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CATEQUESIS
sobre el CREDO
JUAN PABLO II
LA TRINIDAD

Santísima
Trinidad,
Audiencia General,
9.X.85
1. La Iglesia profesa su fe en el Dios único: que es al mismo
tiempo Trinidad Santísima e inefable de Personas: Padre, Hijo y
Espíritu Santo. Y la Iglesia vive de esta verdad, contenida en los
más antiguos Símbolos de la Fe, y recordada en nuestros tiempos
por Pablo VI, con ocasión del 1900 aniversario del martirio de los
Santos Apóstoles Pedro y Pablo (1968), en el Símbolo que él mismo
presentó y que se conoce universalmente como 'Credo del Pueblo de
Dios'. Sólo el que se nos ha querido dar a conocer y que
'habitando en una luz inaccesible' (1 Tim 6, 16) es en Sí mismo
por encima de todo nombre, de todas las cosas y de toda
inteligencia creada puede darnos el conocimiento justo y pleno de
Sí mismo, revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya
eterna vida nosotros estamos llamados, por su gracia, a
participar, aquí abajo en la oscuridad de la fe y, después de la
muerte, en la luz perpetua (Cfr. Pablo VI, Credo).
2. Dios, que para nosotros es incomprensible, ha querido revelarse
a Sí mismo no sólo como único creador y Padre omnipotente, sino
también como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En esta revelación la
verdad sobre Dios, que es amor, se desvela en su fuente esencial:
Dios es amor en la vida interior misma de una única Divinidad.
Este amor se revela como una inefable comunión de Personas.
3. Este misterio es el más profundo: el misterio de la vida íntima
de Dios mismo nos lo ha revelado Jesucristo: 'El que está en el
seno del Padre, ése le ha dado a conocer' (Jn 1, 18). Según el
Evangelio de San Mateo, las últimas palabras, con las que
Jesucristo concluye su misión terrena después de la resurrección,
fueron dirigidas a los Apóstoles: 'Id y enseñad a todas las
gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo' (Mt 28, 18). Estas palabras inauguraban la misión
de la Iglesia, indicándole su compromiso fundamental y
constitutivo. La primera tarea de la Iglesia es enseñar y
bautizar; y bautizar quiere decir 'sumergir' (por eso, se bautiza
con agua) en la vida trinitaria de Dios. Jesucristo encierra en
estas últimas palabras todo lo que precedentemente había enseñado
sobre Dios: sobre el Padre, sobre el Hijo y sobre el Espíritu
Santo. Efectivamente, había anunciado desde el principio la verdad
sobre el Dios único, en conformidad con la tradición de Israel. A
la pregunta: '¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?',
Jesús había respondido: 'El primero es: Escucha Israel: el Señor,
nuestro Dios, es el único Señor' (Mc 12, 29). Y al mismo tiempo
Jesús se había dirigido constantemente a Dios como a 'su Padre',
hasta asegurar: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 10, 30).
Del mismo modo había revelado también al 'Espíritu de verdad, que
procede del Padre' y que aseguró 'yo os enviaré de parte del
Padre' (Jn 15, 26).
4. Las palabras sobre el bautismo 'en nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo', confiadas por Jesús a los Apóstoles al
concluir su misión terrena, tienen un significado particular,
porque han consolidado la verdad sobre la Santísima Trinidad,
poniéndola en la base de la vida sacramental de la Iglesia. La
vida de fe de todos los cristianos comienza en el bautismo, con la
inmersión en el misterio del Dios vivo. Lo prueban las Cartas
apostólicas, ante todo las de San Pablo. Entre las formulas
trinitarias que contienen, la más conocida y constantemente usada
en la liturgia, es la que se halla en la segunda Carta a los
Corintios: 'La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios
(Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros'
(2 Cor 13, 13). Encontramos otras en la primera Carta a los
Corintios; en la de los Efesios y también en la primera Carta de
San Pedro, al comienzo del primer capítulo. Como un reflejo, todo
el desarrollo de la vida de oración de la Iglesia ha asumido una
conciencia y un aliento trinitario: en el Espíritu, por Cristo, al
Padre.
5. De este modo, la fe en el Dios uno y trino entró desde el
principio en la Tradición de la vida de la Iglesia y de los
cristianos. En consecuencia, toda la liturgia ha sido y es por su
esencia, trinitaria, en cuanto que es la expresión de la divina
economía. Hay que poner de relieve que a la comprensión de este
supremo misterio de la Santísima Trinidad ha contribuido la fe en
la redención, es decir, la fe en la obra salvífica de Cristo. Ella
manifiesta la misión del Hijo y del Espíritu Santo que en el seno
de la Trinidad eterna proceden 'del Padre', revelando la 'economía
trinitaria' presente en la redención y en la santificación. La
Santa Trinidad se anuncia ante todo mediante la sotereología, es
decir, mediante el conocimiento de la 'economía de la salvación',
que Cristo anuncia y realiza en su misión mesiánica. De este
conocimiento arranca el camino para el conocimiento de la Trinidad
'inmanente', del misterio de la vida íntima de Dios.
6. En este sentido el Nuevo Testamento contiene la plenitud de la
revelación trinitaria. Dios, al revelarse en Jesucristo, por una
parte desvela quién es Dios para el hombre y, por otra, descubre
quién es Dios en Sí mismo, es decir, en su vida íntima. La verdad
'Dios es amor' (1 Jn 4, 16), expresada en la primera Carta de
Juan, posee aquí el valor de clave de bóveda. Si por medio de ella
se descubre quién es Dios para el hombre, entonces se desvela
también (en cuanto es posible que la mente humana lo capte y
nuestras palabras lo expresen), quién es El en Sí mismo. El es
Unidad, es decir, Comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
7. El Antiguo Testamento no reveló esta verdad de modo explícito,
pero la preparó, mostrando la Paternidad de Dios en la Alianza con
el Pueblo, manifestando su acción en el mundo con la Sabiduría, la
Palabra y el Espíritu (Cfr., p.e., Sab.7, 22-30; 12, 1: Prov 8,
22-30; Sal 32, 4-6; 147, 15; Is 55, 11; 11, 2; Sir 48, 12). El
Antiguo Testamento principalmente consolidó ante todo en Israel y
luego fuera de él la verdad sobre el Dios único, el quicio de la
religión monoteísta. Se debe concluir, pues, que el Nuevo
Testamento trajo la plenitud de la revelación sobre la Santa
Trinidad y que la verdad trinitaria ha estado desde el principio
en la raíz de la fe viva de la comunidad cristiana, por medio del
bautismo y de la liturgia. Simultáneamente iban las reglas de la
fe, con las que nos encontramos abundantemente tanto en las Cartas
apostólicas, como en el testimonio del kerigma, de la catequesis y
de la oración de la Iglesia.
8. Un tema aparte es la formación del dogma trinitario en el
contexto de la defensa contra las herejías de los primeros siglos.
La verdad sobre Dios uno y trino es el más profundo misterio de la
fe y también el más difícil de comprender: se presentaba, pues, la
posibilidad de interpretaciones equivocadas, especialmente cuando
el cristianismo se puso en contacto con la cultura y la filosofía
griega. Se trataba de 'inscribir' correctamente el misterio del
Dios trino y uno en la terminología del "ser"', es decir, de
expresar de manera precisa en el lenguaje filosófico de la época
los conceptos que definían inequívocamente tanto la unidad como la
trinidad del Dios de nuestra Revelación. Esto sucedió ante todo en
los dos grandes Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y de
Constantinopla (381). El fruto del magisterio de estos Concilios
es el 'Credo' niceno-constantinopolitano, con el que, desde
aquellos tiempos, la Iglesia expresa su fe en el Dios uno y trino:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Recordando la obra de los Concilios,
hay que nombrar a algunos teólogos especialmente beneméritos,
sobre todo entre los Padres de la Iglesia. (_).
