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P. Paco
Artículos |
VIDA CON
SENTIDO Y VIDA CONSENTIDA
-Jesús, luz verdadera-
Prólogo
Muchas personas comentan
preocupadas sobre la pérdida del sentido de la vida. Señalan que no todo
debe ser trabajar, producir, consumir y divertirse. Cada vez son más
frecuentes los suicidios en jóvenes. La pérdida de intensidad utópica es
notoria en nuestro tiempo. Por tanto, nos proponemos dar una pequeña
repuesta a estas preguntas sobre el sentido de la vida. Y lo hacemos
desde las respuestas que nos llegan de diversos testigos que nos
ofrecen recursos para despertar y educar la pregunta por el sentido.
Sin sentido, la vida es absurda. Nos aboca a un “ir tirando” con
motivaciones parciales e insuficientes.
Vivir con sentido requiere
un vínculo real y decisivo con un Dios a la vez distante y cercano que
nos ofrezca el porqué último de nuestra existencia. Ese vínculo no puede
ser otro que la fe cristiana, pues creer supone dar libremente un salto
bastante razonable.
Sabiendo vivir, toda
existencia se transforma en una aventura fantástica y única. El ser
humano alcanza su madurez como persona cuando se enfrenta a sí mismo y
da respuesta al sentido último de su existencia. Por eso con esta
conferencia nos proponemos dar algunas pequeñas pistas, ayudar a
descubrir la luz interior. Un místico oriental decía:
Igual
que una mano delante de los ojos tapa la montaña más alta, la pequeña
vida terrenal esconde las innumerables luces y maravillas que abundan en
el mundo, y quien sea capaz de quitársela de delante igual que se retira
la mano, ése verá el esplendor enorme de los mundos interiores.
(Rabí Nackmann de Brazlar)
La pregunta por el sentido
es la pregunta más interpelante y acuciante de la condición humana.
Entre las grandes preguntas que se hace el hombre, la que se interroga
por el sentido de su vida es la que da paso a todas las demás y de cuya
contestación depende su comportamiento.
Con el título “Vida con
sentido y vida consentida” nos proponemos sólo mirar el horizonte.
En la vida diaria, la mente humana es comparable a un pasajero en un
barco; sólo ve el horizonte. Pero lo que hay más allá, es mucho mayor y
más grandioso que lo anterior. Nuestro yo sólo reconoce la realidad que
es captada por la razón y los sentidos. La magnitud de lo que hay más
allá de esa capacidad de conocimiento es inimaginable.
Querer vivir la vida con
sentido es hacer de la vida una vida consentida. Consentida en sentido
pleno. Hablamos de vida consentida en el sentido de
consentir (del latín “consentire”). Permitir algo o condescender en que
se haga.
En busca del sentido de la
vida
Algunos pensadores
contemporáneos afirman que estamos viviendo un momento de
decadencia cultural. No sabemos si será cierto, pero lo que sí
es verdad es que una característica de la decadencia cultural es la
perdida del sentido de la existencia. Son muchos lo que no saben para
qué viven.
El
secreto de la vida, la verdadera alternativa es vivir sabiendo quien soy
y qué es el mundo, quien quiero ser y qué se espera de mí, cuál es el
sentido de que yo esté aquí, qué me va a hacer verdaderamente feliz.
Quien vea estas cuestiones como algo agobiante, en vez de ver en ellas
lo que son, es que no las ha entendido. La vida es mucho más que un
cálculo inteligente de placeres y apetencias.
La
vida humana presenta una pluralidad de posibilidades entre las que hay
que elegir; el hombre, que ejerce su libertad, se da razones para hacer
o preferir un comportamiento y no otro. Lo que el ser humano hace no le
viene dado por una naturaleza, sino que lo tiene que elegir, ha de
imaginarlo y después intentar realizarlo. La persona humana no es un
hecho, porque nunca esta hecha; es un hacerse, abierto al futuro,
proyectado hacia él, innovación libre. Esto es lo que está
desapareciendo del horizonte del hombre de nuestra época. Vivir es
preferir, dice Julián Marías. Por eso la razón de la filosofía
consiste en hacerse preguntas e intentar buscar respuestas justificadas.
En su libro Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida,
señala que “pocas veces se han dado tantas vidas a la deriva,
que se dejan llevar y cambiar de rumbo sin ser capaces de dar razón de
por qué lo hacen”.
