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CONSEJO
PONTIFICIO JUSTICIA Y PA Z
CONFERENCIA DE
PRENSA DE PRESENTACIÓN
DEL "COMPENDIO DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA"
INTERVENCIÓN
DEL CARDENAL RENATO RAFFAELE MARTINO
Lunes 25 de octubre de
2004
Me
complace particularmente hacer público hoy el esperado
documento Compendio de la doctrina social de la Iglesia,
elaborado, por encargo del Santo Padre, y dedicado a él, por
el Consejo pontificio Justicia y paz, que se responsabiliza
plenamente del mismo. El documento se pone ahora a
disposición de todos aquellos
—católicos,
demás cristianos y personas de buena voluntad—
que buscan orientaciones concretas para promover el bien
social de las personas y de la sociedad.
Esta obra se inició hace cinco años, bajo la presidencia de
mi venerado predecesor el cardenal François-Xavier Nguyên
Van Thuân. La enfermedad y, más tarde, la muerte del
cardenal Van Thuân, así como el consiguiente cambio de
presidencia en el Consejo pontificio Justicia y paz,
produjeron un inevitable retraso en el trabajo.
La elaboración del Compendio de la doctrina social de la
Iglesia no fue una tarea fácil. Los problemas más
complejos que se afrontaron fueron fundamentalmente cuatro:
el hecho de que se trataba de elaborar un texto sin
precedentes en la historia de la Iglesia; la formulación de
algunas complejas cuestiones epistemológicas inherentes a la
naturaleza de la doctrina social de la Iglesia; y el deseo
de ofrecer una enseñanza que resistiera el paso del tiempo,
en una fase histórica caracterizada por cambios sociales,
económicos y políticos muy rápidos y radicales.
El Compendio de la doctrina social de la Iglesia
brinda un cuadro completo de las líneas fundamentales del
"corpus" doctrinal de la enseñanza social católica. El
documento, fiel a las autorizadas indicaciones que el Santo
Padre Juan Pablo II dio en el número 54 de la exhortación
apostólica
Ecclesia in America,
presenta "de manera completa y sistemática, aunque de forma
sintética, la doctrina social, que es fruto de la sabia
reflexión del Magisterio y expresión del compromiso
constante de la Iglesia, en fidelidad a la gracia de la
salvación de Cristo y en amorosa solicitud por el destino de
la humanidad" (Compendio, n. 8).
El Compendio
tiene una estructura sencilla y clara. Después de una
Introducción, siguen tres partes:
La primera, que consta de cuatro capítulos, trata sobre los
presupuestos fundamentales de la doctrina social: el
designio amoroso de Dios con respecto al hombre y a la
sociedad, la misión de la Iglesia y la naturaleza de la
doctrina social, la persona humana y sus derechos, y los
principios y valores de la doctrina social.
La segunda, que consta de siete capítulos, trata sobre los
contenidos y los temas clásicos de la doctrina social: la
familia, el trabajo humano, la vida económica, la comunidad
política, la comunidad internacional, el medio ambiente y la
paz.
La
tercera, muy breve —consta de un solo capítulo—, contiene
una serie de indicaciones para la utilización de la doctrina
social en la praxis pastoral de la Iglesia y en la vida de
los cristianos, sobre todo de los fieles laicos.
La Conclusión, titulada "Para una civilización del
amor", resume la idea de fondo de todo el documento.
La obra se completa con amplios índices, utilísimos y
fáciles de consultar.
El Compendio tiene una finalidad precisa y se
caracteriza por algunos objetivos claramente enunciados en
la Introducción, que reza así: "Se presenta como
instrumento para el discernimiento moral y pastoral de los
complejos acontecimientos que caracterizan a nuestro tiempo;
como guía para inspirar, en el ámbito individual y en el
colectivo, comportamientos y opciones que permitan mirar al
futuro con confianza y esperanza; como subsidio para los
fieles en la enseñanza de la moral social" (n. 10).
Asimismo, es un instrumento elaborado con el objetivo
preciso de promover "un nuevo compromiso capaz de responder
a las exigencias de nuestro tiempo y adecuado a las
necesidades y a los recursos del hombre, y sobre todo al
anhelo de valorar, con formas nuevas, la vocación propia de
los diversos carismas eclesiales con vistas a la
evangelización del ámbito social, porque "todos los
miembros de la Iglesia participan de su dimensión
secular" (Christifideles
laici,
15)" (ib.).