9. Del siglo V proviene el llamado Símbolo atanasiano, que
comienza con la palabra 'Quicumque', y que constituye una especie
de comentario al Símbolo niceno-constantinopolitano. El 'Credo del
Pueblo de Dios' de Pablo VI confirma la fe de la Iglesia primitiva
cuando proclama: 'Los mutuos vínculos que constituyen eternamente
las tres Personas, que son cada una el único e idéntico Ser
divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces
Santo, infinitamente más allá de todo lo que nosotros podemos
concebir según la humana medida' (Pablo VI. El Credo): realmente,
¡inefable y santísima Trinidad - único Dios!.
Dios
Padre
Audiencia General,
16.X.85
1.'Tú eres mi hijo: / yo te he engendrado hoy' (Sal 2, 7). En el
intento de hacer comprender la plena verdad de la paternidad de
Dios, que ha sido revelada en Jesucristo, el autor de la Carta a
los Hebreos se remite al testimonio del Antiguo Testamento (Cfr.
Heb 1, 4-14), citando, entre otras cosas, la expresión que
acabamos de leer tomada del Salmo 2, así como una frase parecida
del libro de Samuel: 'Yo seré para él un padre / y él será para mí
un hijo' (2 Sm 7, 14). Son palabras proféticas: Dios habla a David
de su descendiente. Pero, mientras en el contexto del Antiguo
Testamento estas palabras parecían referirse sólo a la filiación
adoptiva, por analogía con la paternidad y filiación humana, en el
Nuevo Testamento se descubre su significado auténtico y
definitivo: hablan del Hijo que es de la misma naturaleza que el
Padre, del Hijo verdaderamente engendrado por el Padre. Y por eso
hablan también de la paternidad real de Dios, de una paternidad a
la que le es propia la generación del Hijo consubstancial al
Padre. Hablan de Dios, que es Padre en el sentido más profundo y
más auténtico de la palabra. Hablan de Dios, que engendra
eternamente al Verbo eterno, al Hijo consubstancial al Padre. Con
relación a El Dios es Padre en el inefable misterio de su
divinidad. 'Tú eres mi hijo: / yo te he engendrado hoy' El
adverbio 'hoy' habla de la eternidad. Es el 'hoy' de la vida
íntima de Dios, el 'hoy' de la eternidad, el 'hoy' de la Santísima
e inefable Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es Amor
eterno y eternamente consubstancial al Padre y al Hijo.
2.
En el Antiguo Testamento el misterio de la paternidad divina
intratrinitaria no había sido aún explícitamente revelado. Todo el
contexto de la Antigua Alianza era rico, en cambio, de alusiones a
la verdad de la paternidad de Dios, tomada en sentido moral y
analógico. Así, Dios se revela como Padre de su Pueblo Israel,
cuando manda a Moisés que pida su liberación de Egipto: 'Así habla
el Señor: Israel es mi hijo primogénito. Yo te mando que dejes a
mi hijo ir' (Ex 4, 22-23). Al basarse en la Alianza, se trata de
una paternidad de elección, que radica en el misterio de la
creación. Dice Isaías: 'Tú eres nuestro padre, nosotros somos la
arcilla, y tú nuestro alfarero, todos somos obra de tus manos' (Is
64, 7; 63, 16). Esta paternidad no se refiere sólo al pueblo
elegido, sino que llega a cada uno de los hombres y supera el
vínculo existente con los padres terrenos. He aquí algunos textos:
'Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá' (Sal
26, 10). 'Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el
Señor ternura por sus fieles' (Sal 102, 13). 'El Señor reprende a
los que ama, como un padre a su hijo preferido' (Prov 3, 12). En
los textos que acabamos de citar está claro el carácter analógico
de la paternidad de Dios-Señor, al que se eleva la oración:
'Señor, Padre Soberano de mi vida, no permitas que por ello caiga
Señor, Padre y Dios de mi vida, no me abandones a sus sugestiones'
(Sir 23, 1-4). En el mismo sentido dice también: 'Si el justo es
hijo de Dios, El lo acogerá y lo librará de sus enemigos' (Sab 2,
18).
3. La paternidad de Dios, con respecto tanto a Israel como a cada
uno de los hombres, se manifiesta en el amor misericordioso.
Leemos, p.e., en Jeremías: 'Salieron entre llantos, y los guiaré
con consolaciones pues yo soy el padre de Israel, y Efraín es mi
primogénito' (Jer 31, 9). Son numerosos los pasajes del Antiguo
Testamento que presentan el amor misericordioso del Dios de la
Alianza. He aquí algunos: 'Tienes piedad de todos, porque todo lo
puedes, y disimulas los pecados de los hombres para traerlos a
penitencia Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amador
de las almas' (Sab 11, 24-27). 'Con amor eterno te amé, por eso te
he mantenido mi favor' (Jer 31, 3). En Isaías encontramos
testimonios conmovedores de cuidado y de cariño: 'Sión decía: el
Señor me ha abandonado, y mi Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede
acaso una mujer olvidarse de su niño, no compadecerse del hijo de
sus entrañas? Aunque ella se olvidare, yo no te olvidaría' (Is 49,
14-15. Cfr. también 54, 10). Es significativo que en los pasajes
del Profeta Isaías la paternidad de Dios se enriquece con
connotaciones que se inspiran en la maternidad (Cfr. Dives in
misericordia, nota 52).
4. En la plenitud de los tiempos mesiánicos Jesús anuncia muchas
veces la paternidad de Dios con relación a los hombres
remitiéndose a las numerosas expresiones contenidas en el Antiguo
Testamento. Así se expresa a propósito de la Providencia Divina
para con las criaturas, especialmente con el hombre: 'vuestro
Padre celestial las alimenta' (Mt 6, 26. Cfr. Lc 12, 24), 'sabe
vuestro Padre celestial que de eso tenéis necesidad' (Mt 6, 32.
Cfr. Lc 12, 30). Jesús trata de hacer comprender la misericordia
divina presentando como propio de Dios el comportamiento acogedor
del padre del hijo pródigo (Cfr. Lc 15, 11-32); y exhorta a los
que escuchan su palabra: 'Sed misericordiosos, como vuestro Padre
es misericordioso' (Lc 6, 36). Terminaré diciendo que, para Jesús,
Dios no es solamente 'el Padre de Israel, el Padre de los
hombres', sino 'mi Padre'. (_)
Paternidad
divina
Audiencia General,
23.X.85
1. En la catequesis precedente recorrimos, aunque velozmente,
algunos de los testimonios del Antiguo Testamento que preparaban a
recibir la revelación plena, anunciada por Jesucristo, de la
verdad del misterio de la Paternidad de Dios. Efectivamente,
Cristo habló muchas veces de su Padre, presentando de diversos
modos su providencia y su amor misericordioso. Pero su enseñanza
va más allá. Escuchemos de nuevo las palabras especialmente
solemnes, que refiere el Evangelista Mateo (y paralelamente
Lucas): 'Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las
revelaste a los pequeñuelos', e inmediatamente: 'Todo me ha sido
entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y
nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo
quisiera revelárselo' (Mt 11, 25.27. Cfr. Lc 10, 21). Para Jesús,
pues, Dios no es solamente 'el Padre de Israel, el Padre de los
hombres', sino 'mi Padre'. 'Mío': precisamente por esto los judíos
querían matar a Jesús, porque 'llamaba a Dios su Padre' (Jn 5,
18). 'Suyo' en sentido totalmente literal: Aquel a quien sólo el
Hijo conoce como Padre, y por quien solamente y recíprocamente es
conocido. Nos encontramos ya en el mismo terreno del que más tarde
surgirá el Prólogo del Evangelio de Juan.
