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MARIA
EN LOS EVANGELIOS
El
lector de los Evangelios se queda al principio sorprendido al encontrar
tan poco sobre María; pero esta oscuridad de María en los Evangelios ha
sido estudiada exhaustivamente por el Beato Pedro Canisius (17), Augusto
Nicolás (18), el
Cardenal
Newman (19) y el muy reverendo J. Spencer Northcote (20).
En el comentario del "Magnificat" publicado en 1518, incluso Lutero
expresa su convencimiento de que los Evangelios alaban suficientemente a
María al llamarla (ocho veces) la Madre de Jesús. En los siguientes párrafos
agruparemos brevemente lo que se conoce de la vida de Nuestra Señora
antes del nacimiento de su divino Hijo, durante la vida oculta de Nuestro
Señor, durante su vida pública y después de su resurrección.
Ascendencia Davídica de María
S.
Lucas (2:4) narra que
San
José se desplazó desde Nazaret a Belén para empadronarse,
"por ser él de la casa y de la familia de David". Como si
quisiera eliminar cualquier duda referente a la ascendencia davídica de
María, el evangelista (1:32,69) afirma que al niño nacido de María sin
intervención de varón le será otorgado "el trono de David, su
padre", y que el Señor Dios ha "levantado en favor nuestro un
cuerno de salvación en la casa de David, su siervo". (21) S. Pablo
también da fe de que Jesucristo "nacido de la descendencia de David
según la carne " (Romanos 1:3). Si María no hubiera sido
descendiente de David, su Hijo concebido por el Espíritu Santo no hubiera
podido considerarse "de la descendencia de David". Por ello los
comentaristas nos dicen que en el texto "En el mes sexto fue enviado
el ángel Gabriel ... a una virgen desposada con un varón de nombre José,
de la casa de David" (Lucas 1:26-27); la última frase "de la
casa de David" no se refiere a José, sino a la doncella virgen que
es el personaje principal de la narración; así tenemos un testimonio
inspirado directo de la ascendencia davídica de María. (22)
Mientras
que los comentaristas generalmente están de acuerdo en que la genealogía
que se encuentra al comienzo del primer Evangelio es la de S. José,
Annius de Viterbo propone su opinión, a la que ya se refirió S. Agustín,
de que la genealogía de S. Lucas describe la ascendencia de María. El
texto del tercer Evangelio (3:23) puede explicarse de forma que Heli sea
el padre de María: "Jesús ... era, según se creía, hijo de José,
hijo de Heli" (23). En estas explicaciones el nombre de María no se
menciona explícitamente, pero va implícito; ya que Jesús es el hijo de
Heli a través de María.
Sus padres
Aunque pocos comentaristas están de acuerdo con esta opinión acerca de
la genealogía de S. Lucas, el nombre del padre de María, Heli, coincide
con el nombre del padre de Nuestra Señora según una tradición basada en
la narración del Protoevangelio de Santiago, un Evangelio apócrifo que
data de finales del siglo II. Según este documento, los padres de María
eran Joaquín y Ana. Ahora bien, el nombre de Joaquín es sólo
una variante de Heli o Eliachim, sustituyendo un nombre
divino (Yavé) por otro (Eli, Elohim). La tradición en lo que respecta a
los padres de María, según el Evangelio de Santiago, es reproducida por
S. Juan Damasceno (24), S. Gregorio de Nyssa (25), S. Germán de
Constantinopla (26), Pseudo-Epifanio (27), pseudo-Hilario (28) y S.
Fulberto de Chartres (29). Algunos de estos escritores añaden que el
nacimiento de María se consiguió gracias a las fervientes oraciones de
Joaquín y Ana cuando ya tenían una edad avanzada. Así como Joaquín
pertenecía a la familia real de David, también se supone que Ana era
descendiente de la familia sacerdotal de Aaron; por ello, Cristo, el
Eterno Rey y Sacerdote, descendía de una familia real y sacerdotal (30).
La
ciudad de los padres de María
Según S. Lucas 1:26, María vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea, en
el momento de la Anunciación. Una determinada tradición sostiene que fue
concebida y nació en la misma casa en la que el Verbo se hizo carne (31).
Otra tradición, basada en el Evangelio de Santiago, considera Seforis
como la primera casa de Joaquín y Ana, aunque se dice que después
vivieron en Jerusalén, en una casa llamada Probatica por S.
Sofronio de Jerusalén (32). Probatica, un nombre que probablemente
procedía de un estanque llamado Probatica o Betzata en S.
Juan 5:2, cercano al santuario. Aquí fue donde nació María. Alrededor
de un siglo después, sobre el 750 d. de J.C., S. Juan Damasceno (33)
afirma de nuevo que María nació en Probatica.
Se dice que, ya en el siglo V, la emperatriz Eudoxia construyó una
iglesia en el lugar en que nació María, y donde sus padres vivieron en
su ancianidad. La actual iglesia de Sta. Ana se encuentra a una distancia
de menos de 100 pies de la piscina Probática. El 18 de marzo de 1889 se
descubrió una cripta que encierra el sitio en que se supone que Sta. Ana
fue enterrada. Probablemente ese lugar fue en su origen un jardín en el
que Joaquín y Ana recibieron sepultura. En su época todavía estaba
situado fuera de los muros de la ciudad, unos 400 pies al norte del
Templo. Otra cripta cercana a la tumba de Sta. Ana se cree que es el lugar
donde nació la Bienaventurada Virgen; por ello, en los primeros tiempos
se le llamó a esa iglesia Sta. María de la Natividad (34). En el valle
Cedron, cerca de la carretera que lleva a la iglesia de la Asunción, hay
un pequeño santuario que contiene dos altares, que se cree que están
edificados sobre las tumbas de S. Joaquín y Sta. Ana; sin embargo, estos
sepulcros pertenecen a la época de las Cruzadas (35). También en Seforis
los cruzados reemplazaron un antiguo santuario situado sobre la legendaria
casa de S. Joaquín y Sta. Ana por una gran iglesia. Después de 1788
parte de esta iglesia fue restaurada por los Padres Franciscanos.
Su Inmaculada Concepción
En
la fiesta de la concepción de María, que la Iglesia celebra el 8 de
diciembre –9 meses antes del 8 de septiembre- se tratataba también
originariamente de la conmemoración de un suceso, la concepción
precisamente de María en el seno de su madre. Anselmo de Canterbury
(+1109) introdujo en su diócesis una fiesta de la Conceptio Beatae
Mariae Virginis, movido tal vez ya entonces por la fe de que María
había sido concebida sin pecado “ante ipsam conceptionem mundata”,
limpia antes de su concepción.
En
el curso de los siglos la fiesta se propagó más y más, a pesar de que
la cuestión de la limpieza original seguía debatiéndose. Bernardo de
Claraval reconoció muy bien que la introducción de la fiesta no tenía
sentido si no se creía en la inmaculada concepción. De ahí su
desacuerdo cuando la fiesta se introdujo en la catedral de Lyon.
A
pesar de la persistente reserva en la difícil cuestión dogmática de una
excepción del pecado original, el año 1476 se introdujo en Roma una
fiesta de la “Conceptio inmaculate virginis Mariae”. Cuando luego la
definición dogmática en el año 1854 puso definitivamente término a la
controversia, León XIII elevó la fiesta a solemnidad. Sin embargo, es
evidente que hoy no se trata ya de un aniversario en el sentido
tradicional, sino de la celebración de un misterio de salvación.
En
el período del siglo X al XII, la iglesia oriental celebró también acá
y allá una concepción de María, que se ponía el 9 de diciembre. También
aquí se hacía claramente referencia al 8 de septiembre. Se tomó, sin
embargo, por base la antigua denominación romana de los días, y no la
numeración de los días del mes.
En
Oriente no logró arraigar la fiesta, a pesar de que Manuel Comneno
(1143-80) la elevó el año 1166 a fiesta nacional.
La
doctrina de que María fue exenta del pecado original supone un privilegio
tan extraordinario con singular amor esta fiesta de la Virgen.
El nacimiento de María
En lo referente al lugar de nacimiento de Nuestra Señora, existen tres
tradiciones diferentes que hay que considerar.
Primero, se ha situado el acontecimiento en Belén. Esta opinión se basa
en la autoridad de los siguientes testigos: ha sido expresada en un
documento titulado "De nativ. S. Mariae" (36) incluido a
continuación de las obras de S. Jerónimo; es una suposición más o
menos vaga del Peregrino de Piacenza, llamado erróneamente Antonino Mártir,
que escribió alrededor del 580 d. de J.C. (37); finalmente, los Papas
Pablo II (1471), Julio II (1507), León X (1519), Pablo III (1535), Pío
IV (1565), Sixto V (1586) e Inocencio XII (1698) en sus Bulas referentes a
la Santa Casa del Loreto afirman que la Bienaventurada Virgen nació, fue
educada y recibió la visita del ángel en la Santa Casa. Sin embargo,
estos pontífices no deseaban en realidad decidir sobre una cuestión histórica;
ellos simplemente expresan la opinión de sus épocas respectivas.
Una segunda tradición situaba el nacimiento de Nuestra Señora en Seforis,
unas tres millas al norte de Belén, la Diocaesarea romana, y la
residencia de Herodes Antipas hasta bien entrada la vida de Nuestro Señor.
La antigüedad de esta opinión puede deducirse por el hecho de que bajo
el reinado de Constantino se erigió en Seforis una iglesia para
conmemorar la residencia de Joaquín y Ana en dicho lugar (38). S.
Epifanio habla de este santuario (39). Pero esto sólo demuestra que
Nuestra Señora debió vivir durante algún tiempo en Seforis con sus
padres, sin que por ello tengamos que creer que nació allí.
La tercera tradición, la de que María nació en Jerusalén, es la más
probable de las tres. Hemos visto que se basa en el testimonio de S.
Sofronio, de S. Juan Damasceno y sobre la evidencia de hallazgos recientes
en la Probatica. La Festividad de la Natividad de Nuestra Señora no se
celebró en Roma hasta finales del siglo VII; sin embargo, dos sermones
encontrados entre los escritos de S. Andrés de Creta (m. 680) implican la
existencia de esta fiesta y nos hacen suponer que fue introducida en una
fecha más temprana en otras iglesias (40). En 1799, el décimo canon del
Sínodo de Salzburgo señala cuatro fiestas en honor de la Madre de Dios:
la Purificación, el 2 de febrero; la Anunciación, el 25 de marzo; la
Asunción, el 15 de agosto y la Natividad, el 8 de septiembre.