Un dato que conviene poner de relieve, pues se halla
presente en varias partes del documento, es el siguiente:
el texto se presenta como un instrumento para alimentar
el diálogo ecuménico e interreligioso de los católicos
con todos los que buscan sinceramente el bien del hombre. En
efecto, en el número 12 se afirma: "Este documento se
propone también a los hermanos de las demás Iglesias y
comunidades eclesiales, a los seguidores de las otras
religiones, así como a los hombres y mujeres de buena
voluntad que se interesan por el bien común".
En efecto, la doctrina social, además de dirigirse de forma
primaria y específica a los hijos de la Iglesia, tiene un
destino universal. La luz del Evangelio, que la doctrina
social refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los
hombres: todas las conciencias e inteligencias son capaces
de captar la profundidad humana de los significados y de los
valores expresados en esta doctrina, así como la carga de
humanidad y humanización de sus normas de acción.
Evidentemente, el Compendio de la doctrina social
de la Iglesia atañe ante todo a los católicos, porque
"la primera destinataria de la doctrina social es la
comunidad eclesial en todos sus miembros, dado que todos
tienen que asumir responsabilidades sociales. (...) En las
tareas de evangelización, es decir, de enseñanza, catequesis
y formación, que suscita la doctrina social de la Iglesia,
está destinada a todo cristiano, según las competencias, los
carismas, los oficios y la misión de anuncio propios de cada
uno" (n. 83).
La doctrina social implica, asimismo, responsabilidades
relativas a la construcción, organización y funcionamiento
de la sociedad: obligaciones políticas, económicas,
administrativas, es decir, de índole secular, que
corresponden a los fieles laicos de modo peculiar, en virtud
de la condición secular de su estado de vida y de la índole
secular de su vocación; mediante esas responsabilidades los
laicos ponen en práctica la doctrina social y cumplen la
misión secular de la Iglesia.
En la elaboración del Compendio se planteó
constantemente la cuestión relativa a la situación de la
doctrina social de la Iglesia en el mundo de hoy. Al
formular la respuesta, se consideró que no convenía seguir
el camino de un simple análisis sociológico o una
enumeración de prioridades sociales o problemas emergentes.
Más bien, se creyó oportuno que el Compendio
constituyera un instrumento serio y riguroso adecuado para
realizar el discernimiento —acto cognoscitivo eclesial y
comunitario— tan indispensable hoy. El discernimiento
cristiano se funda en la lectura de los signos de los
tiempos, realizada a la luz de la palabra de Dios y del
"corpus" de verdades que el Magisterio ha constituido como
doctrina social de la Iglesia, con la finalidad de orientar
la praxis comunitaria y personal. Así se llega al centro
mismo de la doctrina social de la Iglesia, a su íntima
naturaleza de "encuentro del mensaje evangélico y de sus
exigencias (...) con los problemas que derivan de la vida de
la sociedad" (Congregación para la doctrina de la fe,
instrucción Libertatis conscientia, 72). El
Compendio de la doctrina social de la Iglesia presenta
la doctrina social de la Iglesia como una enseñanza que nace
del discernimiento, que ella misma es discernimiento y está
orientada al discernimiento.
Desde esta perspectiva de fondo, el Compendio tiene
como finalidad favorecer un discernimiento capaz de afrontar
algunos desafíos decisivos y de gran importancia.
El
desafío cultural
El
primer desafío es el del ámbito cultural, que la doctrina
social afronta aprovechando su dimensión interdisciplinar
constitutiva. Mediante su doctrina social, la Iglesia
"proclama la verdad sobre Cristo, sobre sí misma y sobre el
hombre, aplicándola a una situación concreta" (Sollicitudo
rei socialis,
41). Así pues, es evidente que, sobre
todo con vistas al futuro, la doctrina social deberá
desarrollar cada vez más su dimensión interdisciplinar ("La
doctrina social [...] tiene una importante dimensión
interdisciplinar. Para encarnar cada vez mejor, en contextos
sociales económicos y políticos distintos, y continuamente
cambiantes, la única verdad sobre el hombre, esta doctrina
entra en diálogo con las diversas disciplinas que se ocupan
del hombre, incorpora sus aportaciones y les ayuda a abrirse
a horizontes más amplios al servicio de cada persona,
conocida y amada en la plenitud de su vocación":
Centesimus annus,
59).