2. 'Mi Padre' es el Padre de Jesucristo: Aquel que es el Origen de
su ser, de su misión mesiánica, de su enseñanza. El Evangelista
Juan ha transmitido con abundancia la enseñanza mesiánica que nos
permite sondear en profundidad el misterio de Dios Padre y de
Jesucristo, su Hijo unigénito. Dice Jesús: 'El que cree en mí, no
cree en mí, sino en el que me ha enviado' (Jn 12, 44). 'Yo no he
hablado de mi mismo; el Padre que me ha enviado es quien me mandó
lo que he de decir y hablar' (Jn 12,49). 'En verdad, en verdad os
digo que no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve
hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el
Hijo' (Jn 5, 19). 'Pues así como el Padre tiene vida en sí mismo,
así dio al Hijo tener vida en sí mismo' (Jn 5, 26). Y finalmente:
'el Padre que tiene la vida, me ha enviado, y yo vivo por el
Padre' (Jn 6, 57). El Hijo vive por el Padre ante todo porque ha
sido engendrado por El. Hay una correlación estrechísima entre la
paternidad y la filiación precisamente en virtud de la generación:
'Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado' (Heb 1, 5). Cuando en las
proximidades de Cesarea de Filipo, Simón Pedro confiesa: 'Tú eres
el Mesías, el Hijo de Dios vivo', Jesús le responde:
'Bienaventurado tú porque no es la carne ni la sangre quien esto
te ha revelado, sino mi Padre' (Mt 16, 16-17), porque 'sólo el
Padre conoce al Hijo', lo mismo que sólo el 'Hijo conoce al Padre'
(Mt 11, 27). Sólo el Hijo da a conocer al Padre: el Hijo visible
hace ver al Padre invisible. 'El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre' (Jn 14, 9).
3. De la lectura atenta de los Evangelios se saca que Jesús vive y
actúa constante y fundamental referencia al Padre. A El se dirige
frecuentemente con la palabra llena de amor filial: 'Abbá';
también durante la oración en Getsemaní le viene a los labios esta
misma palabra (Cfr. Mc 14, 36 y paralelos). Cuando los discípulos
le piden que les enseñe a orar, enseña el 'Padrenuestro' (Cfr. Mt
6, 9-13). Después de la resurrección, en el momento de dejar la
tierra, parece que una vez más hace referencia a esta oración,
cuando dice: 'Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a
vuestro Dios' (Jn 1, 17). Así, pues, por medio del Hijo (Cfr. Heb
1, 2), Dios se ha revelado en la plenitud del misterio de su
paternidad. Sólo el Hijo podía revelar esta plenitud del misterio,
porque sólo 'el Hijo conoce al Padre' (Mt 11, 27). 'A Dios nadie
le vio jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése
le ha dado a conocer' (Jn 1, 18).
4. ¿Quién es el Padre?. A la luz del testimonio definitivo que
hemos recibido por medio del Hijo, Jesucristo, tenemos la plena
conciencia de la fe de que la paternidad de Dios pertenece ante
todo al misterio fundamental de la vida íntima de Dios, al
misterio trinitario. El Padre es Aquel que eternamente engendra al
Hijo, al Hijo consubstancial con El. En unión con el Hijo, el
Padre eternamente 'espira' al Espíritu Santo, que es el amor con
el que el Padre y el Hijo recíprocamente permanecen unidos (Cfr.
Jn 14, 10). El Padre, pues, es en el misterio trinitario el
'Principio-sin principio'. 'El Padre no ha sido hecho por nadie,
ni creado, ni engendrado' (Símbolo 'Quicumque'). Es por sí solo el
Principio de la Vida, que Dios tiene en Sí mismo. Esta vida es
decir, la misma divinidad la posee el Padre en la absoluta
comunión con el Hijo y con el Espíritu Santo, que son
consubstanciales con El. Pablo, apóstol del misterio de Cristo,
cae en adoración y plegaria 'ante el Padre, de quien toma su
nombre toda familia en los cielos y en la tierra' (Ef 3, 15),
principio y modelo. Efectivamente hay 'un solo Dios y Padre de
todos, que está sobre todos, por todos y en todos' (Ef 4, 6).
Dios Hijo
Audiencia General,
30.X.85
1.
'Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Creo en Jesucristo,
Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre'. Con
estas palabras del Símbolo niceno-constantinopolitano, expresión
sintética de los Concilios de Nicea y Constantinopla, que
explicitaron la doctrina trinitaria de la Iglesia, profesamos la
fe en el Hijo de Dios. Nos acercamos así al misterio de
Jesucristo, el cual también hoy, lo mismo que en los siglos
pasados, interpela e interroga a los hombres con sus palabras y
con sus obras. Los cristianos, animados por la fe, le muestran
amor y devoción. Pero tampoco faltan entre los no cristianos
quienes sinceramente lo admiran. ¿Dónde está, pues, el secreto de
la atracción que Jesús de Nazaret ejerce?. La búsqueda de la plena
identidad de Jesucristo ha ocupado desde los orígenes el corazón y
la inteligencia de la Iglesia, que lo proclama Hijo de Dios,
Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
2.
Dios, que habló repetidamente 'por medio de los profetas y
últimamente por medio del Hijo', como dice la Carta a los Hebreos
(1, 1-2), se reveló a Sí mismo como Padre de un Hijo eterno y
consubstancial. Jesús a su vez, al revelar la paternidad de Dios,
dio a conocer también su filiación divina. La paternidad y la
filiación divina están en íntima correlación entre sí dentro del
misterio de Dios uno y trino. 'Efectivamente, una es la Persona
del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero la
divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, igual
la gloria, coeterna la majestad. El Hijo no es hecho, ni creado,
sino engendrado por el Padre solo' (Símb. Quicumque).
3.
Jesús de Nazaret que exclama: 'Yo te alabo, Padre, Señor del cielo
y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y
discretos y se las revelaste a los pequeñuelos', afirma también
con solemnidad: 'Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere
revelárselo' (Mt 11, 25, 27). El Hijo que vino al mundo para
'revelar al Padre' tal como El sólo lo conoce, se ha revelado
simultáneamente a Sí mismo como Hijo, tal como es conocido sólo
por el Padre. Esta revelación estaba sostenida por la conciencia
con la que, ya en la adolescencia, Jesús hizo notar a María y a
José 'que debía ocuparse de las cosas de su Padre' (Cfr. Lc 2,
49). Su palabra reveladora fue convalidada además por el
testimonio del Padre, especialmente en circunstancias decisivas,
como durante el bautismo en el Jordán, cuando los que estaban allí
oyeron la voz misteriosa: 'Este es mi Hijo amado, en quien tengo
mis complacencias' (Mt 3, 17), o como durante la trasfiguración en
el monte (Cfr. Mc 9, 7, y paral.).
4.
La misión de Jesucristo de revelar al Padre, manifestándose a Sí
mismo como Hijo, no carecía de dificultades. Efectivamente tenía
que superar los obstáculos derivados de la mentalidad
estrictamente monoteísta de los oyentes, que se habían formado por
medio de la enseñanza del Antiguo Testamento, en la fidelidad a la
Tradición, la cual se remontaba a Abrahán y a Moisés, y en la
lucha contra el politeísmo. En los Evangelios, y especialmente en
el de Juan, encontramos muchos indicios de esta dificultad que
Jesucristo supo superar con habilidad, presentando con suma
pedagogía estos signos de revelación a los que se dejaron abrir
sus discípulos bien dispuestos. Jesús hablaba a sus oyentes de
modo claro e inequívoco: 'El Padre, que me ha enviado, da
testimonio de mí'. Y a la pregunta: '¿Dónde está tu Padre?',
respondía: 'Ni a mí me conocéis ni a mi Padre; si me conocierais a
mí conoceríais a mi Padre' 'Yo hablo lo que he visto en el Padre'.
Luego a los oyentes que objetaban: 'Nosotros tenemos por Padre a
Dios', les rebatía: 'Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a
mí, porque yo he salido y vengo de Dios es El que me ha enviado',
' en verdad, en verdad os digo: Antes que Abrahán naciese, yo soy'
(Cfr. Jn 8, 12-59).