La Presentación de María
Según Exodo 13:2 y 13:12, todo primogénito hebreo debía ser presentado
en el Templo. Dicha ley llevaría a los padres judíos piadosos a observar
el mismo rito religioso con otros hijos favoritos. Ello hace suponer que
Joaquín y Ana presentaron a su hija, obtenida tras largas y fervientes
oraciones, en el Templo.
En cuanto a María, S. Lucas (1:34) nos dice que respondió al ángel que
le anunciaba el nacimiento de Jesucristo: "cómo podrá ser esto,
pues yo no conozco varón". Estas palabras difícilmente pueden ser
entendidas, a menos que supongamos que María había hecho voto de
virginidad, ya que cuando las pronunció estaba desposada con S. José
(41). La ocasión más adecuada para tal voto fue su presentación en el
Templo. Del mismo modo que algunos Padres admiten que las facultades de S.
Juan Bautista fueron desarrolladas prematuramente por una intervención
especial del poder divino, se puede admitir la existencia de una gracia
similar para con la hija de Joaquín y Ana (42).
Sin
embargo, todo lo referido anteriormente no supera la certeza de la
probabilidad de unas conjeturas piadosas. La consideración de que Nuestro
Señor no podía rehusarle a su bendita Madre cualquier favor que
dependiera exclusivamente de su magnificencia, no tiene un valor mayor que
el de un argumento a priori. La certeza sobre esta cuestión debe
depender de testimonios externos y de las enseñanzas de la Iglesia.
Ahora bien, el Protoevangelio de Santiago (7-8) y el documento titulado
"De nativit. Mariae" (7-8), (43) afirman que Joaquín y Ana,
cumpliendo un voto que habían hecho, presentaron a la pequeña María en
el Templo cuando tenía tres años de edad; que la criatura subió sola
los escalones del Templo, y que hizo su voto de virginidad en dicha ocasión.
S. Gregorio de Nyssa (44) y S. Germán de Constantinopla (45) aceptaron
este testimonio, que también fue seguido por pseudo-Gregorio de Naz. en
su "Christus patiens" (46). Además, la Iglesia celebra la
Festividad de la Presentación, aunque no especifica a qué edad fue
presentada la pequeña María en el Templo, cuándo hizo su voto de
virginidad y cuáles fueron los dones especiales naturales y
sobrenaturales que Dios le concedió. La festividad es mencionada por
primera vez en un documento de Manuel Commenus, en 1166; desde
Constantinopla, la festividad debió ser introducida en la Iglesia
occidental, donde la podemos hallar en la corte papal de Aviñón en 1371;
alrededor de un siglo más tarde, el Papa Sixto IV introdujo el Oficio de
la Presentación, y en 1585 el Papa Sixto V extendió la Festividad de la
Presentación a toda la Iglesia.
Sus esponsales con José
Las
escrituras apócrifas a las que nos hemos referido en el párrafo anterior
afirman que María permaneció en el Templo después de su presentación
para ser educada con otros niños judíos. Allí ella disfrutó de
visiones extáticas y visitas diarias de los santos ángeles.
Cuando
ella contaba catorce años, el sumo sacerdote quiso enviarla a casa para
que contrajera matrimonio. María le recordó su voto de virginidad, y
confundido, el sumo sacerdote consultó al Señor. Entonces llamó a todos
los hombres jóvenes de la estirpe de David y prometió a María en
matrimonio a aquel cuya vara retoñara y se convirtiera en el lugar de
descanso del Espíritu Santo en forma de paloma. José fue el agraciado en
este proceso extraordinario.
Hemos visto ya que S. Gregorio de Nyssa, S. Germán de Constantinopla y
pseudo-Gregorio Nacianceno parecen admitir estas leyendas. Además, el
emperador Justiniano permitió que se construyera una basílica en la
plataforma del antiguo Templo, en memoria de la estancia de Nuestra Señora
en el santuario; la iglesia fue llamada la Nueva Santa María, para
distingirla de la iglesia de la Natividad. Se cree que es la moderna
mezquita de Al-Aqsa (47).
Por otra parte, la Iglesia no se pronuncia en lo que respecta a la
estancia de María en el Templo. S. Ambrosio (48), cuando describe la vida
de María antes de la Anunciación, supone expresamente que vivía en la
casa de sus padres. Todas las descripciones del Templo judío que pueden
poseer algún valor científico nos dejan a oscuras en cuanto a la
existencia de lugares en los que pudieran haber recibido su educación las
muchachas jóvenes. La estancia de Joas en el Templo hasta la edad de
siete años no apoya el supuesto de que las chicas jóvenes fueran
educadas dentro del recinto sagrado, ya que Joas era el rey, y fue
obligado por las circunstancias a permanecer en el Templo (cf. IV Reyes
11:3). La alusión de II Macabeos 3:19, cuando dice "las doncellas,
recogidas" no demuestra que ninguna de ellas fuera retenida en los
edificios del Templo. Si se dice de la profetisa Ana (Lucas 2:37) que
"no se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y
día", nosotros no suponemos que ella viviera de hecho en una de las
habitaciones del templo. (49) Como la casa de Joaquín y Ana no se
encontraba muy alejada del Templo, podemos suponer que a la santa niña
María se le permitía a menudo visitar los sagrados edificios para que
pudiera satisfacer su devoción.
Se consideraba que las doncellas judías habían alcanzado la edad del
matrimonio cuando cumplían doce años y seis meses, aunque la edad de la
novia variaba según las circunstancias. El matrimonio era precedido por
los esponsales, después de los cuales la novia pertenecía legalmente al
novio, aunque no vivía con él hasta un año después, que era cuando el
matrimonio solía celebrarse. Todo esto coincide con el lenguaje de los
evangelistas. S. Lucas (1:27) llama a María " una virgen desposada
con un varón de nombre José"; S. Mateo (1:18) dice "Estando
desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló
haber concebido María del Espíritu Santo". Como no tenemos noticia
de ningún hermano de María, debemos suponer que era una heredera, y
estaba obligada por la ley de Números 36:3 a casarse con un miembro de su
tribu. La ley misma prohibía el matrimonio entre determinados grados de
parentesco, de modo que incluso el matrimonio de una heredera se dejaba más
o menos a su elección.
Según la costumbre judía, la unión de José y María tenía que ser
concertada por los padres de José. Uno se puede preguntar por qué María
accedió a sus esponsales, cuando estaba ligada por su voto de virginidad.
De la misma manera que ella había obedecido la inspiración divina al
hacer su voto, también la obedeció al convertirse en la novia prometida
de José. Además, hubiera sido un caso singular entre los judíos el
rehusar los esponsales o el matrimonio, ya que todas las doncellas judías
aspiraban al matrimonio como la realización de un deber natural. María
confió implícitamente en la guía de Dios, y por ello estaba segura de
que su voto sería respetado incluso en su estado de casada.
La Anunciación
La
última fase de toda la apoteosis salvadora comenzó en Nazaret. Hubo
intervenciones angélicas y sencillez asombrosa. Era la virgen
del Isaías viejo la destinataria del mensaje. Todo acabó en consuelo
esperanzador para la humanidad que seguía en sus despistes crónicos e
incurables. Los anawin tuvieron razones para hacer fiesta y dejarse por un día
de ayunos; se había entrado en la recta final.
La iconografía de la Anunciación es, por copiosa, innumerable: Tanto
pintores del Renacimiento como el veneciano Pennacchi la ponen en silla de
oro y vestida de seda y brocado, dejando al pueblo en difusa lontananza.
Gabriel suele aparecer con alas extendidas y también con frecuencia está
presente el búcaro con azucenas, símbolo de pureza. Devotas y finas
quedaron las pinturas del Giotto y Fra Angélico, de Leonardo da Vinci, de
fray Lippi, de Cosa, de Sandro Botticelli, de Ferrer Bassa, de Van Eyck, de
Matthias Grünewald, y de tantos más.
Pero probablemente sólo había gallinas picoteando al sol y grito de
chiquillos juguetones, estancia oscura o patio quizá con un brocal de pozo;
quizá, ajenos a la escena, estaba un perro tumbado a la sombra o un gato
disfrutaba con su aseo individual; sólo dice el texto bíblico que "el
ángel entró donde ella estaba".
Debió narrar la escena la misma María a san
Lucas, el evangelista que la refiere en momento de intimidad.
Así fue como lo dijo Gabriel: "Salve, llena de gracia, el Señor es
contigo". Aquel doncel refulgente, hecho de claridad celeste, debió
conmoverla; por eso intervino "No temas, María, porque has hallado
gracia ante de Dios; concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien
pon-drás por nombre Jesús. Éste será grande: se llamará Hijo del Altísimo,
el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará por los siglos
sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin". La objeción la puso
María con toda claridad: "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?"
No hacía falta que se entendiera todo; sólo era precisa la disposición
interior. "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá será llamado santo, Hijo
de Dios".
Luego vino la comunicación del milagro operado en la anciana y estéril
Isabel que gesta en su sexto mes, porque "para Dios ninguna cosa es
imposible".
Fiesta de Jesús que se encarnó -que no es ponerse rojo, sino que tomó
carne y alma de hombre-; el Verbo eterno entró en ese momento histórico y
en ese lugar geográfico determinado, ocultando su inmensidad.
Fiesta de la Virgen, que fue la que dijo "Hágase en mí según tu
palabra". El "sí" de Santa María al irrepetible prodigio
trascendental que depende de su aceptación, porque Dios no quiere hacerse
hombre sin que su madre humana acepte libremente la maternidad.
Fiesta de los hombres por la solución del problema mayor. La humanidad, tan
habituada a la larguísima serie de claudicaciones, cobardías, blasfemias,
suciedad, idolatría, pecado y lodo donde se suelen revolcar los hombres,
esperaba anhelante el aplastamiento de la cabeza de la serpiente.
Los retazos esperanzados de los profetas en la lenta y secular espera habían
dejado de ser promesa y olían ya a cumplimiento al concebir del Espíritu
Santo, justo nueve meses antes de la Navidad.
¡Cómo no! Cada uno puede poner imaginación en la escena narrada y
contemplarla a su gusto; así lo hicieron los artistas que las plasmaron con
arte, según les pareció.