El
peligro de entender al hombre como cosa, en lugar de verlo como persona,
lleva a una atenuación o eliminación de la libertad. Si se toma en serio
la noción “el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios”, como se
afirma en el Génesis, estamos definiendo al ser humano como “criatura
amorosa”. Se trata de la verdadera realidad de uno mismo. Julián Marías
piensa que lo que le viene al hombre de Dios, lejos de ser ajeno, es lo
más suyo porque es su imagen. Por eso apartarse de Dios es alejarse del
modelo, de lo más propio, de uno mismo.
Pilles LIPOVETSKY, que ha
auscultado con paciencia y profundidad los rasgos más significativos de
la época actual lo resume con un título duro y agresivo en su libro:
La era del vacío. Dice que nos pesa la vida, estamos
desencantados; vivimos como encarcelados en nuestro propio ser. Que
hemos perdido el sentido metafísico de “hogar”; el hombre actual no
logra sentirse “en casa”, ni en la sociedad, ni en el cosmos, ni consigo
mismo. El ser humano parecería un ser en huida.
La ciencia y la tecnología
ofrecen a la humanidad una medicina más sofisticada y más segura;
aumenta el confort y se prolonga la vida; los productos de consumo son
cada vez de mayor calidad y de creciente abundancia. Parecería que se
dieran los condicionamientos ideales para organizar una vida feliz.
Pero no, constatamos que
no se terminan de encontrar caminos de paz, que se van perdiendo los
horizontes de la esperanza y es invadido por el desencanto, el
aburrimiento y la soledad. Por momentos parecería que el hombre ha
olvidado su identidad o que conociéndola, no sé por qué,
se avergüenza de ella y pretende ignorarla.
El problema básico es de
identidad: ¿Qué soy yo?, ¿Quién soy? A estas preguntas le siguen estas
otras referidas a su acción: ¿qué hago?, ¿por qué existo?,
¿hacia donde oriento mi vida?
La identidad y la acción
suscitan las preguntas del que y del para que.
Al hombre se le plantea todavía un tercer grupo de preguntas, las
preguntas del porqué: ¿por qué existo?, ¿por qué soy lo
que soy?, ¿por qué actuar?, ¿por qué me pasa lo que me pasa?, ¿por qué
esforzarme, o sufrir, o luchar?, ¿qué pinto yo en este mundo? Estas
preguntas del tercer grupo apuntan al sentido. Cuestión
incómoda para muchos que no quieren cuestionarse.
El
ser humano es problemático, y lo es porque es un ser con preguntas que
necesitan respuestas. Del mismo modo que hay que leer con sentido, tener
el arte de leer, para enterarnos de lo que leemos; también, vivir con
sentido exige la inteligencia o conocimiento de la ciencia y el arte de
vivir.
Vivir con sentido exigiría
el conocimiento de unas claves de interpretación que fuesen capaces de
dar sentido a cada circunstancia de la vida (trabajo, sufrimiento,
enfermedad, diversión, amistad…); del mismo modo que entender una
película exige conocer las claves de interpretación de los signos y
palabras que salen del argumento.
El
sentido no tiene que ver tanto con el sentimiento como con la
inteligencia o conocimiento. Pues, la vida en general no existe; lo que
existe es esta o aquella vida en concreto. Cada vida tiene su razón de
ser específica, individual, propia y distinta. Toda vida tiene sentido,
lo que toca a cada uno es descubrirlo y realizarlo. Lo que pasa es que
hay que
saber mirar.
Por tanto, vamos a tratar cómo deberá ser nuestra mirada para que, sin
problemas, cada uno encuentre la razón de ser de su vida y sepa
vincularse a ella.
Para buscar el sentido,
aprender a mirar
Vivir
con sentido requiere mirar. Aprender a mirar es imprescindible para
aprender a vivir. Aprender a mirar exige saber mirar dentro de uno
mismo. No se mira con los ojos, se mira desde dentro. La verdadera
mirada humana es una mirada desde el interior, que se dirige al interior
de lo que se mira. Se contrapone a la mirada superficial. La mirada
superficial es muy rápida, no se detiene, no sabe contemplar.