La dimensión interdisciplinar no es una añadidura, sino una
dimensión intrínseca de la doctrina social de la Iglesia,
porque está íntimamente vinculada a la finalidad de encarnar
la verdad eterna del Evangelio en los problemas históricos
que debe afrontar la humanidad. La verdad del Evangelio debe
encontrarse con los saberes elaborados por el hombre, porque
la fe no es ajena a la razón; los frutos históricos de la
justicia y la paz maduran cuando la luz evangélica se filtra
y penetra en las culturas, respetando las autonomías
recíprocas, pero también las conexiones analógicas entre fe
y saberes. Cuando el diálogo con las diversas disciplinas
del saber se hace íntimo y fecundo, la doctrina social de la
Iglesia logra cumplir su misión de estimular nuevos
proyectos sociales, económicos y políticos que tengan como
centro a la persona humana, en todas sus dimensiones.
Conviene notar que la dimensión interdisciplinar, orientada
teológicamente, puede responder a dos exigencias fuertemente
sentidas por la cultura de hoy. La cultura actual rechaza
cualquier sistema "cerrado", pero al mismo tiempo busca
razones. La doctrina social de la Iglesia no es "un sistema
cerrado" (Libertatis conscientia, 72), y no lo es por
dos motivos: porque es histórica, es decir, "se
desarrolla en función de las circunstancias cambiantes de la
historia" (ib.), y porque tiene su origen en el
mensaje evangélico (cf. ib.), que es trascendente y,
precisamente por esta razón, es la principal "fuente de
renovación" (Pablo VI,
Octogesima adveniens,
42) de la historia. La
dimensión interdisciplinar permite a la doctrina social
orientar sin ser un sistema, y no ser un sistema sin
desorientar.
El desafío de la
indiferencia ética y religiosa
El segundo desafío es el que proviene de la situación de
indiferencia ética y religiosa, y de la necesidad de una
renovada colaboración interreligiosa. En el ámbito social,
los aspectos más importantes de la indiferencia generalizada
son la separación entre ética y política, y la convicción de
que las cuestiones éticas no pueden aspirar a un estatuto
público, no pueden constituir el objeto de un debate
racional y político, porque serían expresiones de opciones
individuales, incluso privadas. La separación entre ética y
política, por extensión, tiende a aplicarse también a las
relaciones entre la política y la religión, relegada a
asunto privado.
En este ámbito, la doctrina social de la Iglesia tiene hoy y
en el futuro próximo una ardua tarea por desempeñar, una
tarea que se puede cumplir mejor si se realiza en diálogo
con las confesiones cristianas y también con las no
cristianas. La colaboración interreligiosa será uno de los
itinerarios de valor estratégico para el bien de la
humanidad, decisivo en el futuro de la doctrina social.
Contemplando con la mirada de la sabiduría cristiana los
acontecimientos de finales del siglo XX e inicios del
milenio que acaba de comenzar, se puede descubrir, guiados
por el Santo Padre, al menos un ámbito histórico de
importancia prioritaria para el diálogo interreligioso sobre
los temas sociales. Se trata del tema de la paz y los
derechos humanos.
De todos son conocidas las múltiples y apremiantes
intervenciones del Papa sobre este tema. Basta repasar los
discursos que ha dirigido Juan Pablo II en estos veintiséis
años de pontificado al Cuerpo diplomático acreditado ante la
Santa Sede para darse cuenta de cuán frecuentes e
insistentes son sus llamamientos a una colaboración entre
las religiones mundiales en favor de la paz, con el
"espíritu de Asís". Me limito aquí a citar un texto del
Mensaje para la Jornada mundial de la
paz de 2002.
Escribe el Santo Padre: "Las
confesiones cristianas y las grandes religiones de la
humanidad han de colaborar entre sí para eliminar las causas
sociales y culturales del terrorismo, enseñando la grandeza
y la dignidad de la persona y difundiendo una mayor
conciencia de la unidad del género humano. Se trata de un
campo concreto del diálogo y de la colaboración ecuménica e
interreligiosa, para que las religiones presten un servicio
urgente a la paz entre los pueblos" (n. 12:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de
diciembre de 2001, p. 8).
El terreno de los derechos humanos, de la paz, de la
justicia social y económica, del desarrollo, en el futuro
próximo, ocupará cada vez más el centro del diálogo
interreligioso, en el que los católicos deberán participar
con su doctrina social, entendida como "corpus
doctrinal" que estimula pero que también se alimenta de "la
actividad fecunda de millones y millones de hombres, que
(...) se han esforzado por inspirarse en él con miras al
propio compromiso en el mundo" (Centesimus
annus, 3).