La Visitación

Según Lucas 1:36, el ángel Gabriel le dijo a María en el momento de la
Anunciación, "Isabel, tu parienta, también ha concebido un hijo en
su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril". Sin
poner en duda la verdad de las palabras del ángel, María decidió
enseguida contribuir a la alegría de su piadosa pariente. (50) Por ello,
continúa el evangelista (1:39):" En aquellos días se puso María en
camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de Judá, y entró
en casa de Zacarías y saludó a Isabel". Aunque María debe haberle
comunicado a José su propósito de realizar esa visita, es difícil
determinar si él la acompañó; si dio la casualidad de que el momento de
la visita coincidía con alguna de las temporadas de fiestas en que los
israelitas tenían que acudir al Templo, habría pocas dificultades acerca
de la compañía.
La casa de Isabel ha sido localizada en varios emplazamientos según los
diferentes escritores: ha sido situada en Machaerus, unas diez millas al
este del Mar Muerto, o en Hebrón, o de nuevo en la antigua ciudad
sacerdotal de Jutta, unas siete millas al sur de Hebrón, o finalmente en
Ain-Karim, la tradicional S. Juan-en-la-Montaña, unas cuatro millas al
oeste de Jerusalén. (51) Sin embargo, los tres primeros sitios no poseen
ningún monumento conmemorativo del nacimiento o de la vida de S. Juan;
además, Machaerus no estaba situada en las montañas de Judá; Hebrón y
Jutta pertenecían a Idumea, después de la cautividad babilónica, en
tanto que Ain-Karim está situada en las "montañas" mencionadas
en el texto inspirado de S. Lucas.
Después de un viaje de unas treinta horas, María "entró en casa de
Zacarías y saludó a Isabel" (Lucas 1:40). Según la tradición, en
la época de la visitación Isabel no vivía en su casa de la ciudad sino
en su villa, a unos diez minutos de la ciudad; antiguamente este lugar
estaba señalado por una iglesia superior y otra inferior. En 1861 se
erigió sobre los antiguos cimientos la pequeña iglesia actual de la
Visitación.
"Así
que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno".
Fue en este momento cuando Dios cumplió la promesa hecha por el ángel a
Zacarías (Lucas 1:15), "desde el seno de su madre será lleno del
Espíritu Santo"; en otras palabras, el niño que Isabel llevaba en
su seno fue purificado de la mancha del pecado original. Se desbordó la
plenitud del Espíritu Santo en el alma de su madre, "e Isabel se
llenó del Espíritu Santo" (Lucas 1:41). Así, tanto la madre como
el hijo fueron santificados por la presencia de María y del Verbo
Encarnado (53); llena como estaba del Espíritu Santo, Isabel "clamó
con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu
vientre! ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque
así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, exultó de gozo el
niño en mi seno. Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le
ha dicho de parte del Señor" (Lucas 1:42-45). Dejemos a los
comentaristas la explicación completa del pasaje precedente, y centremos
nuestra atención sólo en dos puntos:
-
Isabel
comienza su saludo con las mismas palabras con las que el ángel había
terminado su salutación, mostrando de esta manera que ambos hablaban
por inspiración del Espíritu Santo.
-
Isabel
es la primera en llamar a María por su título más honorable
"Madre de Dios".
La
respuesta de María es el cántico de alabanza denominado comunmente Magnificat,
por la primera palabra de su texto en latín.
El evangelista termina su relato de la Visitación con las palabras:
"María permaneció con ella como unos tres meses y se volvió a su
casa" (Lucas 1:56). Muchos ven en esta breve frase del tercer
evangelio una sugerencia implícita de que María permaneció en casa de
Zacarías hasta el nacimiento de Juan el Bautista, mientras que otros
niegan tal implicación. Dado que la Festividad de la Visitación fue
emplazada el 2 de julio por el cuadragésimo tercer canon del Concilio
de Basilea (1441 d. de J.C.), el día siguiente a la octava de la
Festividad de S. Juan Bautista, se ha deducido que posiblemente María
permaneciera con Isabel hasta después de la circuncisión del niño; pero
no hay más pruebas que corroboren esta suposición. Aunque la Visitación
es descrita con tanta precisión en el tercer evangelio, su festividad no
parece haberse celebrado hasta el siglo XIII, cuando fue introducida a
través de la influencia de los franciscanos; fue instituida oficialmente
en 1389 por Urbano VI.
El embarazo de María llega a conocimiento de José
Después del regreso de casa de Isabel, "se halló haber concebido
María del Espíritu Santo" (Mateo 1:18). Dado que entre los judíos
los esponsales constituían un verdadero matrimonio, el uso del matrimonio
después del tiempo de los esponsales no era nada extraño entre ellos.
Por ello, el embarazo de María no podía sorprender a nadie mas que al
mismo S. José. La situación debió haber sido extremadamente dolorosa
tanto para él como para María, ya que él no conocía el misterio de la
Encarnación. El evangelista dice: "José, su esposo, siendo justo,
no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto" (S. Mateo
1:19). María dejó la solución a esta dificultad en manos de Dios, y
Dios informó en su momento al asombrado esposo de la verdadera condición
de María. Mientras José "reflexionaba sobre esto, he aquí que se
le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de
David, no temas recibir en casa a María, tu esposa, pues lo concebido en
ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás
por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados" (Mateo
1:20-21).
No mucho después de esta revelación, José concluyó el ritual del
contrato de matrimonio con María. El Evangelio dice sencillamente:
"Al despertar José de su sueño hizo como el ángel del Señor le
había mandado, recibiendo en casa a su esposa" (Mateo 1:24). Si bien
es cierto que deben haber pasado al menos tres meses entre los esponsales
y el matrimonio, durante los cuales María permaneció con Isabel, es
imposible determinar con exactitud el lapso de tiempo transcurrido entre
las dos ceremonias. No sabemos cuánto tiempo después de los esponsales
le anunció el ángel a María el misterio de la Encarnación, y tampoco
sabemos cuánto duró la duda de S. José antes de que fuera iluminado por
la visita del ángel. Teniendo en cuenta la edad a la que las doncellas
judías se convertían en casaderas, es posible que María diera a luz a
su Hijo cuando contaba alrededor de trece o catorce años de edad. Ningún
documento histórico nos dice qué edad tenía en realidad en el momento
de la Natividad.
El viaje a Belén
-
Lucas
(2:1-5) explica cómo José y María viajaron desde Nazaret hasta Belén
obedeciendo un decreto de César Augusto que ordenaba un
empadronamiento general. Se dan varias razones por las que María
debe haber acompañado a José en este viaje: es posible que ella no
deseara perder la protección de José durante este periodo crítico
de su embarazo, o puede que haya seguido una inspiración divina
especial que la impulsaba a marchar para que se cumplieran las profecías
referentes a su divino Hijo, o también puede que fuera obligada a ir
debido a la ley civil, ya fuera como heredera o para satisfacer el
impuesto personal que había que pagar por las mujeres mayores de doce
años. (54)
Dado
que el empadronamiento había atraído a multitud de extranjeros a Belén,
María y José no encontraron sitio en la posada de la caravana y tuvieron
que alojarse en una gruta que servía de refugio para los animales. (55)
María da a luz a Nuestro Señor
"Estando
allí, se cumplieron los días de su parto" (Lucas 2:6); este
lenguaje no deja claro si el nacimiento de Nuestro Señor ocurrió
inmediatamente después de que José y María se hubieran alojado en la
gruta, o varios días después. Lo que se narra acerca de los pastores
"estaban velando las vigilias de la noche sobre su rebaño"
(Lucas 2:8) muestra que Cristo nació durante la noche.
Después de dar a luz a su Hijo, María "le envolvió en pañales y
le acostó en un pesebre" (Lucas 2:7), señal de que no sufrió
dolores ni debilidades en el parto. Esta deducción coincide con las enseñanzas
de algunos de los principales Padres y teólogos: S. Ambrosio (56), S.
Gregorio de Nyssa (57), S. Juan Damasceno (58), el autor de Christus
patiens (59), Sto. Tomás (60), etc. No era adecuado que la madre de
Dios estuviera sujeta al castigo pronunciado en Génesis 3:16 contra Eva y
sus hijas pecadoras.
Poco después del nacimiento del niño los pastores, obedientes a la
invitación del ángel, llegaron a la gruta "y encontraron a María,
a José y al Niño acostado en un pesebre" (Lucas 2:16). Podemos
suponer que los pastores divulgaron las felices nuevas que habían
recibido durante la noche entre sus amigos en Belén, y que la Sagrada
Familia fue recibida por alguno de sus habitantes piadosos en un
alojamiento más adecuado.
La Circuncisión de Nuestro Señor
"Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al Niño,
le dieron el nombre de Jesús" (Lucas 2:21). El rito de la circuncisión
se llevaba a cabo bien en la sinagoga bien en el hogar del niño; es
imposible determinar dónde tuvo lugar la circuncisión de Nuestro Señor.
De todos modos, su Bienaventurada Madre debe haber estado presente durante
la ceremonia.
La Presentación
Según la ley del Levítico 12:-8, toda madre judía de un varón hebreo
tenía que presentarse cuarenta días después de su nacimiento para su
purificación legal; según Exodo 13:2 y Números 18:15, el primogénito
tenía que ser presentado en esa misma ocasión. Cualesquiera que fueran
las razones que María y el Niño hubieran podido tener para reclamar una
excepción, el hecho es que acataron la ley. Sin embargo, en vez de
ofrecer un cordero, presentaron el sacrificio de los pobres, que consistía
en un par de tórtolas o de pichones. En II Corintios 8:9, S. Pablo dice a
los corintios que Jesucristo "siendo rico, se hizo pobre por amor
nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza". Aún más
agradable a Dios que la pobreza de María fue la prontitud con que ofreció
a su divino Hijo para la complacencia de su Padre Celestial.
Después de que se hubieron llevado a cabo los ritos ceremoniales, el
santo Simeón tomó al Niño en sus brazos y dio gracias a Dios por el
cumplimiento de sus promesas; hizo una llamada de atención sobre la
universalidad de la salvación que iba a venir a través de la redención
mesiánica "la que has preparado ante la faz de todos los pueblos;
luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo, Israel"
(Lucas 2:31 sq.). María y José comenzaron ahora a conocer más
plenamente a su divino Hijo; ellos "estaban maravillados de las cosas
que se decían de El" (Lucas 2:33). Como si quisiera preparar a su
Bienaventurada Madre para el misterio de la cruz, el santo Simeón le
dijo: "Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y
para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que
se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lucas 2:34-35).
María había padecido su primer gran dolor cuando José había dudado al
tomarla por esposa; su segundo gran dolor lo experimentó cuando oyó las
palabras del santo Simeón.
