Comulgar dignamente

Dice la Palabra que si comulgo indignamente me trago mi propia condenación. ¿Qué ocurre si sé que obro mal y no me arrepiento? ¿Puedo comulgar mientras no sienta el arrepentimiento?

Respuesta de: Dr. Joan Antoni Mateo. 7/1/2010

Probablemente se refiere usted a las admoniciones de san Pablo a los Corintios cuando, por escándalos manifiestos, ya no era reconocible la «Cena del Señor». Probablemente estos excesos llevaron muy pronto a la Iglesia a separar la Cena del Señor de la Eucaristía. El trasfondo del pensamiento del apóstol
sigue siendo válido: comulgar con Cristo Eucaristía implica una coherencia de vida y se comulga indignamente cuando la vida va por otros caminos contrarios al Evangelio. Así, por poner unos ejemplos bastante claros, comulgaría indignamente un dictador que pisoteara los derechos humanos más elementales o un diputado católico que hubiera posibilitado con su voto una ley gravemente contraria a la voluntad de Dios. Existen casos de situaciones concretas en que la Iglesia pide que uno se abstenga de comulgar mientras no se supere la situación de pecado. Y ello no significa que no pueda participar en la celebración de la Eucaristía.

Su pregunta no ha dejado de sorprenderme porque hoy, a diferencia de otras épocas en que se exageraba la pureza necesaria para comulgar, la mayoría manifiesta más bien una cierta superficialidad y frivolidad al respecto. El santo cura de Ars decía a sus feligreses que no temieran comulgar. «Aunque seáis indignos —decía— lo necesitáis.»

Eso sí, el buen párroco no dejaba de enseñar que cuando uno era consciente de pecado mortal, debía confesarse antes de comulgar. Y se pasaba muchas horas en el confesionario, donde Dios hizo maravillas a través del ministerio de aquel humilde y santo sacerdote. Por último, para su tranquilidad, no
confunda en tener verdaderamente arrepentimiento y «sentir» emotivamente el mismo. El arrepentimiento es fundamentalmente un acto de voluntad, de no querer lo que Dios detesta y proponerse una verdadera conversión. El sentimiento es más voluble. Si Dios se lo concede, mejor; si no, no pasa nada.

Para que me entienda: sería como si uno dejara de rezar porque en su oración no «siente» emotivamente a Dios. Si su conciencia le acusa de algo que le impide comulgar, confiese su pecado y mire de mejorar. Y no se complique la vida. Y no olvide que comulgar dignamente es una gran gracia que debemos implorar a Dios.

 

 

Amor a Dios y al prójimo

¿Podemos amar a Dios y no amar a nuestro prójimo? Quisiera proponerle un caso: se trata de una persona que forma parte de un grupo religioso y dice amar mucho a Dios, pero resulta que su hija se ha salido de este grupo y ahora su madre ni le habla, cosa que hace sufrir mucho a la joven…

Respuesta de: Dr. Joan Antoni Mateo. 14/1/2010

Ya me imagino de qué grupo me habla usted, un grupo que, por cierto, se caracteriza por su carácter sectario y sus técnicas de manipulación psicológica. Como cristiano, me parece del todo incompatible querer amar a Dios y negar algo tan elemental como la palabra y el saludo a una persona. Hacerlo a una hija es propio de una madre degenerada. El respeto a la persona y las Con-
vicciones que toma en conciencia es un derecho humano fundamental que ha de ser observado por todos. La fe, por su misma naturaleza, nunca puede imponerse, pues dejaría de ser fe. Esta madre debe aceptar que su hija no crea lo que ella cree, aunque esté convencida de que sea la verdad absoluta. Y esto vale para todos. El mismo Evangelio de Jesucristo se anuncia y se propone, nunca se impone. Y, dentro de una visión cristiana o al menos bíblica, nunca se debe contraponer amor a Dios y amor al prójimo. Es cierto que el amor a Dios es prioritario, pero no puede darse sin el amor al prójimo, al menos para un cristiano.

El amor efectivo a Dios no es un sentimiento estéril o vacío, sino que consiste en la realización de su voluntad. No todo el que dice «Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Y la voluntad de Dios, claramente expresada por su Hijo Jesucristo, es que amemos a nuestro prójimo, más aún, que nos amemos con su mismo amor y a ejemplo de su amor. Y esto demuestra que miente el que dice que ama a Dios y no ama a su prójimo. San Juan también lo deja claro: «Mentiroso es el que dice amar a Dios a quien no ve y aborrece al hermano al que ve.» Evidentemente, amar al prójimo no significa amar los errores y pecados del prójimo. Es la voluntad sincera y constante de hacer el bien al prójimo, ayudando en toda necesidad y cooperando con Dios en el bien más grande para una persona que es su salvación. Lamento la situación de esta joven, pero lamento más la obcecación de la madre. Recemos por ella para que se deje iluminar por el Señor, pues, como dice Jesús, ciertos «demonios» sólo se expulsan con la oración y el ayuno.

 

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