Quien mira hacia dentro ve
mucho más de lo que muestra la superficie. Mirar hacia dentro es mirar
el cuadro, que es bien distinto a ver un lienzo salpicado por pegotes
de óleo de distintos colores. Quien sabe mirar la vida puede vivirla; el
superficial sencillamente la gasta. Miguel de Unamuno lo dice con una
expresividad genial:
·
…busca dentro de ti, busca el otro, tu ámbito interior,
el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero
que es la mejor forma de derramarte en él… En vez de decir, pues,
¡adelante!, o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja
llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en
ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso.
“Doy cuanto tengo”, dice el
generoso; “doy cuanto valgo”, dice el abnegado; “doy cuanto soy”, dice
el héroe; “me doy a mí mismo”, dice el santo; y di tú con él, y al
darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello tienes que hacerte
universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!
La mirada superficial sólo
mide el valor de las cosas por su utilidad. Hay muchas cosas buenas que
no son útiles, entre otras las flores. Como el zorro le decía al
Principito:
·
He aquí mi secreto. Es muy simple: no se
ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”
El
lenguaje de los signos es muy elocuente. Saber mirar los signos es uno
de los caminos para aprender a mirar hacia dentro. Este aprendizaje nos
hace capaces de reencontrar la grandeza de lo ordinario. Se trata, por
tanto de maravillarse no sólo con lo externamente novedoso o
extraordinario sino de saber mirar con el espíritu lo extraordinario
escondido en lo común.
Lo que supone “mirar
admirado” queda bien expresado en la invitación que nos hace el filósofo
francés Jean Guitton:
·
He aquí al mundo ante ti, joven, ¿y que
le falta para que tú comprendas? Simplemente, falta que te admires. Para
hacer el mundo más maravilloso, más habitable, sólo falta transformar
los ojos que lo contemplan. No es el universo el que se esconde, ahí
está: siempre ahí; silencioso, mudo, no es el universo el que se escapa
y se desnuda: es a ti a quien se le escapa el universo
Aprender
a vivir es aprender a mirar recreando la realidad. Recrear la realidad
es posible –como dice el Principito- creando lazos con la realidad.
Vivir la vida con sentido supone encontrar la razón de ser de la vida.
Es preciso aprender a mirar recreando. La clave de la felicidad y del
sentido no se encuentra en realizar una actividad u otra, sino en el
modo en que uno se relaciona en esa actividad, en el modo en que se
realiza y se entrega a ella.
Hay que mirar admirando.
Pero, ¿cómo aprender a admirarse? Antes de nada, parándose. Para mirar
hay que pararse. La soledad, el silencio, la lentitud, el reposo, son
necesarios para que nuestra vida y nuestra mirada sean propiamente
humanas. Mirar sin admirar cansa. Mirar admirando es la mirada de los
sabios, y ésta es la mirada que desvela lo más interesante y apasionante
de la vida. Vivir la vida con sentido requiere saber mirar.
En busca de un sentido
La pregunta por el sentido
acompaña a todo ser humano inteligente. ¿Quién soy yo? ¿Qué es la
persona humana? ¿Para qué vivimos? La cuestión del sentido es fuente de
inquietud para las personas humanas. En el nivel del obrar o del hacer,
también surge la pregunta por el sentido. ¿Para qué hacemos esto? ¿La
existencia humana tiene sentido? Lo que caracteriza a los seres humanos
no es la búsqueda de un sentido para vivir, sino de un sentido
último. Este adjetivo es fundamental. Para vivir con
plenitud y un alto grado de satisfacción en cualquier situación y de
modo definitivo, es preciso un sentido último.
¿Qué
realidades pueden ser suficientes para dar cierto sentido a la vida?
Muchas, pero fundamentalmente las que ponen de manifiesto la unicidad de
la persona; esto es aquellas realidades que en la vida sólo puede llevar
a cabo uno mismo. El amor y la creatividad nos hacen únicos e
irreemplazables, y son capaces de conferir un significado y sentido a la
vida. Con palabra de Nietzsche: “quien tiene un porqué
para vivir, encontrará casi siempre el cómo”.
Vivir la vida con sentido
requiere un algo último. Lo seres humanos y las culturas siempre
buscaron. La pieza que buscamos debe ser trascendente, necesariamente
deberá ser superior, será por propia naturaleza no asequible al hombre.