5. Cristo dice: 'Yo soy', igual que siglos antes, al pie del monte
Horeb, había dicho Dios a Moisés, cuando le preguntaba el nombre;
'Yo soy el que soy' (Cfr. Ex 3, 14). Las palabras de Cristo:
'Antes que Abrahán naciese, Yo Soy', provocaron la reacción
violenta de los oyentes que 'buscaban matarlo, porque decía a Dios
su Padre, haciéndose igual a Dios' (Jn 5, 18). En efecto, Jesús no
se limitaba a decir: 'Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso
obro yo también' (Jn 5, 17), sino que incluso proclamaba: 'Yo y el
Padre somos una sola cosa' (Jn 5, 64). La tragedia se consuma y se
pronuncia contra Jesús la sentencia de muerte. Cristo, revelador
del Padre y revelador de Sí mismo como Hijo del Padre, murió
porque hasta el fin dio testimonio de la verdad sobre su filiación
divina. Con el corazón colmado de amor nosotros queremos repetirle
también hoy con el Apóstol Pedro el testimonio de nuestra fe: 'Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16).
El Hijo,
Dios-Verbo
Audiencia Genenral,
6.XI.85
1. (_) La Iglesia basándose en el testimonio dado por Cristo,
profesa y anuncia su fe en Dios-Hijo con las palabras del Símbolo
niceno-constantinopolitano: 'Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma
naturaleza que el Padre'. Esta es una verdad de fe anunciada por
la palabra misma de Cristo, sellada con su sangre derramada en la
cruz, ratificada por su resurrección, atestiguada por la enseñanza
de los Apóstoles y transmitida por los escritos del Nuevo
testamento. Cristo afirma: 'Antes de que Abrahán naciese, yo soy'
(Jn 8, 58). No dice: 'Yo era', sino 'Yo soy', es decir, desde
siempre, en un eterno presente. El Apóstol Juan, en el prólogo de
su Evangelio, escribe: 'En el principio era el Verbo, y el Verbo
estaba en Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio en
Dios. Todas las cosas fueron hechas por El, y sin El no se hizo
nada de cuanto ha sido hecho' (Jn 1, 1-3). Por lo tanto, ese
'antes de Abrahán', en el contexto de la polémica de Jesús con los
herederos de la tradición de Israel, que apelaban a Abrahán,
significa: 'mucho antes de Abrahán' y queda iluminado en las
palabras del prólogo del cuarto Evangelio: 'En el principio estaba
en Dios', es decir, en la eternidad que sólo es propia de Dios: en
la eternidad común con el Padre y con el Espíritu Santo.
Efectivamente, proclama el Símbolo 'Quicumque': 'Y en esta
Trinidad nada es antes o después, nada mayor o menor, sino que las
tres Personas son entre sí coeternas y coiguales'.
2. Según el Evangelio de Juan, el Hijo-Verbo estaba en el
principio en Dios, y el Verbo era Dios (Cfr. Jn 1, 2). El mismo
concepto encontramos en la enseñanza apostólica. Efectivamente,
leemos en la Carta a los hebreos que Dios ha constituido al Hijo
'heredero de todo, por quien también hizo los siglos. Este Hijo es
irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia y el que
con su poderosa palabra sustenta todas las cosas' (Heb 1, 2-3). Y
Pablo, en la Carta a los Colosenses, escribe: 'El es la imagen de
Dios invisible, primogénito de toda criatura' (Col 1, 15). Así,
pues, según la enseñanza apostólica, el Hijo es de la misma
naturaleza que el Padre porque es el Dios-Verbo. En este Verbo y
por medio de El todo ha sido hecho, ha sido creado el universo.
Antes de la creación, antes del comienzo de 'todas las cosas
visibles e invisibles', el Verbo tiene en común con el Padre el
Ser eterno y la Vida divina, siendo 'la irradiación de su gloria y
la impronta de su sustancia' (Heb 1, 3). En este Principio sin
principio el Verbo es el Hijo, porque es eternamente engendrado
por el Padre. El Nuevo Testamento nos revela este misterio para
nosotros incomprensible de un Dios que es Uno y Trino: he aquí que
en la ónticamente absoluta unidad de su esencia, Dios es
eternamente y sin principio el Padre que engendra al Verbo, y es
el Hijo, engendrado como Verbo del Padre.
3. Esta eterna generación del Hijo es una verdad de fe proclamada
y definida por la Iglesia muchas veces (no sólo en Nicea y en
Constantinopla, sino también en otros Concilios, p.e., en el
Concilio Lateranense IV, año 1215), escrutada y también explicada
por los Padres y por los teólogos, naturalmente en cuanto la
inescrutable Realidad de Dios puede ser captada con nuestros
conceptos humanos, siempre inadecuados. Esta explicación la resume
el catecismo del Concilio de Trento, que dictamina exactamente: '
es tan grande la infinita fecundidad de Dios que, conociéndose a
Sí mismo, engendra al Hijo idéntico e igual'. Efectivamente, es
cierto que esta eterna generación en Dios es de naturaleza
absolutamente espiritual, porque 'Dios es Espíritu'. Por analogía
con el proceso gnoseológico de la mente humana, por el que el
hombre, conociéndose a sí mismo, produce una imagen de sí mismo,
una idea, un 'concepto', es decir, una 'idea concebida', que del
latín verbum es llamada con frecuencia verbo interior, nosotros
nos atrevemos a pensar en la generación del Hijo o 'concepto'
eterno y Verbo interior de Dios. Dios, conociéndose a Sí mismo,
engendra al Verbo-Hijo, que es Dios como el Padre. En esta
generación, Dios es al mismo tiempo Padre, como el que engendra, e
Hijo, como el que es engendrado, en la suprema identidad de la
Divinidad, que excluye una pluralidad de 'Dioses'. El Verbo es el
Hijo de la misma naturaleza que el Padre y es con El el Dios único
de la revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento.
4. Esta exposición del misterio, para nosotros inescrutable, de la
vida íntima de Dios se contiene en toda la tradición cristiana. Si
la generación divina es verdad de fe, contenida directamente en la
Revelación y definida por la Iglesia, podemos decir que la
explicación que de ella dan los Padres y Doctores de la Iglesia,
es una doctrina teológica bien fundada y segura. Pero con ella no
podemos pretender eliminar las oscuridades que envuelven, ante
nuestra mente, al que 'habita una luz inaccesible' (1 Tim 6, 16).
Precisamente porque el entendimiento humano no es capaz de
comprender la esencia divina, no puede penetrar en el misterio de
la vida íntima de Dios. Con una razón particular se puede aplicar
aquí la frase: 'Si lo comprendes, no es Dios'. Sin embargo, la
Revelación nos hace conocer los términos esenciales del misterio,
nos da su enunciación y nos lo hace gustar muy por encima de toda
comprensión intelectual, en espera y preparación de la visión
celeste. Creemos, pues, que 'El Verbo era Dios' (Jn 1, 1), 'se
hizo carne y habitó entre nosotros' (Jn 1, 14), y 'a cuantos le
recibieron, les dio potestad de venir a ser hijos de Dios' (Jn 1,
12). Creemos en el Hijo 'unigénito que está en el seno del padre'
(Jn 1, 18), y que, al dejar la tierra, prometió 'prepararnos un
lugar' (Jn 14, 2) en la gloria de Dios, como hijos adoptivos y
hermanos suyos (Cfr. Rom 8, 15; Gal 4, 5; Ef 1, 5).
