La oración nos lleva a vivir de verdad unidos a Dios, no ha vivir simplemente "junto a Dios". Dios se nos presenta en cada realidad de la vida, en cada paso, y la oración y la vida de sacramentos nos unen a Él. EL cristiano no puede edificar su vida pasando simplemente de largo junto a un Dios que se revela como Dios de amor. Si quiere realizar a fondo su vocación, tiene que entablar una estrecha relación con Él, en la que comparta todas las inquietudes, deseos, afectos, de Dios; igual que Él comparte los nuestros.

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La oración es el mejor antídoto contra la rutina en la vivencia de la fe de la que tanto se quejan muchos cristianos. La oración ofrece un sentido a la vida, a cada actividad, a cada minuto de la vida, porque eleva el alma a Dios y, aunque no se dedique todo el tiempo del día a orar, sin embargo, el encuentro con Dios que se produce en la auténtica oración, perdura durante todo el día dando un colorido especial a las cosas ordinarias. El alma que vive en oración descubre a Dios en todo y establece un diálogo continuo, incluso sin palabras, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y con la santísima Virgen María.

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Orar es hacer Iglesia, hacerla crecer. Santa Teresa del Niño Jesús fue nombrada patrona de las misiones sin salir del convento. Ella hacía misiones con la oración. La oración alcanza gracias de Dios, santifica y con esa santidad y esa gracia se edifica a la Iglesia. El Concilio Vaticano II lo expresó muy bien: "Piensen todos que con el culto público y la oración con la penitencia y con la libre aceptación de los trabajos y calamidades de la vida, por la que se asemejan a Cristo paciente (II Corintios 4, 10; Colosenses 1, 24), pueden llegar a todos los hombres y ayudar a la salvación de todo el mundo" (Concilio Vaticano II, Apostolican Actuositatem 16)

( de la Instrucción Pastoral sobre la Oración Cristiana. Cardenal Norberto Rivera Carrera )

 

 

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Que la Paz sea contigo