Será invisible, no evidente. Todo esto es tanto como decir que el
sentido de la existencia y del mundo deberá venir de fuera, de fuera de
la propia existencia y del propio mundo. Que es tanto como decir que el
mundo, si tiene sentido, deberá ser un mundo abierto, no cerrado.
Un mundo abierto
tiene por delante la tarea, difícil tarea, de establecer contactos,
relación, con esa realidad trascendente. Podemos distinguir cinco
escalones.
1.
Preguntas sobre el sentido de la existencia.
¿Para qué vivo? ¿Vale la pena vivir? ¿Cuál es el sentido de la
existencia? El ser humano busca respuesta al sentido, tanto al nivel
del ser, como del hacer, como de lo que le ocurre o sucede.
2.
Preguntas últimas sobre el sentido de la existencia.
¿Para qué vivo realmente? ¿vale a pena vivir? ¿Cuál es el sentido
último, global, total de la existencia? ¿Qué busco en el fondo al hacer
lo que hago? Lo único que se afirma es que tiene una energía por la que
necesita un algo último por el que vivir, y se siente inevitablemente
impulsado a buscarlo.
3.
Necesidad de poner un Dios en la vida.
Los dos primeros escalones son comunes a todos los seres humanos. La
respuesta que cada uno dé a esa búsqueda entra en el ámbito de la
libertad: cada ser humano elegirá aquello que considere. Por tanto, el
ser humano necesariamente busca un sentido.
4.
Admisión de un Absoluto.
El ser humano necesita afirmar un algo que oriente su existencia, un por
qué vivir. Lógicamente, la respuesta se busca en algo trascendente.
Sabiendo que la verdadera respuesta se encuentra en un trascendente
absoluto. Por absoluto entendemos el absolutamente primero, el
fundamento primero del ser, el origen fundamental de la vida y del
espíritu, superior en el tiempo a la caducidad del hombre.
5.
Admitir el Absoluto como Dios personal.
Alguien que conoce, quiere, ama… Sólo un Dios personal, que conozca y
ame al hombre, será capaz de dar un valor máximo a la vida, al acontecer
y al ser de la persona. Pasemos, por tanto, a la posibilidad de
contactar con la trascendencia: de existir un Dios que dé sentido a la
existencia humana, cómo podríamos conocerlo y relacionarnos con él.
Encontramos en el ser
humano una fuerza que constantemente le impulsa, desde su interior, a
buscar una verdad trascendente, un “sentido religioso”.
Eric Clapton,
el mítico guitarrista, cantante y compositor, habla en una entrevista de
sus experiencias profundas, y de sus éxitos:
Fue
abrumador. Con 22 años era como un millonario. Tenía todo lo que pensaba
que había que tener para ser feliz: una casa, una novia preciosa, una
carrera, dinero, un montón de gente que me admiraba. Pero no me sentía
feliz. La publicidad te dice que si tienes este coche, esto, lo otro, un
montón de cosas materiales, incluso una mujer bella, una familia, hijos,
será feliz. Es mentira. La felicidad viene por lo que ahora he
comprendido, de entenderte a ti mismo, de saber quien eres, de quererte
y sentirte cómodo con tu propia existencia. Pero cuando era joven no lo
sabía. De hecho, me ha costado toda la vida aprenderlo.
Para dar una respuesta
válida al sentido de la existencia, es preciso que el hombre pueda
entenderse con la trascendencia. Por un lado se encuentra Dios, por otro
el hombre. ¿Cómo podrá el ser humano ir al más allá? El hombre debe
buscar, pero para que le resulte posible dar con Dios, es preciso que
Dios tome la iniciativa.
Dios
mueve ficha.
Son dos mundos distintos. Será necesario que Dios entre en el mundo del
hombre para poder entenderse con él. Dios tiene que ser el primero en
mover ficha. Dios debe automanifestarse, darse a conocer. Es lo que
conocemos con el nombre de revelación. Dios deberá entrar en la
historia, hacerse ver. Pero nadie podría ver a Dios, no porque Dios se
esconda, sino porque no es visible a la forma de ver que tiene el ser
humano. El que busque a Dios deberá tener en cuenta estas limitaciones.
El hombre también tiene
que hacer algo para conocer a Dios. Cada verdad, para ser conocida,
requiere ser mirada con la mirada adecuada. Ya hemos
señalado algunas: mirar desde el interior, mirar admirando, abriéndose a
la verdad que pueda encerrar cada cosa, rectitud, estar dispuesto a ir
más allá de uno mismo.
