentemente en la ciudad.

- Mi sitio esta aquí –respondió el obispo Macario–. Vete, hijo mío.

Y siguió mirando el hoyo que se abría en la tierra.
No podía ser, por supuesto. Estaba fuera de duda. Pero la más leve, la más remota de las posibilidades...

Sin embargo, había un punto, solamente uno, que le hacia poner en juego la agudeza de su razonamiento: que el Emperador Adriano había mandado a construir un templo a Venus en aquella colina. Adriano... hacia doscientos años; no había sido amigo de los cristianos. La verdad es que los había odiado, tanto como un hombre con una mente tan curiosamente retorcida como la suya podía odiar. Adriano y sus perversos amigos... él podía ser precisamente el hombre a propósito para concebir una idea como aquélla: construir un templo a Venus en el Calvario. La diosa de la lujuria era una abominación para los cristianos... levantarle allí un templo significaba evitar de raíz que aquel lugar se convirtiera en su lugar de reunión para la odiada secta...
Aquello tenía sentido. Pero era la única cosa que lo tenía en todo aquel asunto, y si... Pero ¿qué le pasaba ahora a la Emperatriz? Estaba temblando violentamente...

Desde la profundidad del hoyo llegó un grito prolongado... y después otro... y otro...
- ¡Madera! ¡Madrea! ¡Madrea!

Elena cayó de rodillas; instintivamente, sus damas hicieron lo mismo.

El obispo Macario miró dentro del hoyo; su respiración se agitó. Había tantos trabajadores en la excavación que no se podía ver nada.

En la multitud se había hecho el silencio; un silencio que flotaba en el aire como una cosa viva. No hacia viento.
Incluso los pájaros y los insectos parecían que se habían vuelto mudos.

Sólo se oían los golpes acompasados de un azadón.
El obispo Macario se hincó de rodillas, lanzando una breve y ronca exclamación. Un instante después todo el mundo estaba arrodillado.

Desde el fondo del hoyo fueron surgiendo tres cruces.
Asomaban poco a poco... oscilando conforme los trabajadores tiraban de ellas.

Ya estaban arriba. Un puñado de hombres las seguían con sus azadones y sus palas... uno de ellos traía en la mano algo que parecía un pedazo de pergamino. Todavía salieron más hombres. Se quedaron allí parados, vacilantes, desconcertados, como si no se atreviesen a acercarse a la Emperatriz.

Elena intentó ponerse en pie, pero no pudo. Entre Macario y Simón la levantaron, tomándola cada uno por un brazo. Las rodillas se le doblaban cuando se adelantó, tambaleándose, hasta el pie de las tres cruces; se puso a sollozar y el cuerpo entero le temblaba.

A pesar de su enorme excitación, la mente de Macario trabajaba con admirable claridad. Vio el pergamino en las manos de aquel hombre y reconoció los restos de los caracteres hebreos, griegos y latinos... era el cartel que había mandado escribir Pilato. Así es que una de aquellas tres cruces tenía que ser la verdadera Cruz.

¿Pero cuál?

Antes de que pudiera terminar su pensamiento, Elena se abrazó a una de las cruces, como una madre se abraza con su hijo. Después, con un rápido movimiento, agarró al pequeño Simón por un hombro y tiró de él hacia ella. Con los ojos llenos de espanto, el muchacho vio cómo ella tomaba su brazo tullido y le hacía tocar la madera de la Cruz.

Simón lanzó un gemido. Una lengua de fuego pareció recorrerle el brazo de arriba abajo, como si le ardiera. Atónito, vio con estupefacción que el brazo le obedecía. Sobrecogido, comprobó que, por primera vez desde hace siete años, los dedos de su mano derecha se movían. Lo intentó otra vez, y otra vez se movieron. Trató después de balancear el brazo... primero hacia arriba... luego hacia los lados...

A la multitud le pareció que estaba haciendo el signo de la Cruz.

Muchos de los presentes conocían a Simón, el tullido... y una ola de asombro recorrió a los espectadores.
Los ojos de Elena y de Macario se encontraron. Muy despacio, el obispo se inclinó y besó el madero de la Cruz.”

FRASES DE SU PADRE, EL REY COEL, A SANTA ELENA
- La madera es sagrada... La madera es el desastre del hombre y el triunfo del hombre. Da muerte el hombre, y salva al hombre. El mundo que conocemos esta edificado sobre madera, el árbol sagrado, el árbol de la vida.
- "Tu voluntad es tu voluntad... cuando quieres lo bueno"
- "Si no puedes mandar en cosas pequeñas, ¿Cómo vas a mandar en las grandes?"

ORACIÓN A SANTA ELENA
Te rogamos, santa Elena, que intercedas ante Dios por nosotros; colmando de plenitud nuestras vidas; dando solución a nuestros problemas y necesidades; bendiciendo a nuestras familias, instituciones y sus actividades.

Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo, para vivir la palabra de Dios en nuestros hogares, hasta lograr que en nuestras familias, por la presencia viva de Cristo, brille la luz del Amor Cristiano.

Danos la unidad que nos haga fuertes al caminar por los senderos del Amor, la Justicia, la Libertad y la Paz, para que todos vivamos como hermanos bajo tu santa protección. Amén

ORACIÓN A SANTA ELENA
Gloriosa y esclarecida Santa Elena: por aquel fervor con que buscaste la Cruz de Cristo, te ruego que intercedas ante Dios, a fin de alcanzar la gracia para llevar con paciencia los trabajos de esta vida, para que con ellos y mediante tu intercesión y amparo, buscar y hallar la Cruz, que Dios ha dispuesto darme para servirle con ella en esta vida y después gozarle en la gloria. Amén.

Fuente: ACI Prensa

 

Comentario sobre la biografía del Santo-a, por el P. Jesús

Santa Elena

Santa Elena, bendita mujer,  antorcha resplandeciente, que por tu afán de hallar la Cruz en la que murió Jesús, se puede aún hoy, ver la madera en que Dios nuestro Señor Jesucristo murió y dio én ella, sujeto a ella, su vida por cada uno de nosotros.

Sufrió santa Elena, por catorce años, la maldad de su mal esposo que la separó de su hijo, por tener poder en este mundo de vivos. ¿Qué habrá sido de él? No lo sabemos; no sabemos si los malos, incluso por los sufrimientos de los santos que los perdonan y rezan por éllos, pueden algún día arribar al Cielo Eterno, allí donde sstá Santa Elena; ¡qué gran mujer!, supo hallar por el sufrimiento su purificación y, en vez de odiar, se perfeccionó.

Esas cosas permite Dios.

Por eso, si tú, el que me lees ahora, el que escuchas esta meditación, si sufres, si llevas más de trece años sufriendo: ¡Espera! Quizás Dios esté formando en t-i otra Santa Elena. ¡Qué mujer y madre más buena!

P. Jesús

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La película está en español

"La gran Prueba"

Director: William Wyler

Intérpretes:
Gary Cooper, Dorothy McGuire, Anthony Perkins, Richard Eyer, Robert Middleton, Phyllis Love, Peter Mark Richman, Walter Catlett, Richard Hale, Joel Fluellen,Theodore Newton, John Smith,Edna Skinner, Marjorie Durant, Frances Farwell

Sinopsis: Una familia de cuáqueros lleva una apacible existencia en su estricta comunidad. Con el inicio de la Guerra de Secesión americana, lucharán por mantener su identidad entre la confusión y desesperación de la guerra. Sus principios no violentos se verán alterados cuando los acontecimientos les obliguen a implicarse en la contienda.

Comentario de Visión Católica TV, por Montserrat Bellido Durán:

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