Aunque el incidente de la profetisa Ana había tenido una relación más
general, ya que ella "hablaba de El a cuantos esperaban la redención
de Jerusalén" (Lucas 2:38), debe haber aumentado en gran medida el
asombro de José y María. El comentario final del evangelista
"Cumplidas todas las cosas según la Ley del Señor, se volvieron a
Galilea, a la ciudad de Nazaret" (Lucas 2:39), ha sido interpretado
de varias maneras por los comentaristas.
La visita de los Magos
Tras la Presentación, la Sagrada Familia bien volvió directamente a Belén,
o bien fue primero a Nazaret y de allí a la ciudad de David. De todos
modos, después de que "los magos de Oriente" hubieron sido
guiados hasta Belén por Dios, "entrados en la casa, vieron al Niño
con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y abriendo sus alforjas,
le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra" (Mateo 2:11). El
evangelista no menciona a José; no porque no estuviera presente, sino
porque María ocupa el lugar principal junto al Niño. Los evangelistas no
han contado cómo dispusieron María y José de los regalos ofrecidos por
sus ricos visitantes.
La huida a Egipto
Poco después de la partida de los magos, José recibió el mensaje del ángel
del Señor para que huyera a Egipto con el Niño y su madre, debido a los
malvados propósitos de Herodes; la pronta obediencia del santo varón es
descrita brevemente por el evangelista con las palabras: "Levantándose
de noche, tomó al niño y a la madre y partió para Egipto" (Mateo
2:14). Los judíos perseguidos siempre habían buscado refugio en Egipto (cf.
III Reyes 11:40; IV Reyes 25:26); en tiempos de Cristo, los colonos judíos
eran especialmente numerosos en la tierra del Nilo (61); según Filón
(62) eran al menos un millón. En Leontopolis, en el distrito de Heliópolis,
los judíos tenían un templo (160 a. de C.-73 d. de J.C.) que rivalizaba
en esplendor con el templo de Jerusalén. (63) Por todo ello, la Sagrada
Familia podía esperar hallar en Egipto una cierta ayuda y protección.

Por otra parte, era necesario un viaje de al menos diez días desde Belén
para alcanzar los distritos habitados más cercanos de Egipto. No sabemos
qué camino tomó la Sagrada Familia en su huida; pudieron haber tomado la
carretera ordinaria a través de Hebrón; o pudieron marchar vía
Eleutheropolis y Gaza o también pudieron haberse dirigido al oeste de
Jerusalén hacia la gran carretera militar de Joppe.
Apenas
existe algún documento histórico que nos pueda servir de ayuda para
determinar dónde vivió la Sagrada Familia en Egipto, y tampoco sabemos
cuánto duró este exilio forzado. (64)
Cuando José recibió por el ángel la noticia de la muerte de Herodes y
la orden de volver a la tierra de Israel, él, "levantándose, tomó
al niño y a la madre y partió para la tierra de Israel" (Mateo
2:21). La noticia de que Arquelao reinaba en Judea impidió a José
establecerse en Belén, como había sido su intención; "advertido en
sueños, se retiró a la región de Galilea, yendo a habitar en una ciudad
llamada Nazaret" (Mateo 2:22-23). En todos estos detalles, María
sencillamente se dejó guiar por José, que a su vez, recibió las
manifestaciones divinas como cabeza de la Sagrada Familia. No es necesario
señalar el intenso dolor de María ante la temprana persecución del Niño.
La Sagrada Familia en Nazaret
La vida de la Sagrada Familia en Nazaret fue la propia de un comerciante
pobre normal. Según S. Mateo 13:55, la gente del pueblo preguntaba "¿No
es éste el hijo del carpintero?"; la pregunta, tal y como viene
expresada en el segundo evangelio (Marcos 6:3) muestra una ligera variación,
"¿No es acaso el carpintero?". Mientras José ganaba el
sustento para la Sagrada Familia con su trabajo diario, María atendía
las labores del hogar. S. Lucas (2:40) dice brevemente de Jesús: "El
Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría, y la gracia de Dios
estaba en El". El Sabath semanal y las grandes fiestas anuales
interrumpían la rutina diaria de la vida en Nazaret.
Nuestro Señor es hallado en el Templo
Según la ley de Exodo 23:17, sólo los hombres estaban obligados a
visitar el templo en las tres festividades solemnes del año; pero las
mujeres se unían a menudo a los hombres para satisfacer su devoción. S.
Lucas (2:41) nos informa de que "Sus padres (del Niño) iban cada año
a Jerusalén en la fiesta de la Pascua". Probablemente dejaban al niño
Jesús en casa de amigos o parientes durante los días que duraba la
ausencia de María. Según la opinión de algunos escritores, el Niño no
dio ninguna señal de su divinidad durante los años de su infancia, con
el propósito de aumentar los méritos de la fe de José y María, basada
en lo que habían visto y oído en el momento de la Encarnación y el
nacimiento de Jesús. Los Doctores judíos de la Ley sostenían que un
chico se convertía en hijo de la ley a la edad de doce años y un día;
después de ésto, estaba obligado por los preceptos legales.

El evangelista nos proporciona aquí la información de que "cuando
era ya de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo, y
volverse ellos, acabados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén,
sin que sus padres lo echasen de ver". (Lucas 2:42-43). Esto ocurrió
probablemente después del segundo día de fiesta, cuando José y María
regresaban con otros peregrinos galileos; la ley no exigía una estancia más
larga en la Ciudad Sagrada. Durante el primer día, la caravana hacía
generalmente un viaje de cuatro horas, y pasaba la noche en Beroth, en la
frontera norte del antiguo reino de Judá. Los cruzados construyeron en
este lugar una preciosa iglesia gótica para conmemorar el dolor de
Nuestra Señora cuando "buscáronle entre parientes y conocidos, y al
no hallarle, se volvieron a Jerusalén en busca suya" (Lucas
2:44-45). El Niño no fue encontrado entre los peregrinos que habían
venido a Beroth en el primer día de viaje; tampoco le encontraron el
segundo día, cuando José y María regresaron a Jerusalén; no fue hasta
el tercer día cuando "le hallaron en el templo, sentado en medio de
los doctores, oyéndolos y preguntándoles...Cuando sus padres le vieron,
se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho eso?
Mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote" (Lucas
2:40-48). La fe de María no le permitía temer que un mínimo accidente
le ocurriera a su divino Hijo; pero percibió que su conducta habitual de
docilidad y sumisión había cambiado por completo. Este sentimiento era
la causa de la pregunta, por qué Jesús había tratado a sus padres de
aquella manera. Jesús respondió simplemente: "¿Por qué me
buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi
Padre?" (Lucas 2:49). Ni José ni María tomaron estas palabras como
una reprimenda; "Ellos no entendieron lo que les decía" (Lucas
2:50). Un escritor reciente ha sugerido que el significado de la última
frase debe ser entendido "ellos (es decir, los que estaban presentes)
no entendieron lo que les (es decir, a José y a María) decía".
El resto de la juventud de Nuestro Señor
Después de esto, Jesús "bajó con ellos, y vino a Nazaret"
donde comenzó una vida de trabajo y pobreza, de la cual dieciocho años
son resumidos por el evangelista en estas pocas palabras, "y les
estaba sujeto,... crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante
los hombres" (Lucas 2:51-52). La vida interior de María es señalada
brevemente por la expresión inspirada del escritor "y su madre
conservaba todo esto en su corazón" (Lucas 2:51). Una expresión análoga
había sido usada en 2:19, "María guardaba todo esto y lo meditaba
en su corazón". Así, María observaba la vida diaria de su divino
Hijo, y crecía en su conocimiento y amor a través de la meditación
sobre lo que veía y oía. Ciertos escritores han señalado que el
evangelista indica aquí la última fuente de la que obtuvo el material
contenido en sus dos primeros capítulos.
La virginidad perpetua de María
Relacionados con el estudio de María durante la vida oculta de Nuestro Señor,
nos encontramos los aspectos referentes a su virginidad perpetua, su
maternidad divina y su santidad personal. Su virginidad sin mácula ha
sido suficientemente considerada en el artículo sobre el
Nacimiento
de la Virgen. Las autoridades citadas entonces mantienen que María
permaneció virgen cuando concibió y dio a luz a su divino Hijo, y también
después del nacimiento de Jesús. La pregunta de María (Lucas 1:34), la
respuesta del ángel (Lucas 1:35,37), la manera de comportarse de José
durante su duda (Mateo 1:19-25), las palabras de Cristo dirigidas a los
judíos (Juan 8:19), muestran que María conservó su virginidad durante
la concepción de su divino Hijo.
En cuanto a la virginidad de María después del parto, no es negada ni
por las expresiones de S. Mateo "antes de que conviviesen"
(1:18), "su primogénito" (1:25), ni por el hecho de que los
libros del Nuevo Testamento se refieran repetidamente a los hermanos de
Jesús. (66) Las palabras "antes de que conviviesen"
significan probablemente "antes de que viviesen en la misma
casa", refiriéndose al tiempo en que sólo estaban desposados; mas
incluso si estas palabras fueran entendidas como vida marital, sólo
afirman que la Encarnación tuvo lugar antes de que tal relación fuera
establecida, y sin implicar por ello que ésta tuviera lugar después de
la Encarnación del Hijo de Dios.
Lo mismo debe decirse de la expresión "No la conoció hasta que dio
a luz a su primogénito" (Mateo 1:25); el evangelista nos dice lo que
no ocurrió antes del nacimiento de Jesús, sin sugerir que ello ocurriera
después de su nacimiento. (68) El nombre "primogénito" se
aplica a Jesús tanto si su madre continuó siendo virgen como si dio a
luz a otros hijos después de Jesús; entre los judíos era un nombre
legal (69), de modo que su aparición en el Evangelio no puede extrañarnos.
Finalmente, "los hermanos de Jesús" no son ni los hijos de María
ni los hermanos de Nuestro Señor, en un sentido estricto del término,
sino sus primos o los parientes más o menos cercanos. (70) La Iglesia
insiste en que con su nacimiento el Hijo de Dios no disminuyó sino que
consagró la integridad virginal de su madre (oración secreta en la Misa
de Purificación). Los Padres se expresan también en un lenguaje similar
en lo que se refiere a este privilegio de María. (71)
La maternidad divina de María
La maternidad divina de María está basada en las enseñanzas de los
Evangelios, en los escritos de los Padres y en la definición expresa de
la Iglesia. S. Mateo (1:25) testifica que María "dio a luz a su
primogénito" y que El fue llamado Jesús. Según S. Juan (1:15) Jesús
es la Palabra hecha carne, la Palabra que asumió la naturaleza humana en
el vientre de María. Como María era verdaderamente la madre de Jesús, y
Jesús era verdadero Dios desde el primer momento de su concepción, María
es en verdad la madre de Dios. Incluso los Padres más antiguos no dudaron
en extraer esta conclusión, como puede verse en los escritos de S.