Así como captamos la luz
con el ejerció del órgano que es el ojo, el olor, el gusto…, lo que
escapa o supera la capacidad de conocer del entendimiento humano lo
captamos mediante el ejercicio de la persona entera que llamamos fe. La
fe, por tanto, es una forma natural de conocer del hombre. No me detengo
en este tema. La doy por supuesta. Creer es, fundamentalmente, estar
referido a un Ser superior. Nos fijaremos a continuación en algunas
claves que iluminan más directamente la cuestión del vivir la vida con
sentido una vez aceptada la escalera cristiana como acceso al ser
divino.
Vivir respondiendo
La vida se parece a una
llamada que recibimos y que pide respuesta. No soy yo quien llama. “Él
nos amó primero” (San Juan). El primer movimiento es el revelarse de
Dios, me pone en la existencia, me crea. Después acepto la existencia.
Yo no llevo la iniciativa. Lo mío es responder a una decisión no mía:
acepto o rechazo la vida que se me ha decidido. Agradecimiento y
resignación son los dos tipos de respuesta básicos que se le ofrecen al
ser humano.
El Dios que se nos revela
en Cristo, por tanto, es un Dios que influye en la existencia del
hombre. Y tiene sus implicaciones.
Dios
sale al encuentro del hombre en cada una de las circunstancias. Al
hombre le corresponde responder. Ver a Dios en cada situación, las carga
de sentido. La respuesta depende de la libertad de cada uno. ¿Cómo saber
la respuesta que Dios espera? Es muy sencillo: la respuesta más
adecuada, siempre, es hacer el bien.
La vida es tan sería como
sencilla. Dios se impone en cada momento. La vida es sencilla: todo
ocurre sencillamente, como porque sí. Y al mismo tiempo es seria:
resulta que lo que en cada momento me encuentro, eso mismo es amor de
Dios.
Cada persona vive cada
acontecimiento de su vida doblemente, en su exterior y en su interior al
mismo tiempo. Un mismo hecho externo se vive interiormente de muy
diversas maneras. Ejemplo: Dos presos en la cárcel. Uno tras los
barrotes de su celda veía las estrellas; otro, todo lo malo y miserable
del mundo.
La vida interior es la vida interior de
todo ser humano. Lo que diferenciará al cristiano es que en su vida
interior está presente Dios: se le tiene en cuenta, se busca como
inspiración, se le deja influir en las elecciones, se le ve presente en
las circunstancias en las que uno se encuentra… Poco a poco Jesucristo
nos revela que somos hijos respecto a Dios, pero esa verdad, o bien se
recibe hecha vida desde el nacimiento (hasta el punto de que la persona
crezca entendiéndose así), o bien se admite en un momento de la vida
teóricamente, pero resultará difícil de asimilar (Dios es mi Padre; yo
soy hijo de Dios). La verdad teórica de que Dios es Padre llegará a dar
sentido a la existencia, no por la cabeza, sino por la vida: durante un
tiempo se deberá pensar y obrar esforzadamente como hijo, hasta
que uno, espontáneamente, piense, obre, ame y se conciba como hijo de
Dios.
Saber quien eres
La gran tragedia del
hombre de hoy es que no sabe quien es. No tiene sentido la vida por la
mera razón de que dispongamos de muchas diversiones. No tiene sentido la
vida por el mero hecho de que podamos comer, dormir y disfrutar. Es
fundamental encontrarse a uno mismo, saber uno quien es, la necesidad de
conocernos y de ser dueños de nuestra vida. Encontrar la propia
identidad significa mirar al origen de uno mismo, mirar atrás. Saber
quién se es obliga a echar una mirada a esas grandes verdades que están
en el origen del propio ser.
Según Krishnamurti,
mientras se es ignorante de sí mismo no se tiene base para el
pensamiento, para el afecto, para la acción. La respuesta a todos estos
interrogantes se produce cuando en verdad nos conocemos a nosotros
mismos y vamos entrando en nuestra tierra sagrada, descalzos, desnudos
de miedo, armados con el coraje de nombrar nuestra identidad: esa
conciencia profunda que todos tenemos y a la que nos referimos cuando
decimos YO.