Espíritu
Santo
Audiencia General,
13.XI.85
1. 'Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede
del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma
adoración y gloria, y que habló por los Profetas. También hoy, al
comenzar la catequesis sobre el Espíritu Santo, nos servimos, tal
como hemos hecho hablando del Padre y del Hijo, de la formulación
del Símbolo niceno-constantinopolitano, según el uso que ha
prevalecido en la liturgia latina. En el siglo IV, los Concilios
de Nicea (325) y de Constantinopla (381) contribuyeron a precisar
los conceptos comúnmente utilizados para presentarla doctrina de
la Santísima Trinidad: Un único Dios que es, en la unidad de su
divinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La formulación de la
doctrina sobre el Espíritu Santo proviene en particular del
mencionado Concilio de Constantinopla.
2.
Por esto, la Iglesia confiesa su fe en el Espíritu Santo con las
palabras antes citadas, La fe es la respuesta a la autorrevelación
de Dios: El se ha dado a conocer a Sí mismo 'por medio de los
Profetas y últimamente por medio de su Hijo' (Heb 1, 1). El Hijo,
que nos ha revelado al Padre, ha dado a conocer también al
Espíritu Santo. 'Cual Padre, tal Hijo, tal Espíritu Santo',
proclama el Símbolo 'Quicumque', del siglo V. Ese 'tal' viene
explicado por las palabras del Símbolo, que siguen, y quiere
decir: 'increado, inmenso, eterno, omnipotente no tres
omnipotentes, sino un solo omnipotente: así Dios Padre, Dios Hijo,
Dios Espíritu Santo No hay tres Dioses, sino un único Dios'
3.
Es bueno comenzar con la explicación de la denominación
Espíritu-Santo. La palabra 'espíritu' aparece desde las primeras
páginas de la Biblia: ' el espíritu de Dios se cernía sobre la
superficie de las aguas' (Gen 1, 2), se dice en la descripción de
la creación. El hebreo traduce Espíritu por 'ruah', que equivale a
respiro, soplo, viento, y se tradujo al griego por 'pneuma' de 'pneo',
en latín por 'spiritus' de 'spiro' (_). Es importante la
etimología, porque, como veremos, ayuda a explicar el sentido del
dogma y sugiere el modo de comprenderlo. La espiritualidad es
atributo esencial de la Divinidad: 'Dios es Espíritu', dijo Jesús
en el coloquio con la Samaritana (Jn 24). (_). En Dios
'espiritualidad' quiere decir no sólo suma y absoluta
inmaterialidad, sino también acto puro y eterno de conocimiento y
amor.
4.
La Biblia, y especialmente el Nuevo Testamento, al hablar del
Espíritu Santo, no se refiere al Ser mismo de Dios, sino a Alguien
que está en relación particular con el Padre y el Hijo. Son
numerosos los textos, especialmente en el Evangelio de San Juan,
que ponen de relieve este hecho: de modo especial los pasajes del
discurso de despedida de Cristo Señor, el jueves antes de la
Pascua, durante la última Cena. En la perspectiva de la despedida
de los Apóstoles Jesús les anuncia la venida de 'otro Consolador'.
Dice así: 'Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, que
estará con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad' (Jn 14,
16). 'Pero el Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre enviará
en mi nombre, ése os lo enseñará todo' (Jn 14, 26). El envío del
Espíritu Santo, a quien Jesús llama aquí 'Consolador', será hecho
por el Padre en el nombre del Hijo. Este envío es explicado más
ampliamente poco después por Jesús mismo: 'Cuando venga el
Consolador, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de
Verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí' (Jn 15,
26). El Espíritu Santo, pues, que procede del Padre, será enviado
a los Apóstoles y a la Iglesia, tanto por el Padre en el nombre
del Hijo, como por el Hijo mismo una vez que haya retornado al
Padre. Poco más adelante dice también Jesús: 'El (Espíritu de
Verdad) me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a
conocer. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso os he dicho
que tomará de lo mío y os lo dará a conocer' (Jn 16, 14-15).
5. Todas estas palabras, como también los otros textos que
encontramos en el Nuevo Testamento, son extremadamente importantes
para la comprensión de la economía de la salvación. Nos dicen
quién es el Espíritu Santo en relación con el Padre y el Hijo: es
decir, poseen un significado trinitario: dicen no sólo que el
Espíritu Santo es 'enviado' por el Padre y el Hijo, sino también
que 'procede' del Padre. Tocamos aquí cuestiones que tienen una
importancia clave en la enseñanza de la Iglesia sobre la Santísima
Trinidad. El Espíritu Santo es enviado por el Padre y por el Hijo
después que el Hijo, realizada su misión redentora, entró en su
gloria (Cfr. Jn 7, 39; 16, 7), y estas misiones (Missiones)
deciden toda la economía de la salvación en la historia de la
humanidad. Estas 'misiones' comportan y revelan las 'procesiones'
que hay en Dios mismo. El Hijo procede eternamente del Padre, como
engendrado por El, y asumió en el tiempo la naturaleza humana por
nuestra salvación. El Espíritu Santo, que procede del Padre y del
Hijo, se manifestó primero en el Bautismo y en la Transfiguración
de Jesús, y luego el día de Pentecostés sobre sus discípulos;
habita en los corazones de los fieles con el don de la caridad.
Por eso, escuchemos la advertencia del Apóstol Pablo: 'Guardaos de
entristecer al Espíritu Santo de Dios, en el cual habéis sido
sellados para el día de la redención' (Ef 4, 30). Dejémosnos guiar
por El. El nos guía por el 'camino' que es Cristo, hacia el
encuentro beatificante con el Padre.
El Espíritu Santo
procede del Padre y del Hijo
Audiencia General,
20.XI.85
1. (_) El Espíritu Santo es 'enviado' por el Padre y por el Hijo,
como también 'procede' de ellos. Por esto se llama 'el Espíritu
del Padre' (P.e., Mt 10, 20; 1 Cor 2, 11; Jn 15, 26), pero también
'el Espíritu del Hijo' (Gal 4, 6), o 'el Espíritu de Jesús' (Hech
16, 7), porque Jesús mismo es quien lo envía (Cfr. Jn 15, 26). Por
esto, la Iglesia latina confiesa que el Espíritu Santo procede del
Padre y el Hijo (qui a Patre Filioque procedit), y las Iglesias
ortodoxas proclaman que el Espíritu Santo procede del Padre por
medio del Hijo. Y procede 'por vía de voluntad', 'a modo de amor'
(per modum amoris), lo que es 'sentencia cierta', es decir,
doctrina teológica comúnmente aceptada en la enseñanza de la
Iglesia y, por lo mismo, segura y vinculante.
2.
Esta convicción halla confirmación en la etimología del nombre
'Espíritu Santo', a lo que aludí en la catequesis precedente:
Espíritus, spiritus, pneuma, ruah. Partiendo de esta etimología se
describe 'la procesión ' del Espíritu del Padre y del Hijo como
'espiración': spiramen, soplo de amor. Esta espiración no es
generación. Sólo el Verbo, el Hijo, 'procede' del Padre por
generación eterna. 'Dios, que eternamente se conoce a Sí mismo y
en Sí mismo a todo, engendra el Verbo. En esta generación eterna,
que tiene lugar por vía intelectual (per modum intelligibilis
actionis), Dios, en la absoluta unidad de su naturaleza, es decir,
de su divinidad, es Padre e Hijo. 'Es' y no 'se convierte en'; lo
'es' eternamente. 'Es' desde el principio y sin principio. Bajo
este aspecto la palabra 'procesión' debe entenderse correctamente:
sin connotación alguna propia de un 'devenir' temporal. Lo mismo
vale para la 'procesión' del Espíritu Santo.
3.