Ignacio (72), S. Ireneo (73), y Tertuliano (74). El conflicto de Nestorio
que negaba a María el título de "Madre de Dios" (75) fue
seguido por las enseñanzas del Concilio de Efeso, que proclamó que María
era Theotokos en el verdadero sentido de la palabra. (76)
La santidad perfecta de María
Unos pocos escritores patrísticos expresaron sus dudas acerca de la
presencia de defectos morales menores en Nuestra Señora. (77) S. Basilio,
por ejemplo, sugiere que María sucumbió a la duda al oír las palabras
del santo Simeón y al presenciar la crucifixión. (78) S. Juan Crisóstomo
es de la opinión que María habría sentido miedo y preocupación si el
ángel no le hubiera explicado el misterio de la Encarnación, y que
demostró un poco de vanagloria en las fiestas de las bodas de Caná y al
visitar a su Hijo durante su vida pública acompañada de los hermanos del
Señor. (79) S. Cirilo de Alejandría (80) habla de la duda de María y su
desesperanza al pie de la cruz. Mas no se puede afirmar que estos
escritores griegos expresen una tradición apostólica, cuando lo que
expresan son sus opiniones singulares y privadas. Las Escrituras y la
tradición están de acuerdo en atribuir a María la más grande santidad
personal; es concebida sin la mancha del pecado original; muestra la mayor
humildad y paciencia en su vida diaria (Lucas 1:38, 48); demuestra una
paciencia heróica en las circunstancias más difíciles (Lucas 2:7,35,48;
Juan 19:25-27). Cuando se contempla la cuestión del pecado, María
constituye siempre una excepción. (81) La total exclusión de María del
pecado es confirmada por el Concilio de Trento (Sesión VI, Canon 23):
"Si alguien dice que el hombre una vez justificado puede durante su
vida entera evitar todo pecado, incluso venial, como la Iglesia mantiene
que hizo la Virgen María por un privilegio especial de Dios, sea reo de
anatema". Los teólogos afirman que María fue inmaculada, no por la
perfección esencial de su naturaleza, sino por un privilegio divino
especial. Mas aún, los Padres, al menos desde el siglo V, mantienen casi
unánimemente que la Bienaventurada Virgen nunca experimentó los impulsos
de la concupiscencia.
El milagro de Caná
Los
evangelistas relacionan el nombre de María con tres sucesos diferentes en
la vida pública de Nuestro Señor: con el milagro de Caná, con su
predicación y con su pasión. El primero de estos incidentes es narrado
en Juan 2:1-10.
...hubo
una boda en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. Fue
invitado también Jesús con sus discípulos a la boda. No tenían vino,
porque el vino de la boda se había acabado. En esto dijo la madre de Jesús
a éste: No tienen vino. Díjole Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mi y a ti?
No es aún llegada mi hora.
Se
supone naturalmente que uno de los contrayentes estaba emparentado con María,
y que Jesús había sido invitado a causa del parentesco de su madre. La
pareja debe haber sido bastante pobre, ya que el vino estaba de hecho agotándose.
María desea salvar a sus amigos de la vergüenza de no poder agasajar
adecuadamente a sus invitados, y recurre a su divino Hijo. Ella
simplemente expone su necesidad, sin añadir ninguna petición. Al
dirigirse a las mujeres, Jesús emplea de modo uniforme la palabra
"mujer" (Mateo 15:28; Lucas 13:12; Juan 4:21; 8:10; 19:26;
20:15), una expresión utilizada por los escritores clásicos como un
tratamiento respetuoso y honorable. (82)
Los pasajes citados arriba muestran que en el lenguaje de Jesús el
tratamiento "mujer" tiene un significado sumamente respetuoso.
La frase "qué nos va a mi y a ti" se traduce al griego ti
emoi kai soi, que a su vez corresponde a la frase hebrea mah li
walakh. Esto último sucede en Jueces 11:12; II Reyes 16:10; 19:23,
III Reyes 17:18; IV Reyes 3:13; 9:18; II Paralipómenos 35:21. El Nuevo
testamento muestra expresiones equivalentes en Mateo 8:29; Marcos 1:24;
Lucas 4:34; 8:28; Mateo 27:19. El significado de la frase varía según el
carácter del que habla, abarcando desde una muy pronunciada oposición a
una conformidad cortés. Un significado tan variable le hace difícil al
traductor encontrar un equivalente igualmente variable. "Qué tengo
que ver contigo", "esto no es asunto mío ni tuyo",
"por qué me causas tantos problemas", "déjame asistir a
esto", son algunas de las traducciones sugeridas. En general, las
palabras parecen referirse a una mayor o menor oportunidad que intentan
eliminar. La última parte de la respuesta de Nuestro Señor presenta
menos dificultades para el intérprete: "No es aún llegada mi
hora" no puede referirse al preciso momento en que la necesidad de
vino requerirá la intervención milagrosa del Señor, ya que en el
lenguaje de S. Juan "mi hora" o "la hora" se refiere
al tiempo predestinado para algún suceso importante (Juan 4:21,23;
5:25,28; 7:30; 8:29; 12:23; 13:1; 16:21; 17:1). Por ello, el significado
de la respuesta de Nuestro Señor es: "¿Por qué me importunas pidiéndome
tal intervención? El momento señalado por Dios para tal intervención no
ha llegado todavía"; o "¿por qué te preocupas? ¿no ha
llegado el momento de manifestar mi poder?" El primero de estos
significados implica que gracias a la intercesión de María, Jesús
adelantó el momento dispuesto para la manifestación de su poder
milagroso (83); el segundo significado se obtiene al tomar la segunda
parte de las palabras de Nuestro Señor como una pregunta, como hizo S.
Gregorio de Nyssa (84), y también como la versión árabe del "Diatessaron"
de Tatiano (Roma, 1888). (85) María comprendió las palabras de su divino
Hijo en su sentido correcto; ella avisó sencillamente a los camareros,
"Haced lo que El os diga" (Juan 2:5). No hay posibilidad de
explicar la respuesta de Jesús como una denegación de la petición.
María durante la vida apostólica de Nuestro Señor
Durante la vida apostólica de Nuestro Señor, María logró pasar casi
completamente inadvertida. Al no ser llamada para ayudar directamente a su
Hijo en su ministerio, no quiso interferir en su trabajo con una presencia
inoportuna. En Nazaret era considerada como una madre judía corriente; S.
Mateo (3:55-56; cf. Marcos 6:3) presenta a la gente del pueblo diciendo:
"¿No es éste el hijo del carpintero? ¿Su madre no se llama María,
y sus hermanos Santiago y José, Simón y Judas? Sus hermanas, ¿no están
todas entre nosotros?" Dado que la gente deseaba, por su lenguaje,
rebajar la consideración de Nuestro Señor, debemos deducir que María
pertenecía al orden social inferior de la gente del pueblo. El pasaje
paralelo de S. Marcos dice, "¿No es éste el carpintero?", en
lugar de "¿No es éste el hijo del carpintero?" Puesto que
ambos evangelistas omiten el nombre de S. José, debemos suponer que ya
había muerto antes de que este episodio sucediera.
A primera vista, pudiera parecer que Jesús despreciaba la dignidad de su
Bienaventurada Madre. Cuando le dijeron: "Tu madre y tus hermanos están
fuera y desean hablarte. El respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién
es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus
discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque quienquiera
que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi
hermano, y mi hermana, y mi madre". (Mateo 12:47-50; cf. Marcos
3:31-35; Lucas 8:19-21). En otra ocasión "levantó la voz una mujer
de entre la muchedumbre y dijo: Dichoso el seno que te llevó y los pechos
que mamaste. Pero El dijo: Más bien, dichosos los que oyen la palabra de
Dios y la guardan" (Lucas 11:27-28).
En realidad, en ambos pasajes Jesús sitúa el lazo que une el alma con
Dios por encima del lazo natural de parentesco que une a la Madre de Dios
con su divino Hijo. Esta última dignidad no es menospreciada; es
utilizada por Nuestro Señor como un medio para hacer ver el valor real de
la santidad, dado que obviamente los hombres lo aprecian con más
facilidad. Por tanto, en realidad Jesús ensalza a su Madre del modo más
enfático, dado que ella superó al resto de los hombres en santidad no
menos que en dignidad. (86) Muy probablemente María se encontraba también
entre las santas mujeres que atendían a Jesús y a sus apóstoles durante
su ministerio en Galilea (cf. Lucas 8:2-3); el evangelista no menciona
ninguna otra aparición pública de María durante los viajes de Jesús a
través de Galilea o de Judea. Sin embargo, debemos recordar que, cuando
el sol aparece, aun las más brillantes estrellas se tornan invisibles.
María durante la Pasión de Nuestro Señor
Dado que la Pasión de Jesucristo tuvo lugar durante la semana pascual, se
espera naturalmente encontrar a María en Jerusalén. La profecía de Simeón
se cumplió en su plenitud principalmente durante los momentos de
sufrimiento de Nuestro Señor. Según una tradición, su Bienaventurada
Madre se encontró con Jesús cuando cargaba con la cruz camino del Gólgota.
El Itinerarium del Peregrino de Burdeos describe los lugares memorables
que el escritor visitó en el 333 d. de J.C., pero no menciona ninguna
localidad consagrada a este encuentro entre María y su divino Hijo. (87)
El mismo silencio domina en el llamado Peregrinatio Silviae que solía
localizarse en el 385 d. de J.C., pero que últimamente ha sido emplazado
en 533-540 d. de J.C. (88) Mas un plano de Jerusalén que data del año
1308 muestra la iglesia de S. Juan Bautista con la inscripción "Pasm.
Vgis", Spasmus Virginis, el desmayo de la Virgen. Durante el curso
del siglo XIV, los cristianos comenzaron a localizar los emplazamientos
consagrados a la Pasión de Cristo, y entre ellos se encontraba el lugar
en el que se dice que María se desmayó al ver a su Hijo sufriendo. (89)
Desde el siglo XV se encuentra siempre "Sancta Maria de Spasmo"
entre las estaciones del Camino de la Cruz, erigidas en varias partes de
Europa a imitación de la Vía Dolorosa de Jerusalén. (90) El hecho de
que Nuestra Señora debería haberse desmayado a la vista de los
sufrimientos de su Hijo no está muy de acuerdo con su comportamiento
heroico al pie de la cruz; a pesar de ello, debemos considerar su calidad
de mujer y madre en su encuentro con su Hijo camino del Gólgota, mientras
que es la Madre de Dios al pie de la cruz.