A la luz de la revelación
cristiana, sabemos que así como Jesús de Nazaret se autodefine como el
Hijo de Dios, nuestra definición más propia y radical es la de hijos de
Dios. Nuestra esperanza sólo se enciende cuando prende en nosotros la
Luz de Dios. Nosotros somos incapaces de encenderla, pues no pertenece
al ámbito de nuestra “luz propia”. La comunión con Jesús, la
participación de su Espíritu, su Luz, la hace posible. El origen de cada
ser humano está en Dios, en el amor de Dios, en el amor de un padre que
quiere tener un hijo para compartir todo con él. Por lo tanto, mi origen
radical, al estar en el amor de Dios, se encuentra fuera del mundo y
fuera del tiempo.
Vivir la vida con sentido,
iluminada ésta por la creencia cristiana, cuenta con una dimensión
trascendente, supone contar con Dios, y mucho. Pero ¿sólo cuenta,
entonces, la otra vida? NO. Ésta se vive con sentido. Dios ha hecho un
mundo bueno y con muchas posibilidades, y damos gloria a Dios haciendo
buen uso de él. Dar gloria a Dios es descubrir lo bueno que es Dios y
descubrirlo en su creación.
También, Dios se puede
hacer presente en el mundo a través de cada persona. Dios actúa en sus
hijos, y al portarnos como hijos traducimos –aunque limitadamente- lo
bueno que es Dios, y queda visible su bondad a Él y a los hombres: esto
también es dar gloria a Dios.
“El padre me glorifica, y
yo glorifico al Padre”, dice Jesús. Esto es vivir la vida con sentido. Y
esto es hacer de la vida una vida consentida. Consentida en modo pleno.
Algunas últimas cuestiones
¿Hace falta ser cristiano
para ser bueno? NO
¿En qué se diferencia un
cristiano de un ateo? De forma sencilla podríamos decir que el cristiano
cuenta con un diccionario de sentidos, un mapa para
encontrar el tesoro y el motor de gracia que actúa
en él.
1.
Diccionario de sentidos. Hablamos el mismo lenguaje, pero
otro idioma. Viven las mismas realidades. Pero el cristiano ve las
distintas realidades con otro sentido. Ejemplo: la muerte, para el
cristiano es un cambio de vida. En los seres humanos, el cristiano ve un
hermano. En las injusticias el cristiano ve un pecado, una ocasión de
implicarse y de perdón…
2.
Un mapa para encontrar el tesoro. Todos vemos lo mismo,
pero de distinta manera. El cristiano conoce otros caminos distintos
para alcanzar esos mismos objetivos. El Evangelio es el mapa para
encontrar el tesoro.
3.
Un motor. El cristiano sabe que puede más que otros.
Tiene a Dios (la gracia, motor potente de gran cilindrada) que actúa en
él.
¿Para qué sirve ser
cristiano? Para nada… y para todo. Para lo mismo que le sirve a uno
saber quién es su padre. El cristiano sabe que tiene un Padre. Sirve
para alcanzar mayor nivel de felicidad.
Epílogo
Familia, educadores, todos
debemos de optar por una formación en valores que transmita sentido.
El
ser humano alcanza su madurez como persona humana cuando se enfrenta a
sí mismo y se formula secretamente, en el recinto sagrado de su
interioridad, la pregunta por el sentido último de su existencia.
Pensar en el
sentido de la vida es orar
(L. Wittgenstein)
Yo
soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no
permanezca en las tinieblas
(JESÚS,
Evangelio de Juan 12, 46)
P. Francisco , o.f.m.
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Bibliografía
P. BERGER, Una
gloria lejana. La búsqueda de la fe en época de credulidad.
Herder, Barcelona, 1994.
A. LÓPEZ QUINTÁS, La
cultura y el sentido de la vida. PPC, Madrid, 1993.
F. TORRALBA,
Pedagogía del sentido. PPC, Madrid, 1997.
W. YÄGER, En busca
del sentido de la vida. El camino hacia la profundidad de nuestro ser.
Nancea, Madrid, 2002
J.P. MANGLANO, Vivir
con sentido. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2001.
E. MAGDALENO, Hijos
de la Posmodernidad, Gran Editora, Buenos Aires, 1996.
Vida
Religiosa,
Año 2006,
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