Dios, pues, mediante la generación, en la absoluta unidad de la
divinidad, es eternamente Padre e Hijo. El Padre que engendra, ama
al Hijo engendrado, y el Hijo ama al Padre con un amor que se
identifica con el del Padre. En la unidad de la Divinidad el amor
es, por un lado, paterno y, por otro, filial. Al mismo tiempo el
Padre y el Hijo no sólo están unidos por ese recíproco amor como
dos Personas infinitamente perfectas, sino que su mutua
complacencia, su amor recíproco procede en ellos y de ellos como
persona: el Padre y el Hijo 'espiran' el Espíritu de Amor
consubstancial con ellos. De este modo Dios, en la absoluta unidad
de su Divinidad es desde toda la eternidad Padre, Hijo y Espíritu
Santo. El Símbolo 'Quicumque' proclama: 'El Espíritu Santo no es
hecho, ni creado, ni engendrado, sino que procede del Padre y del
Hijo'. Y la 'procesión' es per modum amoris, como hemos dicho. Por
esto, los Padres de la Iglesia llaman al Espíritu Santo: 'Amor,
Caridad, Dilección, Vínculo de amor, Beso de Amor'. Todas estas
expresiones dan testimonio del modo de 'proceder' del Espíritu
Santo del Padre y del Hijo.
4. Se puede decir que Dios en su vida íntima 'es amor' que se
personaliza en el Espíritu Santo, Espíritu del Padre y del Hijo.
El Espíritu es llamado también Don. Efectivamente, en el Espíritu
Santo, que es el Amor, se encuentra la fuente de todo don, que
tiene en Dios su principio con relación a las criaturas: el don de
la existencia por medio de la creación, el don de la gracia por
medio de toda la economía de la salvación. A la luz de esta
teología del Don trinitario, comprendemos mejor las palabras de
los Hechos de los Apóstoles: ' recibiréis el don del Espíritu
Santo' (2, 38). Son las palabras con las que Cristo se despide
definitivamente de sus amigos, cuando va al Padre. A esta luz
comprendemos también las palabras del Apóstol: 'El amor de Dios se
ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo,
que nos ha sido dado' (Rom 5, 5). Concluyamos, pues, nuestra
reflexión invocando con la liturgia: 'Veni, Sancte Spiritus',
'Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende
en ellos el fuego de tu amor'.
Dios Uno y
Trino.
Audiencia General,
27.XI.85
1. Unus Deus Trinitas. En esta concisa formula el Sínodo de Toledo
(675) expresó de acuerdo con los grandes Concilios reunidos en el
siglo IV en Nicea y en Constantinopla, la fe de la Iglesia en Dios
uno y trino. En nuestros días, Pablo VI en el 'Credo del Pueblo de
Dios', ha formulado la misma fe con palabras que ya hemos citado
durante las catequesis precedentes: 'Los vínculos que constituyen
eternamente las tres Personas, siendo cada una el solo y el mismo
Ser divino, son la bienaventurada vida íntima de Dios tres veces
Santo, infinitamente superior a lo que podemos concebir con la
capacidad humana'. Dios es inefable e incomprensible, Dios es en
su esencia un misterio inescrutable, cuya verdad hemos tratado de
iluminar en las catequesis anteriores. Ante la Santísima Trinidad,
en la que se expresa la vida íntima del Dios de nuestra fe, hay
que repetirlo y constatarlo con una fuerza de convicción todavía
mayor. La unidad de la divinidad en la Trinidad de las Personas es
realmente un misterio inefable e inescrutable. 'Si lo comprendes
no es Dios'.
2. Por esto, Pablo VI, continúa diciendo en el texto antes citado:
'Damos con todo gracias a la Bondad divina por el hecho de que
gran número de creyentes pueden atestiguar juntamente con nosotros
delante de los hombres la Unidad de Dios, aunque no conozcan el
misterio de la Santísima Trinidad'. La Santa Iglesia en su fe
trinitaria se siente unidas a todos los que confiesan al único
Dios. La fe en la Trinidad no destruye la verdad del único Dios;
por el contrario, pone de relieve su riqueza, su contenido
misterioso, su vida íntima.
3. Esta fe tiene su fuente su única fuente en la revelación del
Nuevo Testamento. Sólo mediante esta revelación es posible conocer
la verdad sobre Dios uno y trino. Efectivamente, éste es uno de
los 'misterios escondidos en Dios, que como dice el Conc. Vaticano
I si no son revelados, no pueden ser conocidos'. El dogma de la
Santísima Trinidad en el cristianismo se ha considerado siempre un
misterio: el más fundamental y el más inescrutable. Jesucristo
mismo dice: 'Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquel a quien el hijo quiera revelárselo' (Mt
11, 27). Como enseña el Conc. Vaticano I: 'Los divinos misterios
por su naturaleza superan el entendimiento creado de tal modo que,
aun entregados mediante la revelación y acogidos por la fe, sin
embargo permanecen cubiertos por el velo de la misma fe y
envueltos por una especie de oscuridad, mientras en esta vida
mortal estamos en destierro lejos del Señor, porque caminamos en
fe y no en visión (2 Cor 5, 6)'. Esta afirmación vale de modo
especial para el misterio de la Santísima Trinidad: incluso
después de la Revelación sigue siendo el misterio más profundo de
la fe, que el entendimiento por sí solo no puede comprender ni
penetrar. En cambio, el mismo entendimiento, iluminado por la fe,
puede, en cierto modo, aferrar y explicar el significado del
dogma. Y de este modo puede acercar al hombre al misterio de la
vida íntima del Dios uno y trino.
4. En la realización de esta obra excelsa tanto por medio del
trabajo de muchos teólogos y ante todo de los Padres de la
Iglesia, como mediante las definiciones de los Concilios, se
demostró particularmente importante y fundamental el concepto de
'persona' como distinto del de 'naturaleza' (o esencia). Persona
es aquel o aquella que existe como ser humano concreto, como
individuo que posee la humanidad, es decir, la naturaleza humana.
La naturaleza (o esencia) es todo aquello por lo que el que existe
concretamente es lo que es. Así, por ejemplo, cuando hablamos de
'naturaleza humana', indicamos aquello por lo que cada hombre es
hombre, con sus componentes esenciales y con sus propiedades.
Aplicando esta distinción a Dios, constatamos la unidad de la
naturaleza, esto es, la unidad de la Divinidad, la cual pertenece
de modo absoluto y exclusivo a Aquel que existe como Dios. Al
mismo tiempo tanto a la luz del solo entendimiento, como, y
todavía más, a la luz de la Revelación, alimentamos la convicción
de que El es un Dios personal. También a quienes no han llegado la
revelación de la existencia en Dios de tres Personas, el Dios
Creador debe aparecerles como un Ser personal. Efectivamente,
siendo la persona lo que hay de más perfecto en el mundo ('id quod
est perfectissimum in tota natura' S.Th. I q, 29, a.3, c), no se
puede menos de atribuir esta calificación al Creador, aun
respetando su infinita transcendencia (Cfr. Ib. c, y ad 1).
Precisamente por esto las religiones monoteístas no cristianas
entienden a Dios como persona infinitamente perfecta y
absolutamente transcendente con relación al mundo. Uniendo nuestra
voz a la de todo otro creyente, elevamos también en este momento
nuestro corazón al Dios viviente y personal, al único Dios que ha
creado los mundos y que está en el origen de todo lo que es bueno,
bello y santo. A El la alabanza y la gloria por los siglos.
Tres personas
distintas y un solo Dios verdadero
Audiencia General,
4.XII.85

1. 'Unus Deus Trinitas'. Al final del largo trabajo de reflexión
que llevaron adelante los Padres de la Iglesia y que quedó
consignado en las definiciones de los Concilios, la Iglesia habla
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo como de tres 'Personas',
que subsisten en la unidad de la idéntica naturaleza divina. Decir
'persona' significa hacer referencia a un ente único de naturaleza
racional, como oportunamente esclarece ya Boecio en su famosa
definición ('Persona proprie dicitur rationalis naturae
individua substantia', en De Duabus naturis et una persona
Christi). Pero la Iglesia antigua hace rápidamente la
precisión de que la naturaleza intelectual de Dios no se
multiplica con las Personas; permanece siendo única, de tal manera
que el creyente puede proclamar con el Símbolo Quicumque: 'No tres
Dioses, sino un único Dios' El misterio aquí se hace profundísimo:
tres Personas distintas y un solo Dios. Cómo es posible?. La razón
comprende que no hay contradicción, porque la trinidad es de las
personas y la unidad de la Naturaleza divina. Pero queda la
dificultad: cada una de las Personas es el mismo Dios, entonces
¿cómo se distinguen realmente?.
