La Santificación
La santificación es, para la mayor parte de las almas, como un edificio de granos de arena y gotas de agua sometido a la dirección de un supremo arquitecto, que es Dios.
Estos granos de arena y esas gotas de agua, las agrupa Dios en torno nuestro y murmura suavemente a nuestro corazón: Trabaja, hijo mío, construye; la obra es fácil, yo te ayudaré.
Mas el trabajo que nos pide, no es otra cosa que la fidelidad en no dejar perder ninguno de esos granos de arena, ninguna de esas gotas de agua, y en transformarlos con un acto de bondad en esos materiales llamados virtudes.
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¿Queréis saber cuáles son esos granos de arena y esas gotas de agua?
Son esas pequeñeces de que está sembrada la vida y que se llaman contrariedades inevitables, postraciones sin causa conocida, obligaciones ayer agradables y hoy insoportables, gozo súbito producido por una palabra afectuosa o un bienestar inesperado, obstáculos que paralizan, humillaciones que sorprenden, abandonos que desagradan…
Pequeños nadas son esas cosas, verdad es, pero nadas que forman como el tejido de todas esas vidas que podemos llamar dulces, tranquilas, sin grandes desgracias.
He ahí, alma inquieta y deseosa de saber lo que Dios quiere de ti, los elementos de tu santificación; eso es lo que Dios te proporciona.
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¿Quieres saber lo has de preocuparte tú misma?
Algo más de paz en la acción, de delicadeza de conciencia, de benevolencia en la forma, de dulzura en las palabras de violencia para no turbarte, de paciencia para esperar, de ingenuidad para recibir, de bondad para disculpar.
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He ahí, de una parte, Dios y los elementos que te ofrece; de otra, tú y por decirlo así, los útiles que posee tu voluntad.
Pon manos a la obra, y para ocupar los minutos de cada día, obtendrás: una mirada peligrosa reprimida, una sonrisa algo maliciosa no terminada, una línea interrumpida a causa de la prisa o por obediencia, un recuerdo algo sensual ahogado, una carta querida leída rápidamente una sola vez, un sentimiento malévolo valerosamente dominado, una persona no muy simpática acogida con sencillez, una importunidad o una molestia sufridas con templanza, un arrebato del natural o un arranque caprichoso inmediatamente reprimido, un gasto inútil evitado, una nube de tristeza dulcemente alejada, una alegría demasiado natural moderada, un movimiento de temor calmado por una mirada al Huésped Divino del corazón, que protege, un <<hágase>> en medio de un violento acceso de tristeza o dolor moral, lenta y afectuosamente repetido, un deber penoso continuado animosamente hasta el fin. Cada uno de estos actos es una piedra añadida, tal vez cada minuto, al edificio de tú santificación.
Y cada uno se llama un acto de virtud, que es la moneda que compra el cielo.
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¿Pero no hay en eso una violencia continua, penosa, irritante?
Estudiados en detalle, estos actos multiplicados asustan; en la práctica, cuestan poco y se ejecutan en medio de la paz y de la alegría.
Basta para ello, obligaremos en serio a hacer a cuantos nos rodean todo el bien que podamos a dirigirles cuantas palabras buenas sepamos, a mirar a Dios como a un padre amadísimo a quien no queremos desagradar, en fin, a considerar el alma y el corazón como un niño del cual queremos que sea muy hermoso, muy sabio, muy digno.
Insisto en este pensamiento demasiado poco conocido. ¿Por qué no consideran nuestra alma y nuestro corazón como a un niño que Dios nos a confiado y a quien tenemos el deber de convertir en puro y hermoso.
¿Por ventura nos fatigan alguna vez los cuidados que damos que damos a nuestro cuerpo? Esto no obstante, te dejo casi abandonado, pobre corazón mío; ¡cuán poco me cuido de tu salud y tu bienestar real!
SENCILLOS CONSEJOS A UNA JOVEN
Sí, muy sencillos. Escuchadlos, querida niña; penetra lentamente en tu alma como el rocío el penetra en el cáliz de las flores.
Apenas van indicados, mas ¿por qué no comentarlos por escrito cuando estés sola en tu aposento? El trabajo de otro jamás nos aprovecha tanto como el que hacemos para nosotros mismos.
He aquí estos consejos:
Desconfía una amistad nacida con demasiada rapidez.
Desconfía de un goce que te conmueva con demasiado ardor.
Desconfía de una palabra que te turbe o te hechice súbitamente.
Desconfía de un libro que te haga soñar.
Desconfía de un pensamiento que no quieras confiar a tu madre.
Pon estos pensamientos al pie de tu crucifijo; y a veces cuando los leas, pregunta a cada uno de ellos: ¿por qué?
¡Ángeles Guardianes de las almas a las cuales nos dirigimos, manifestadles el por qué de esas desconfianzas, que tal vez les parezcan exageradas.
Mons. Sylvain