La maternidad espiritual de María
Mientras Jesús colgaba en la cruz, "estaban junto a la cruz de Jesús
su Madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María
Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que
estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al
discípulo: He ahí a tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la
recibió en su casa". (Juan 19:25-27). El oscurecimiento del sol y
los otros fenómenos naturales extraordinarios deben haber asustado a los
enemigos del Señor lo suficiente como para que no interfirieran con su
madre y con los pocos amigos que permanecían al pie de la cruz. Entre
tanto, Jesús había orado por sus enemigos y había prometido el perdón
al buen ladrón; al llegar ese momento, El tuvo compasión de su desolada
madre, y aseguró su porvenir. Si S. José hubiera estado vivo, o si María
hubiera sido la madre de aquellos que son llamados hermanos o hermanas de
Nuestro Señor en los Evangelios, tal medida no hubiera sido necesaria.
Jesús utiliza el mismo título respetuoso con el que se había dirigido a
su madre en las fiestas de las bodas de Caná. Ahora El confía a María a
Juan como su madre, y desea que María considere a Juan como su hijo.
Entre los escritores más tempranos, Orígenes es el único que considera
la maternidad de María sobre todos los creyentes en este sentido. Según
él, Cristo vive en todos los que le siguen con perfección, y así como
María es la Madre de Cristo, también es la madre de aquel en el que
Cristo vive. Por ello, según Origenes, el hombre tiene un derecho
indirecto a reclamar a María como su madre, en la medida en que se
identifique con Jesús por la vida de la gracia. (91) En el siglo IX,
Jorge de Nicomedia (92) explica las palabras de Nuestro Señor en la cruz
de forma que Juan es confiado a María, y con Juan todos los discípulos,
convirtiéndola en madre y señora de todos los compañeros de Juan. En el
siglo XII Ruperto de Deutz explica las palabras de Nuestro Señor
estableciendo la maternidad espiritual de María sobre los hombres, aunque
S. Bernardo, el ilustre contemporaneo de Ruperto, no cita este privilegio
entre los numerosos títulos de Nuestra Señora. (93) Posteriormente, la
explicación de Ruperto de las palabras de Nuestro Señor en la cruz se
volvió más y más común, tanto es así que en nuestros días se la
puede hallar prácticamente en todos los libros de piedad. (94)
La doctrina de la maternidad espiritual de María está contenida en el
hecho de que ella es la antítesis de Eva: Eva es nuestra madre natural ya
que es el origen de nuestra vida natural; por tanto, María es nuestra
madre espiritual ya que es el origen de nuestra vida espiritual. Una vez más,
la maternidad espiritual de María se basa en el hecho de que Jesús es
nuestro hermano, ya que es "el primogénito entre muchos
hermanos" (Romanos 8:29). Ella se convirtió en nuestra madre desde
el momento en que accedió a la Encarnación del Verbo, la Cabeza del
cuerpo místico cuyos miembros somos nosotros; y ella selló su maternidad
al consentir al sacrificio sangriento en la cruz que es la fuente de
nuestra vida sobrenatural. María y las santas mujeres (Mateo 17:56;
Marcos 15:40; Lucas 23:49; Juan 19:25) presenciaron la muerte de Jesús en
la cruz; probablemente, ella permaneció durante el descendimiento de su
Cuerpo sagrado y durante su funeral.
El Sabath siguiente fue para ella tiempo de dolor y esperanza. El
decimoprimer canon de un concilio que tuvo lugar en Colonia, en 1423,
instituyó contra los husitas la festividad de los Dolores de Nuestra Señora,
emplazándola en el viernes siguiente al tercer domingo después de
Pascua. En 1725 Benedicto XIV extendió la festividad a toda la Iglesia, y
la emplazó el viernes de la Semana de Pasión. "Y desde aquella hora
el discípulo la recibió en su casa" (Juan 19:27). Si vivieron en
Jerusalén o en otro lugar no puede ser determinado a partir de los
Evangelios.
María y la Resurrección de Nuestro Señor
La narración inspirada de los incidentes relacionados con la Resurrección
de Cristo no menciona a María; mas tampoco pretenden ofrecer una narración
completa de todo lo que Jesús hizo o dijo. Los Padres también guardan
silencio en cuanto a la participación de María en las alegrías del
triunfo de su Hijo sobre la muerte. Sin embargo, S. Ambrosio (95) afirma
expresamente: "María por tanto vio la Resurrección del Señor; ella
fue la primera que la vio y creyó. María Magdalena también la vio,
aunque todavía dudó". Jorge de Nicomedia (96) deduce de la
participación de María en los sufrimientos de Nuestro Señor que, antes
que todos los demás y más que todos ellos, ella debe haber participado
en el triunfo de su Hijo. En el siglo XII, una aparición del Salvador
resucitado a su Bienaventurada Madre es admitida por Ruperto de Deutz
(97), y también por Eadmer (98), S. Bernardino de Siena (99), S. Ignacio
de Loyola (100), Suárez (101), Maldon. (102) etc. (103). El hecho de que
Cristo resucitado se haya aparecido primero a su Bienaventurada Madre
coincide al menos con nuestras piadosas expectativas.
Aunque los Evangelios no nos lo dicen expresamente, podemos suponer que
María estaba presente cuando Jesús se apareció a varios de sus discípulos
en Galilea y en el momento de su Ascensión (cf. Mateo 28:7, 10, 16;
Marcos 16:7). Más aún, no es improbable que Jesús visitara
repetidamente a su Bienaventurada Madre durante los cuarenta días después
de su Resurrección.
Notas:
[17]
de B. Virg., l. IV, c. 24
[18] La Vierge Marie d'apres l'Evangile et dans l'Eglise
[19] Letter to Dr. Pusey
[20] Mary in the Gospels, London and New York, 1885, Lecture I.
[21] cf. Tertul., de carne Christi, 22; P.L., II, 789; St. Aug., de cons.
Evang., II, 2, 4; P.L., XXXIV, 1072.
[22] Cf. St. Ignat., ad Ephes, 187; St. Justin, c. Taryph., 100; St. Aug.,
c. Faust, xxiii, 5-9; Bardenhewer, Maria Verkundigung, Freiburg, 1896,
74-82; Friedrich, Die Mariologie des hl. Augustinus, Cöln, 1907, 19 sqq.
[23] Jans., Hardin., etc.
[24]
hom. I. de nativ. B.V., 2, P.G., XCVI, 664
[25] P.G., XLVII, 1137
[26] de praesent., 2, P.G., XCVIII, 313
[27] de laud. Deipar.,
P.G., XLIII, 488
[28] P.L., XCVI, 278
[29] in Nativit. Deipar., P.L., CLI, 324
[30] cf. Aug., Consens. Evang., l. II, c. 2
[31] Schuster and Holzammer, Handbuch zur biblischen Geschichte, Freiburg,
1910, II, 87, note 6
[32] Anacreont., XX, 81-94, P.G., LXXXVII, 3822
[33] hom. I in Nativ. B.M.V., 6, II, P.G., CCXVI, 670, 678
[34] cf. Guérin, Jérusalem, Paris, 1889, pp. 284, 351-357, 430; Socin-Benzinger,
Palästina und Syrien, Leipzig, 1891, p. 80; Revue biblique, 1893, pp. 245
sqq.; 1904, pp. 228 sqq.; Gariador, Les Bénédictins, I, Abbaye de Ste-Anne,
V, 1908, 49 sq.
[35] cf. de Vogue, Les églises de la Terre-Sainte, Paris, 1850, p. 310
[36] 2, 4, P.L., XXX, 298, 301
[37] Itiner., 5, P.L., LXXII, 901
[38] cf. Lievin de Hamme, Guide de la Terre-Sainte, Jerusalem, 1887, III,
183
[39] haer., XXX, iv, II, P.G., XLI, 410, 426
[40] P.G., XCVII, 806
[41] cf. Aug., de santa virginit., I, 4, P.L., XL, 398
[42] cf. Luke, i, 41; Tertullian, de carne Christi, 21, P.L., II, 788; St.
Ambr., de fide, IV, 9, 113, P.L., XVI, 639; St. Cyril of Jerus., Catech.,
III, 6, P.G., XXXIII, 436
[43] Tischendorf, Evangelia apocraphya, 2nd ed., Leipzig, 1876, pp. 14-17,
117-179
[44] P.G., XLVII, 1137
[45] P.G., XCVIII, 313
[46] P.G., XXXVCIII, 244
[47] cf. Guérin, Jerusalem, 362; Liévin, Guide de la Terre-Sainte, I,
447
[48] de virgin., II, ii, 9, 10, P.L., XVI, 209 sq.
[49] cf. Corn. Jans., Tetrateuch. in Evang., Louvain, 1699, p. 484;
Knabenbauer, Evang. sec. Luc., Paris, 1896, p. 138
[50] cf. St. Ambrose, Expos. Evang. sec. Luc., II, 19, P.L., XV, 1560
[51] cf. Schick, Der Geburtsort Johannes' des Täufers, Zeitschrift des
Deutschen Palästina-Vereins, 1809, 81; Barnabé Meistermann, La patrie de
saint Jean-Baptiste, Paris, 1904; Idem, Noveau Guide de Terre-Sainte,
Paris, 1907, 294 sqq.
[52] cf. Plinius, Histor. natural., V, 14, 70
[53] cf. Aug., ep. XLCCCVII, ad Dardan., VII, 23 sq., P.L., XXXIII, 840;
Ambr. Expos. Evang. sec. Luc., II, 23, P.L., XV, 1561
[54] cf. Knabenbauer, Evang. sec. Luc., Paris, 1896, 104-114; Schürer,
Geschichte des Jüdischen Volkes im Zeitalter Jesu Christi, 4th edit., I,
508 sqq.; Pfaffrath, Theologie und Glaube, 1905, 119
[55] cf. St. Justin, dial. c. Tryph., 78, P.G., VI, 657; Orig., c. Cels.,
I, 51, P.G., XI, 756; Euseb., vita Constant., III, 43; Demonstr. evang.,
VII, 2, P.G., XX, 1101; St. Jerome, ep. ad Marcell., XLVI [al. XVII]. 12;
ad Eustoch., XVCIII [al. XXVII], 10, P.L., XXII, 490, 884
[56] in Ps. XLVII, II, P.L., XIV, 1150;
[57] orat. I, de resurrect., P.G., XLVI, 604;
[58] de fide orth., IV, 14, P.G., XLIV, 1160; Fortun., VIII, 7, P.L.,
LXXXVIII, 282;
[59] 63, 64, 70, P.L., XXXVIII, 142;
[60] Summa theol., III, q. 35, a. 6;
[61] cf. Joseph., Bell. Jud., II, xviii, 8
[62] In Flaccum, 6, Mangey's edit., II, p. 523
[63] cf. Schurer, Geschichte des Judischen Volkes im Zeitalter Jesu
Christi, Leipzig, 1898, III, 19-25, 99
[64] The legends and traditions concerning these points may be found in
Jullien's "L'Egypte" (Lille, 1891), pp. 241-251, and in the same
author's work entitled "L'arbre de la Vierge a Matarich", 4th
edit. (Cairo, 1904).