2. La respuesta que nuestra razón balbucea se apoya en el
concepto de 'relación'. Las tres Personas divinas se distinguen
entre sí únicamente por las relaciones que tienen Una con Otra: y
precisamente por la relación de Padre a Hijo, de Hijo a Padre; de
Padre e Hijo a Espíritu, de Espíritu a Padre e Hijo. En Dios,
pues, el Padre es pura Paternidad, el Hijo pura Filiación, el
Espíritu Santo puro 'Nexo de Amor' de los Dos, de modo que las
distinciones personales no dividen la misma y única Naturaleza
divina de los Tres. El XI Conc. de Toledo (675) precisa con
finura: 'Lo que es el Padre, lo es no con referencia a Sí, sino
con relación al Hijo; y lo que es el Hijo, no lo es con referencia
a Sí, sino con relación al Padre; del mismo modo el Espíritu
Santo, en cuanto es llamado Espíritu del Padre y del Hijo, lo es
no en referencia a Sí, sino relativamente al Padre y al Hijo'. El
Conc. de Florencia (del año 1442) pudo, pues, afirmar: 'Estas tres
Personas son un único Dios (…) porque única es la sustancia de las
Tres, única la esencia, única la naturaleza, única la divinidad,
única la inmensidad, única la eternidad; efectivamente, en Dios
todo es una sola cosa, donde no hay oposición de relación'.
3.
Las relaciones que distinguen así al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo, y que realmente los dirigen Uno al Otro en su mismo ser,
tienen en sí mismas todas las riquezas de luz y de vida de la
naturaleza divina, con la que se identifican totalmente. Son
Relaciones 'subsistentes', que en virtud de su impulso vital salen
al encuentro uno de otra en una comunión, en la cual la totalidad
de la Persona es apertura a la otra, paradigma supremo de la
sinceridad y libertad espiritual a la que deben tender las
relaciones interpersonales humanas, siempre muy lejanas de este
modelo transcendente. A este respecto observa el Conc. Vaticano II:
'El Señor Jesús, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como
nosotros somos uno (Jn 17, 21-22), abriendo perspectivas cerradas
a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de
las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad
y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, única
criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede
encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí
mismo a los demás' (Gaudium et spes 24).
4. Si la perfectísima unidad de la tres Personas divinas es el
vértice transcendente que ilumina toda forma de auténtica comunión
entre nosotros, seres humanos, es justo que nuestra reflexión
retorne con frecuencia a la contemplación de este misterio, al que
tan frecuentemente se alude en el Evangelio. Baste recordar las
palabras de Jesús: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 10,
30); y también: 'Creed al menos a las obras, para que sepáis y
conozcáis que el Padre está en mí y yo en el Padre'. Y en otro
contexto: 'Las palabras que yo os digo no las hablo de mí mismo;
el Padre que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en
el Padre y el Padre en mí' (Jn 14, 10-11). Los antiguos escritores
eclesiásticos se detienen con frecuencia a tratar de esta
recíproca compenetración de las Personas divinas. Los Griegos la
definen como 'perichóresis', en Occidente (especialmente desde el
siglo XI) como 'circumincessio' (=recíproco compenetrarse) o 'circuminsessio'
(= inhabitación recíproca). El Conc. de Florencia expresó esta
verdad trinitaria con las siguientes palabras: 'Por esta unidad
(…) el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el
Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu
Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo'. Las tres Personas
divinas, los tres 'Distintos', siendo puras relaciones recíprocas,
son el mismo Ser, la misma Vida, el mismo Dios. Ante este
fulgurante misterio de comunión, en el que se pierde nuestra
pequeña mente, sube espontáneamente a los labios la aclamación de
la liturgia: 'Gloria Tibi, Trinitas qualis, una Deitas, et ante
omnia sæcula, et nunc et in perpetuum'. 'Gloria a Ti, Trinidad
igual (en las Personas), única Deidad, antes de todos los siglos,
ahora y por siempre' (Primeras Vísperas de la Sma. Trinidad).
Tres veces Santo,
Audiencia General,
11.XII.85
1.
'Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están
el cielo y la tierra de tu gloria' (Liturgia de la Misa). Cada día
la Iglesia confiesa la santidad de Dios. Lo hace especialmente en
la liturgia de la Misa, después del prefacio, cuando comienza la
plegaria eucarística. Repitiendo tres veces la palabra 'santo', el
Pueblo de Dios dirige su alabanza al Dios uno y trino, cuya
suprema transcendencia e inasequible perfección confiesa. Las
palabras de la liturgia eucarística provienen del libro de Isaías,
donde se describe la teofanía, en la que el Profeta es admitido a
contemplar la majestad de la gloria de Dios, para anunciarla al
pueblo: ' Vi al Señor sentado sobre su trono alto y sublime. Había
ante El Serafines / Los unos a los otros se gritaban y respondían:
/ Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos, / está llena
la tierra de su gloria' (Is 6, 1-3). La santidad de Dios connota
también su gloria (kabod Yahvéh) que habita el misterio
íntimo de su divinidad y, al mismo tiempo, se irradia sobre toda
la creación.
2.
El Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento, que recoge
muchos elementos del Antiguo Testamento, propone de nuevo el
'Trisagio' de Isaías, completado con los elementos de otra
teofanía, tomados del Profeta Ezequiel (Ez 1, 26). En este
contexto, pues, oímos proclamar de nuevo: 'Santo, Santo, Santo es
el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que viene'
(Ap 4, 8).
3.
En el Antiguo Testamento a la expresión 'santo' corresponde la
palabra hebrea 'gados', en cuya etimología se contiene, por un
lado, la idea de 'separación' y, por otro, la idea de 'luz':
'estar encendido, ser luminoso'. Por esto, las teofanías del
Antiguo Testamento llevan consigo el elemento fuego, como la
teofanía de Moisés (Ex 3, 2), y la del Sinaí (Dt 4, 12), y también
del resplandor, como la visión de Ezequiel (Ez 1, 27-28), la
citada visión de Isaías (Is 6, 1-3) y la de Habacuc (Hab 3, 4). En
los libros griegos del Nuevo Testamento a la expresión 'santo'
corresponde la palabra griega 'hagios'. A la luz de la etimología
veterotestamentaria se hace clara la siguiente frase de la Carta a
los Hebreos: 'nuestro Dios es un fuego devorador' (Heb 12, 29. Cfr.
Dt 4, 24), así como la palabra de San Juan en el Jordán, respecto
al Mesías: ' El os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego' (Mt
3, 11). Se sabe también que en la venida del Espíritu Santo sobre
los Apóstoles, que tuvo lugar en el Cenáculo de Jerusalén,
aparecieron 'lenguas como de fuego' (Hech 2, 3).
4. Si los cultivadores modernos de la filosofía de la religión
(por ejemplo Rudolph Otto) ven en la experiencia que el hombre
tiene de la santidad de Dios los componentes del 'fascinosum' y
del 'tremendum', esto encuentra comprobación tanto en la
etimología, que acabamos de recordar, del término
veterotestamentario, como en las teofanías bíblicas, en las cuales
aparece el elemento del fuego. El fuego simboliza, por un lado, el
esplendor, la irradiación de la gloria de Dios ('fascinosum'),
por otro, el calor que abrasa y aleja, en cierto sentido, el
terror que suscita su santidad ('tremendum'). El 'gados'
del Antiguo Testamento incluye tanto el 'fascinosum' que atrae,
como el 'tremendum' que rechaza, indicando 'la separación' y, por
lo mismo, la inaccesibilidad.