El desafío pastoral
El tercer desafío es específicamente pastoral. El futuro de
la doctrina social de la Iglesia en el mundo actual
dependerá de que se comprenda cada vez mejor que esa
doctrina está arraigada en la misión propia de la Iglesia;
que nace de la palabra de Dios y de la fe viva de la
Iglesia; y que es expresión del servicio que la Iglesia
presta al mundo, en el que la salvación de Cristo se ha de
anunciar con palabras y obras. Es decir, se debe comprender
cada vez mejor que esa doctrina está relacionada con todos
los aspectos de la vida y de la acción de la Iglesia:
sacramentos, liturgia, catequesis y pastoral. La doctrina
social de la Iglesia, que "forma parte esencial del mensaje
cristiano" (ib., 5), debe ser conocida, difundida y
testimoniada. Cuando, de cualquier modo, se pierde la
conciencia viva de esta "pertenencia" de la doctrina social
a la misión de la Iglesia, esa doctrina social es
instrumentalizada en función de varias formas de ambigüedad
o de parcialidad.
Quiero recordar aquí la famosa expresión: "La doctrina
social cristiana es parte integrante de la concepción
cristiana de la vida", con la que el beato Papa Juan XXIII,
en la encíclica Mater et magistra (n. 206), abría el
camino, hace ya muchos años, a las sucesivas, importantes y
profundas precisiones de Juan Pablo II: "La enseñanza y la
difusión de esta doctrina social forma parte de la misión
evangelizadora de la Iglesia" (Sollicitudo
rei socialis, 41); la
doctrina social, "instrumento de evangelización" (Centesimus
annus, 54), "anuncia a
Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre" (ib.).
Esa doctrina podrá cumplir tanto mejor su servicio al hombre
dentro del entramado de la sociedad y de la economía cuanto
menos se reduzca a un discurso sociológico o político, a
exhortación moralizadora, a "ciencia del vivir bien" (Redemptoris
missio, 11), o a simple
"ética para situaciones difíciles" y, por el contrario,
cuanto más sea conocida, enseñada, vivida y encarnada, en
toda la plenitud de su "unión vital con el Evangelio del
Señor" (Sollicitudo
rei socialis, 3).
Para concluir la presentación del Compendio de la
doctrina social de la Iglesia con estas reflexiones
sobre el papel de la doctrina social de la Iglesia en el
mundo actual ante las nuevas exigencias de la
evangelización, quisiera poner de relieve una doble
dimensión de la presencia de los cristianos en la sociedad,
una doble inspiración que nos viene de la doctrina social
misma y que en el futuro exigirá que se viva cada vez más en
síntesis complementaria.
Me refiero, por una parte, a la exigencia del testimonio
personal y, por otra, a la exigencia de un nuevo proyecto
para un auténtico humanismo que implique las estructuras
sociales. Nunca se han de separar ambas dimensiones, la
personal y la social. Yo albergo la gran esperanza de que el
Compendio de la doctrina social de la Iglesia haga
madurar personalidades creyentes auténticas y las impulse a
ser testigos creíbles, capaces de modificar los mecanismos
de la sociedad actual con el pensamiento y con la acción.
Siempre hay necesidad de testigos, de mártires y de santos,
también en el ámbito social. Los Sumos Pontífices a menudo
han hecho referencia a las personas que han vivido su
presencia en la sociedad como "testimonio de Cristo
Salvador" (Centesimus
annus, 5). Se trata de
todos los que la
Rerum novarum
consideraba "muy dignos de elogio" (n. 41) por haberse
comprometido a mejorar, en esos tiempos, la condición de los
obreros; de ellos la
Centesimus annus
dice que "han sabido encontrar, una y otra vez, formas
eficaces para dar testimonio de la verdad" (n. 23). "A
impulsos del magisterio social, se han esforzado por
inspirarse en él con miras al propio compromiso en el mundo.
Actuando individualmente o bien coordinados en grupos,
asociaciones y organizaciones, han constituido como un
gran movimiento para la defensa de la persona humana y
para la tutela de su dignidad" (ib., 3).
Son los innumerables cristianos, en su mayoría laicos, que
"se han santificado en las circunstancias más ordinarias de
la vida" (Novo
millennio ineunte,
31). El testimonio personal, fruto
de una vida cristiana "adulta", profunda y madura, no puede
por menos de contribuir también a la construcción de una
nueva civilización, en diálogo con las disciplinas del saber
humano, en diálogo con las demás religiones y con todos los
hombres de buena voluntad, para la realización de un
humanismo integral y solidario.
(
Tomado del sitio Oficial del Vaticano
)
Acceso al indice del Compendio de la
Doctrina Social de la Iglesia

Que la Paz sea
contigo |