[65] As to Mary's virginity in her childbirth we may consult St. Iren.,
haer. IV, 33, P.G., VII, 1080; St. Ambr., ep. XLII, 5, P.L., XVI, 1125; St.
Aug., ep CXXXVII, 8, P.L., XXXIII, 519; serm. LI, 18, P.L., XXXVIII, 343;
Enchir. 34, P.L., XL, 249; St. Leo, serm., XXI, 2, P.L., LIV, 192; St.
Fulgent., de fide ad Petr., 17, P.L., XL, 758; Gennad., de eccl. dogm.,
36, P.G., XLII, 1219; St. Cyril of Alex., hom. XI, P.G., LXXVII, 1021; St.
John Damasc., de fide orthod., IV, 14, P.G., XCIV, 1161; Pasch. Radb.,
de partu Virg., P.L., CXX, 1367; etc. As
to the passing doubts concerning Mary's virginity during her childbirth,
see Orig., in Luc., hom. XIV, P.G., XIII, 1834; Tertul., adv. Marc., III,
11, P.L., IV, 21; de carne Christi, 23, P.L., II, 336, 411, 412, 790.
[66] Matt., xii, 46-47; xiii, 55-56; Mark, iii, 31-32; iii, 3; Luke, viii,
19-20; John, ii, 12; vii, 3, 5, 10; Acts, i, 14; I Cor., ix, 5; Gal., i,
19; Jude, 1
[67] cf. St. Jerome, in Matt., i, 2 (P.L., XXVI, 24-25)
[68] cf. St. John Chrys., in Matt., v, 3, P.G., LVII, 58; St. Jerome, de
perpetua virgin. B.M., 6, P.L., XXIII, 183-206; St. Ambrose, de institut.
virgin., 38, 43, P.L., XVI, 315, 317; St. Thomas, Summa theol., III, q.
28, a. 3; Petav., de incarn., XIC, iii, 11; etc.
[69] cf. Exod., xxxiv, 19; Num., xciii, 15; St. Epiphan., haer. lxxcviii,
17, P.G., XLII, 728
[70] cf. Revue biblique, 1895, pp. 173-183
[71] St. Peter Chrysol., serm., CXLII, in Annunt. B.M. V., P.G., LII, 581;
Hesych., hom. V de S. M. Deip., P.G., XCIII, 1461; St. Ildeph., de virgin.
perpet. S.M., P.L., XCVI, 95; St. Bernard, de XII praer. B.V.M.,
9, P.L., CLXXXIII, 434, etc.
[72]
ad Ephes., 7, P.G., V, 652
[73] adv. haer., III, 19, P.G., VIII, 940, 941
[74] adv. Prax. 27, P.L., II, 190
[75] Serm. I, 6, 7, P.G., XLVIII, 760-761
[76] Cf. Ambr., in Luc. II, 25, P.L., XV, 1521; St. Cyril of Alex., Apol.
pro XII cap.; c. Julian., VIII; ep. ad Acac., 14; P.G., LXXVI, 320, 901;
LXXVII, 97; John of Antioch, ep. ad Nestor., 4, P.G., LXXVII, 1456;
Theodoret, haer. fab., IV, 2, P.G., LXXXIII, 436; St. Gregory Nazianzen,
ep. ad Cledon., I, P.G., XXXVII, 177; Proclus, hom. de Matre Dei, P.G.,
LXV, 680; etc. Among recent writers must be noticed Terrien, La mère de
Dieu et la mere des hommes, Paris, 1902, I, 3-14; Turnel, Histoire de la
théologie positive, Paris, 1904, 210-211.
[77]
cf. Petav., de incarnat., XIV, i, 3-7
[78] ep. CCLX,
P.G., XXXII, 965-968
[79] hom. IV, in Matt., P.G., LVII, 45; hom. XLIV, in Matt. P.G., XLVII,
464 sq.; hom. XXI, in Jo., P.G., LIX, 130
[80] in Jo., P.G., LXXIV, 661-664
[81] St. Ambrose, in Luc. II,
16-22; P.L., XV, 1558-1560; de virgin. I,
15; ep. LXIII, 110; de obit. Val., 39, P.L., XVI, 210, 1218, 1371; St.
Augustin, de nat. et grat., XXXVI, 42, P.L., XLIV, 267; St. Bede, in Luc.
II, 35, P.L., XCII, 346; St. Thomas, Summa theol., III. Q. XXVII, a. 4;
Terrien, La mere de Dieu et la mere des hommes, Paris, 1902, I, 3-14; II,
67-84; Turmel, Histoire de la théologie positive, Paris, 1904, 72-77;
Newman, Anglican Difficulties, II, 128-152, London, 1885
[82] cf. Iliad, III, 204; Xenoph., Cyrop., V, I, 6; Dio Cassius, Hist.,
LI, 12; etc.
[83] cf. St. Irenaeus, c. haer., III, xvi, 7, P.G., VII, 926
[84] P.G., XLIV, 1308
[85] See Knabenbauer, Evang. sec. Joan., Paris, 1898, pp. 118-122; Hoberg,
Jesus Christus. Vorträge, Freiburg, 1908, 31, Anm. 2; Theologie und
Glaube, 1909, 564, 808.
[86] cf. St. Augustin, de virgin., 3, P.L., XL, 398; pseudo-Justin, quaest.
et respons. ad orthod., I, q. 136, P.G., VI, 1389
[87] cf. Geyer, Itinera Hiersolymitana saeculi IV-VIII, Vienna, 1898,
1-33; Mommert, Das Jerusalem des Pilgers von Bordeaux, Leipzig, 1907
[88] Meister, Rhein. Mus., 1909, LXIV, 337-392; Bludau, Katholik, 1904, 61
sqq., 81 sqq., 164 sqq.; Revue Bénédictine, 1908, 458; Geyer, l. c.;
Cabrol, Etude sur la Peregrinatio Silviae, Paris, 1895
[89] cf. de Vogüé, Les Eglises de la Terre-Sainte, Paris, 1869, p. 438;
Liévin, Guide de la Terre-Sainte, Jerusalem, 1887, I, 175
[90] cf. Thurston, in The Month for 1900, July-September, pp. 1-12;
153-166; 282-293; Boudinhon in Revue du clergé français, Nov. 1, 1901,
449-463
[91] Praef. in Jo., 6, P.G., XIV, 32
[92] Orat. VIII in Mar. assist. cruci, P.G., C, 1476
[93] cf. Sermo dom. infr. oct. Assumpt.,
15, P.L., XLXXXIII, 438
[94] cf. Terrien, La mere de Dieu et la mere des hommes, Paris, 1902, III,
247-274; Knabenbauer, Evang. sec. Joan.,
Paris, 1898, 544-547; Bellarmin, de sept. verb. Christi, I, 12, Cologne,
1618, 105-113
[95] de Virginit., III, 14, P.L., XVI, 283
[96] Or. IX, P.G., C, 1500
[97] de div. offic., VII, 25, P.L., CLIX, 306
[98] de excell. V.M., 6, P.L., CLIX, 568
[99] Quadrages. I, in Resurrect., serm. LII, 3
[100] Exercit. spirit. de resurrect., I apparit.
MARÍA
EN OTROS LIBROS DEL NUEVO TESTAMENTO
Hechos
1:14-2:4
Según
el Libro de los Hechos (1:14), después de la Ascensión de Cristo a los
cielos los apóstoles "subieron al piso alto" y "todos éstos
perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la
Madre de Jesús, y con los hermanos de éste". A pesar de su
ensalzada dignidad, no era María, sino Pedro quien actuaba como cabeza de
la asamblea (1:15). María se comportó en la habitación del piso alto de
Jerusalén como se había comportado en la gruta de Belén; en Belén había
dado a luz al Niño Jesús, en Jerusalén criaba a la Iglesia naciente.
Los amigos de Jesús permanecieron en la habitación superior hasta
"el día de Pentecostés", cuando "se produjo de repente un
ruido como el de un viento impetuoso...Aparecieron, como divididas,
lenguas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos, quedando todos
llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2:1-4). Aunque el Espíritu Santo
había descendido sobre María de una forma especial en el momento de la
Encarnación, ahora le comunicó un nuevo grado de gracia. Quizás, esta
gracia pentecostal le dio a María la fuerza para cumplir adecuadamente
sus deberes para con la Iglesia naciente y sus hijos espirituales.
Apocalipsis 12:1-6
En el Apocalipsis (12:1-6) se desarrolla un pasaje singularmente aplicable
a Nuestra Bienaventurada Madre:
Apareció
en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna
debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas, y
estando encinta, gritaba con los dolores de parto y las ansias de parir.
Apareció en el cielo otra señal, y vi un gran dragón de color de fuego,
que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre las cabezas siete
coronas. Con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo y
los arrojó a la tierra. Se paró el dragón delante de la mujer que
estaba a punto de parir, para tragarse a su hijo en cuanto le pariese.
Parió un varón, que ha de apacentar a todas las naciones con vara de
hierro, pero el Hijo fue arrebatado a Dios y a su trono. La mujer huyó al
desierto, en donde tenía un lugar preparado por Dios, para que allí la
alimentasen durante mil doscientos sesenta días.
La
posibilidad de que este párrafo pueda aplicarse a María se basa en las
siguientes consideraciones:
- Al
menos parte de los versos se refieren a la madre cuyo hijo va a
gobernar las naciones con vara de hierro; según el Salmo 2:9, éste
es el Hijo de Dios, Jesucristo, cuya madre es María.
- Fue
el hijo de María quien "fue llevado ante Dios, y a su
trono" en el momento de su Ascensión a los cielos.