5. Ya otras veces, en las catequesis anteriores de este ciclo,
hemos hecho referencia a la teofanía del libro del Exodo. Moisés
en el desierto, a los pies del monte Horeb, vio una 'zarza que
ardía sin consumirse' (Cfr. Ex 3, 2), y cuando se acerca a esa
zarza, oye la voz: 'No te acerques. Quita las sandalias de tus
pies, que el lugar en que estás es tierra santa' (Ex 3, 5). Estas
palabras ponen de relieve la santidad de Dios, que desde la zarza
ardiente revela a Moisés su Nombre ('Yo soy el que soy'), y con
este Nombre lo envía a liberar a Israel de la tierra egipcia. Hay
en esta manifestación el elemento del 'tremendum': la santidad de
Dios permanece inaccesible para el hombre ('No te acerques').
Características semejantes tiene también toda la descripción de la
Alianza hecha en el monte Sinaí (Ex 19-20).
6. Luego, sobre todo en la enseñanza de los Profetas, este rasgo
de la santidad de Dios, inaccesible para el hombre, cede en favor
de su cercanía, de su accesibilidad, de su condescendencia. Leemos
en Isaías: 'Porque así dice el Altísimo, / cuya morada y cuyo
nombre es santo: / Yo habito en un lugar elevado y santo, / pero
también con el contrito y humillado, / para hacer revivir el
espíritu de los humillados / y reanimar los corazones contritos' (Is
57, 15). De modo parecido en Oseas: 'soy Dios y no hombre, / soy
santo en medio de ti / y no llevaré a efecto el ardor de mi
cólera' (Os 11, 9).
7.
El testimonio máximo de su cercanía, Dios lo ha dado, enviando a
la tierra a su Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad,
el cual tomó un cuerpo como el nuestro y vino a habitar entre
nosotros. Agradecidos por esta condescendencia de Dios, que ha
querido acercarse a nosotros, no limitándose a hablarnos por medio
de los Profetas, sino dirigiéndose a nosotros en la persona misma
de su Hijo unigénito, repitamos con fe humilde y gozosa: 'Tu solus
Sanctus'. 'Sólo Tú eres Santo, sólo Tú Señor, sólo Tú Altísimo,
Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre.
Amén'.
La santidad de
Dios
Audiencia
General, 18-XII-1985
1. En la catequesis pasada reflexionamos sobre la santidad de Dios
y sobre las dos características la inaccesibilidad y la
condescendencia que la distinguen. Ahora queremos ponernos a la
escucha de la exhortación que Dios dirige a la comunidad de los
hijos de Israel a través de las varias fases de la Antigua
Alianza: 'Sed santos, porque santo soy yo, el Señor, / vuestro
Dios' (Lev 19, 2). 'Yo soy el Señor que os santifica' (Lev 20, 8),
etc. El Nuevo Testamento, en el que Dios revela hasta el fondo el
significado de su santidad, acoge de lleno esta exhortación,
confiriéndole características propias, en sintonía con el 'hecho
nuevo' de la cruz de Cristo. Efectivamente, Dios, que 'es Amor',
se ha revelado plenamente a Sí mismo en la donación sin reservas
del Calvario. Sin embargo, también en el nuevo contexto, la
enseñanza apostólica propone de nuevo con fuerza la exhortación
heredada de la Antigua Alianza. Por ejemplo, escribía San Pedro: '
conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo
vuestro proceder, pues está escrito: Sed santos, porque yo soy
santo' (1 Ped 1, 15). [JPII
Cat 18-XII-1985, 1]
2. ¿Qué es la santidad de Dios?. Es absoluta 'separación' de todo
mal moral, exclusión y rechazo radical del pecado y, al mismo
tiempo, bondad absoluta. En virtud de ella, Dios, infinitamente
bueno en Sí mismo, lo es también con relación a las criaturas (bonum
diffusivum sui), naturalmente según la medida de su 'capacidad'
óntica. En este sentido hay que entender la respuesta que da
Cristo al joven del Evangelio: '¿Por qué me llamas bueno?. Nadie
es bueno sino sólo Dios' (Mc 10, 18). Ya hemos recordado en las
catequesis precedentes la palabra del Evangelio: 'Sed, pues,
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto' (Mt 5, 48). La
exhortación que se refiere a la perfección de Dios en sentido
moral, es decir, a su santidad, expresa pues, el mismo concepto
contenido en las palabras del Antiguo Testamento antes citadas, y
que toma de nuevo la primera Carta de San Pedro. La perfección
moral consiste en la exclusión de todo pecado y en la absoluta
afirmación del bien moral. Para los hombres, para las criaturas
racionales, esta afirmación se traduce en la conformidad de la
voluntad con la ley moral. Dios es santo en Sí mismo, es la
santidad sustancial, porque su voluntad se identifica con la ley
moral. Esta ley existe en Dios mismo como en su eterna Fuente y,
por eso, se llama ley Eterna (Lex «terna) (Cfr. S.Th. III q.93,
a.1).
3. Dios se da a conocer al hombre como Fuente de la ley moral y,
en este sentido, como la Santidad misma, antes del pecado original
a los progenitores (Gen 2, 16), y más tarde al Pueblo elegido,
sobre todo en la Alianza del Sinaí (Cfr. Ex 20, 1-20). La ley
moral revelada por Dios en la Antigua Alianza y, sobre todo, en la
enseñanza evangélica de Cristo, tiende a demostrar gradual, pero
claramente, la sustancial superioridad e importancia del amor. El
mandamiento; 'amarás' (Dt 6, 5; Lev 19, 18; Mc 12, 30-31, y
paral.), hace descubrir que también la santidad de Dios consiste
en el amor. Todo lo que dijimos en la catequesis titulada 'Dios es
Amor', se refiere a la santidad del Dios de la Revelación.
4. Dios es la santidad porque es amor (1 Jn 4, 16). Mediante el
amor está separado absolutamente del mal moral, del pecado, y está
esencial, absoluta y transcendentalmente identificado con el bien
moral en su fuente, que es el mismo. En efecto, amor significa
precisamente esto: querer el bien, adherirse al bien. De esta
eterna voluntad de Bien brota la infinita bondad de Dios respecto
a las criaturas y, en particular, respecto al hombre. Del amor
nace su clemencia, su disponibilidad a dar y a perdonar, la cual
ha encontrado, entre otras cosas, una expresión magnífica en la
parábola de Jesús sobre el hijo pródigo, que refiere Lucas (Lc 15,
11-32). El amor se expresa en la providencia, con la cual Dios
continúa y sostiene la obra de la creación. De modo particular el
amor se manifiesta en la obra de la redención y de la
justificación del hombre, a quien Dios ofrece la propia justicia
en el misterio de la cruz de Cristo, como dice con claridad San
Pablo (Cfr. la Carta a los Romanos y la Carta a los Gálatas). Así,
pues, el amor que es el elemento esencial y decisivo de la
santidad de Dios, por medio de la redención y la justificación,
guía al hombre a su santificación con la fuerza del Espíritu
Santo. De este modo, en la economía de la salvación, Dios mismo,
como trinitaria Santidad (=tres veces Santo), toma, en cierto
modo, la iniciativa de realizar por nosotros y en nosotros lo que
ha expresado con las palabras: "Sed santos, porque santo soy yo el
Señor, vuestro Dios' (Lev 19, 2).
5. A este Dios, que es Santidad porque es amor, se dirige el
hombre con la más profunda confianza. Le confía el misterio íntimo
de su humanidad, todo el misterio de su 'corazón' humano: 'Yo te
amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, / Señor, mi roca, mi alcázar, mi
liberador; / Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, / mi
fuerza salvadora, mi baluarte ' (Sal 17, 2-3). La salvación del
hombre está estrechísimamente vinculada a la santidad de Dios,
porque depende de su eterno, infinito Amor.

Que la Paz sea
contigo
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