- El
dragón, o el demonio del paraíso terrenal (cf. Apocalipsis 12:9;
20:2), se esfuerza por devorar al Hijo de María desde el primer
momento de su nacimiento, despertando la envidia de Herodes y, más
tarde, la enemistad de los judíos.
- Debido
a sus indecibles privilegios, María puede ser descrita perfectamente
como "envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre
la cabeza una corona de doce estrellas".
- Es
cierto que los comentaristas entienden generalmente que el pasaje
completo se aplica literalmente a la Iglesia, y que parte de los
versos concuerdan mejor con la Iglesia que con María. Pero debe
tenerse en cuenta que María es a la vez una figura de la Iglesia y su
miembro más conspicuo. Lo que se dice de la Iglesia, en cierto modo
se puede decir también de María. Por ello el pasaje del Apocalipsis
(12:5-6) no se refiere a María como una mera adaptación (108), sino
que se aplica a ella en un sentido verdaderamente literal que parece
estar parcialmente limitado a ella y parcialmente extendido a toda la
Iglesia. La relación de María con la Iglesia esta bien resumida en
la expresión "collum corporis mystici" aplicada a Nuestra
Señora por S. Bernardino de Siena. (109)
El
Cardenal
Newman (110) considera las dos dificultades contrarias a la
interpretación anterior de la visión de la mujer y el niño: primero, se
dice que está escasamente apoyada por los Padres; segundo, es un
anacronismo atribuir a la era apostólica tal cuadro de la Madonna. En
cuanto a la primera objeción, el eminente escritor dice:
Los
cristianos nunca fueron a las Escrituras en busca de pruebas de sus
doctrinas, hasta que se produjo esa necesidad real, debido a la presión
de las controversias; si en aquellos tiempos la dignidad de la
Bienaventurada Virgen era indudable por parte de todos, como un asunto de
doctrina, las Escrituras continuarían siendo un libro cerrado para ellos
en lo que respecta a la argumentación del asunto.
Después
de desarrollar en profundidad esta respuesta, el cardenal continúa:
En cuanto a
la segunda objeción que he considerado, lejos de admitirla, me parece que
está elaborada sobre un simple hecho imaginario, y que la verdad del
asunto se encuentra justo en el lado opuesto. La Virgen y el Niño no es
una simple idea moderna; al contrario, ha sido representada una y otra
vez, como sabe cualquiera que haya visitado Roma, en las pinturas de las
catacumbas. María está ahí dibujada con el Niño divino en su regazo,
ella con las manos extendidas en oración, él con sus manos en actitud de
bendecir.
Nota:
[110]
Anglican Difficulties, London, 1885, II, 54 sqq.
MARÍA
EN LOS DOCUMENTOS DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Hasta
ahora hemos recurrido a los escritos y a la tradición de la iglesia
dejada por los primeros cristianos para poder complementar y explicar las
enseñanzas del Antiguo o del Nuevo Testamento referentes a la
Bienaventurada Virgen. En los siguientes párrafos tendremos que llamar la
atención sobre el hecho de que estas mismas fuentes, hasta un cierto
punto, complementan la doctrina de las Escrituras. A este respecto,
constituyen la base de la tradición; si la evidencia que aportan es
suficiente, en un caso dado, para garantizar su contenido como parte
genuina de la Divina revelación, es un hecho que debe ser determinado de
acuerdo con los criterios científicos ordinarios seguidos por los teólogos.
Sin entrar en estas cuestiones puramente teológicas, presentaremos este
material tradicional, en primer lugar, que arroja luz sobre la vida de María
después del día de Pentecostés; en segundo lugar, en cuanto que nos
proporciona pruebas de la actitud de los primeros cristianos hacia la
Madre de Dios.
VIDA
POST-PENTECOSTAL DE MARÍA
El
día de Pentecostés, el Espíritu Santo había descendido sobre María
cuando vino sobre los Apóstoles y discípulos reunidos en la habitación
del piso alto de Jerusalén. Sin duda, las palabras de S. Juan (19:27)
"y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa", se
refieren no sólo al tiempo entre Pascua y Pentecostés, sino que se
extienden a toda la vida posterior de María. Sin embargo, el cuidado de
María no interfirió con el ministerio apostólico de Juan. Incluso los
documentos inspirados (Hechos 8:14-17; Gálatas 1:18-19; Hechos 21:18)
muestran que el apóstol estuvo ausente de Jerusalén en numerosas
ocasiones, aunque debe haber participado en el Concilio de Jerusalén, en
el 51 ó 52 d. de J.C. Debemos también suponer que en María se cumplían
las palabras de Hechos 2:42: "perseveraban en oír la enseñanza de
los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la oración".
De este modo, María fue un ejemplo y una fuente de ánimo para la
comunidad de los primeros cristianos. Al mismo tiempo, debemos confesar
que no poseemos ningún documento auténtico que hable directamente de la
vida post-pentecostal de María.
Localización
de su vida, muerte y enterramiento
En
cuanto a la tradición, existe cierto testimonio sobre la residencia
temporal de María en o cerca de Efeso, pero es mucho más fuerte la
evidencia de su hogar permanente en Jerusalén.
Argumentos
a favor de Efeso
La
residencia de María en Efeso se basa en las siguientes pruebas:
- En
un pasaje de la carta sinodal del Concilio de Efeso (111) se puede
leer: "Por esta razón también Nestorio, el instigador de la
herejía impía, cuando hubo llegado a la ciudad de los efesios, donde
Juan el Teólogo y la Virgen Madre de Dios Sta. María, alejándose
por su propia voluntad de la reunión de los santos Padres y
Obispos..." Dado que S. Juan había vivido en Efeso y había sido
enterrado allí (112), se ha deducido que la elipsis de la carta
sinodal significa bien "donde Juan ...y la Virgen...María
vivieron" o bien "donde Juan...y la Virgen...María vivieron
y están enterrados".
- Bar-Hebraeus
o Abulpharagius, un obispo jacobita del siglo XIII, relata que S. Juan
se llevó consigo a la Bienaventurada Virgen a Patmos, después fundó
la Iglesia de Efeso y enterró a María en un lugar desconocido.(113).
- Benedicto
XIV (114) afirma que María siguió a S. Juan hasta Efeso y allí murió.
Tuvo también la intención de eliminar del breviario aquellas
lecciones donde se mencionaba la muerte de María en Jerusalén, pero
murió antes de llevarlo a cabo.
- La
residencia temporal y la muerte de María en Efeso están apoyadas por
escritores tales como Tillemont (116), Calmet (117), etc.
- En
Panaguia Kapoli, en una colina a unas nueve o diez millas de Efeso, se
descubrió una casa, o más bien sus restos, en la que se supone que
vivió María. La casa fue buscada y hallada siguiendo las
indicaciones proporcionadas por Catharine Emmerich en su vida de la
Bienaventurada Virgen.
Argumentos
en contra de Efeso
Estos
argumentos a favor de la residencia o enterramiento de María en Efeso no
son irrebatibles, si se los examina más detenidamente.
- La
elipsis de la carta sinodal del Concilio de Efeso puede ser completada
de forma que no implique dar por sentado que Nuestra Señora vivió o
murió en Efeso. Dado que en la ciudad había una doble iglesia
dedicada a la Virgen María y a S. Juan, la frase incompleta de la
carta sinodal puede terminarse de forma que diga, "donde Juan el
Teólogo y la Virgen... María tienen un santuario". Esta
explicación de dicha frase ambigua es una de las dos sugeridas al
margen del Collect. Concil. de Labbe (1.c) (118).
- La
palabras de Bar-Hebraeus contiene dos afirmaciones inexactas: S. Juan
no fundó la Iglesia de Efeso, ni tampoco llevó consigo a María a
Patmos. S. Pablo fundó la Iglesia de Efeso, y María había muerto
antes del exilio de Juan en Patmos. No sería sorprendente, por tanto,
que el escritor se equivocara en lo que dice sobre el enterramiento de
María. Además, Bar-Hebraeus vivió en el siglo XIII; los escritores
más antiguos hubieran estado más preocupados acerca de los lugares
sagrados de Efeso; mencionan la tumba de S. Juan y la de una hija de
Felipe (119), pero no dicen nada sobre el lugar donde está enterrada
María.
- En
cuanto a Benedicto XIV, este gran pontífice no pone tanto énfasis
sobre la muerte y sepultura de María en Efeso cuando habla de su
Asunción a los cielos.
- Ni
Benedicto XIV ni otras autoridades que apoyan los argumentos a favor
de Efeso proponen ninguna razón que haya sido considerada concluyente
por otros estudiantes científicos de este asunto.
- La
casa encontrada en Panaguia-Kapouli tiene algún valor en cuanto que
está relacionada con las visiones de Catharine Emmerich. La distancia
hasta la ciudad de Efeso da lugar a una suposición contraria a que
fuera la casa del apostol S. Juan. El valor histórico de las visiones
de Catharine no es admitido universalmente. Monseñor Timoni,
Arzobispo de Esmirna, escribe, refiriéndose a Panaguia-Kapouli:
"Cada uno es completamente libre de tener su propia opinión".
Finalmente, la concordancia entre las condiciones de la casa en ruinas
de Panaguia-Kapouli y la descripción de Catharine no prueban
necesariamente la verdad de su afirmación en cuanto a la historia del
edificio. (120)
Argumentos
contra Jerusalén
Se
esgrimen dos consideraciones contrarias a la residencia permanente de
Nuestra Señora en Jerusalén: primero, se ha señalado ya que S. Juan no
se quedó permanentemente en la Ciudad Sagrada; segundo, se dice que los
judíos cristianos dejaron Jerusalén durante los periodos de persecución
judía (cf. Hechos 8:1; 12:1). Mas como no podemos suponer que S. Juan
haya llevado consigo a Nuestra Señora en sus expediciones apostólicas,
debemos creer que la dejó al cuidado de sus amigos o parientes durante
los periodos de su ausencia. Y existen pocas dudas de que muchos
cristianos regresaron a Jerusalén cuando cesaron los peligros de las
persecuciones.
Argumentos
a favor de Jerusalén
Independientemente
de estas consideraciones, se puede apelar a las siguientes razones que
apoyan la muerte y enterramiento de María en Jerusalén:
- En
el año 451, Juvenal, Obispo de Jerusalén, testificó sobre la
presencia de la tumba de María en Jerusalén. Es extraño que ni S.
Jerónimo, ni el Peregrino de Burdeos ni tampoco pseudo-Silvia
proporcionen ninguna evidencia sobre un lugar tan sagrado. Sin
embargo, cuando el emperador Marcion y la emperatriz Pulqueria le
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