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P. Paco

Artículos

VIDA CON SENTIDO Y VIDA CONSENTIDA

-Jesús, luz verdadera-

 

Prólogo 

Muchas personas comentan preocupadas sobre la pérdida del sentido de la vida. Señalan que no todo debe ser trabajar, producir, consumir y divertirse. Cada vez son más frecuentes los suicidios en jóvenes. La pérdida de intensidad utópica es notoria en nuestro tiempo. Por tanto, nos proponemos dar una pequeña repuesta a estas preguntas sobre el sentido de la vida. Y lo hacemos desde las respuestas que nos llegan de diversos testigos  que nos ofrecen recursos para despertar y educar la pregunta por el sentido.  Sin sentido, la vida es absurda. Nos aboca a un “ir tirando” con motivaciones parciales e insuficientes.

 Vivir con sentido requiere un vínculo real y decisivo con un Dios a la vez distante y cercano que nos ofrezca el porqué último de nuestra existencia. Ese vínculo no puede ser otro que la fe cristiana, pues creer supone dar libremente un salto bastante razonable.

 Sabiendo vivir, toda existencia se transforma en una aventura fantástica y única. El ser humano alcanza su madurez como persona cuando se enfrenta a sí mismo y da respuesta al sentido último de su existencia. Por eso con esta conferencia nos proponemos dar algunas pequeñas pistas, ayudar a descubrir la luz interior. Un místico oriental decía:

 Igual que una mano delante de los ojos tapa la montaña más alta, la pequeña vida terrenal esconde las innumerables luces y maravillas que abundan en el mundo, y quien sea capaz de quitársela de delante igual que se retira la mano, ése verá el esplendor enorme de los mundos interiores. (Rabí Nackmann de Brazlar)  [1]

 La pregunta por el sentido es la pregunta más interpelante y acuciante de la condición humana. Entre las grandes preguntas que se hace el hombre, la que se interroga por el sentido de su vida es la que da paso a todas las demás y de cuya contestación depende su comportamiento.

 Con el título “Vida con sentido y vida consentida” nos proponemos sólo mirar el horizonte. En la vida diaria, la mente humana es comparable a un pasajero en un barco; sólo ve el horizonte. Pero lo que hay más allá, es mucho mayor y más grandioso que lo anterior. Nuestro yo sólo reconoce la realidad que es captada por la razón y los sentidos. La magnitud de lo que hay más allá de esa capacidad de conocimiento es inimaginable.

 Querer vivir la vida con sentido es hacer de la vida una vida consentida. Consentida en sentido pleno. Hablamos de vida consentida  en el sentido de consentir (del latín “consentire”). Permitir algo o condescender en que se haga.

 

En busca del sentido de la vida

 Algunos pensadores contemporáneos afirman que estamos viviendo un momento de decadencia cultural. No sabemos si será cierto, pero lo que sí es verdad es que una característica de la decadencia cultural es la perdida del sentido de la existencia. Son muchos lo que no saben para qué viven.

 El secreto de la vida, la verdadera alternativa es vivir sabiendo quien soy y qué es el mundo, quien quiero ser y qué se espera de mí, cuál es el sentido de que yo esté aquí, qué me va a hacer verdaderamente feliz. Quien vea estas cuestiones como algo agobiante, en vez de ver en ellas lo que son, es que no las ha entendido. La vida es mucho más que un cálculo inteligente de placeres y apetencias.[2]

 La vida humana presenta una pluralidad de posibilidades entre las que hay que elegir; el hombre,  que ejerce su libertad, se da razones para hacer o preferir un comportamiento y no otro. Lo que el ser humano hace no le viene dado por una naturaleza, sino que lo tiene que elegir, ha de imaginarlo y después intentar realizarlo. La persona humana no es un hecho, porque nunca esta hecha; es un hacerse, abierto al futuro, proyectado hacia él, innovación libre. Esto es lo que está desapareciendo del horizonte del hombre de nuestra época. Vivir es preferir, dice Julián Marías. Por eso la razón de la filosofía consiste en hacerse preguntas e intentar buscar respuestas justificadas. En su libro Tratado de lo mejor. La moral y las formas de la vida, señala que “pocas veces se han dado tantas vidas a la deriva, que se dejan llevar y cambiar de rumbo sin ser capaces de dar razón de por qué lo hacen”.[3]

 El peligro de entender al hombre como cosa, en lugar de verlo como persona, lleva a una atenuación o eliminación de la libertad. Si se toma en serio la noción “el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios”, como se afirma en el Génesis, estamos definiendo al ser humano como “criatura amorosa”. Se trata de la verdadera realidad de uno mismo. Julián Marías piensa que lo que le viene al hombre de Dios, lejos de ser ajeno, es lo más suyo porque es su imagen. Por eso apartarse de Dios es alejarse del modelo, de lo más propio, de uno mismo.[4]

Pilles LIPOVETSKY, que ha auscultado con paciencia y profundidad los rasgos más significativos de la época actual lo resume con un título duro y agresivo en su libro: La era del vacío. Dice que nos pesa la vida, estamos desencantados; vivimos como encarcelados en nuestro propio ser. Que hemos perdido el sentido metafísico de “hogar”; el hombre actual no logra sentirse “en casa”, ni en la sociedad, ni en el cosmos, ni consigo mismo. El ser humano parecería un ser en huida.

 La ciencia y la tecnología ofrecen a la humanidad una medicina más sofisticada y más segura; aumenta el confort y se prolonga la vida; los productos de consumo son cada vez de mayor calidad y de creciente abundancia. Parecería que se dieran los condicionamientos ideales para organizar una vida feliz.

 Pero no, constatamos que no se terminan de encontrar caminos de paz, que se van perdiendo los horizontes de la esperanza y es invadido por el desencanto, el aburrimiento y la soledad. Por momentos parecería que el hombre ha olvidado su identidad o que conociéndola, no sé por qué, se avergüenza de ella y pretende ignorarla.

 El problema básico es de identidad: ¿Qué soy yo?, ¿Quién soy? A estas preguntas le siguen estas otras referidas a su acción: ¿qué hago?, ¿por qué existo?, ¿hacia donde oriento mi vida?

 La identidad y la acción suscitan las preguntas del que  y del para que. Al hombre se le plantea todavía un tercer grupo de preguntas, las preguntas del porqué: ¿por qué existo?, ¿por qué soy lo que soy?, ¿por qué actuar?, ¿por qué me pasa lo que me pasa?, ¿por qué esforzarme, o sufrir, o luchar?, ¿qué pinto yo en este mundo?   Estas preguntas del tercer grupo apuntan al sentido. Cuestión incómoda para muchos que no quieren cuestionarse.

 El ser humano es problemático, y lo es porque es un ser con preguntas que necesitan respuestas. Del mismo modo que hay que leer con sentido, tener el arte de leer, para enterarnos de lo que leemos; también, vivir con sentido exige la inteligencia o conocimiento de la ciencia y el arte de vivir.[5]

 Vivir con sentido exigiría el conocimiento de unas claves de interpretación que fuesen capaces de dar sentido a cada circunstancia de la vida (trabajo, sufrimiento, enfermedad, diversión, amistad…); del mismo modo que entender una película exige conocer las claves de interpretación de los signos y palabras que salen del argumento.

 El sentido no tiene que ver tanto con el sentimiento como con la inteligencia o conocimiento. Pues, la vida en general no existe; lo que existe  es esta o aquella vida en concreto. Cada vida tiene su razón de ser específica, individual, propia y distinta. Toda vida tiene sentido, lo que toca a cada uno es descubrirlo y realizarlo. Lo que pasa es que hay que saber mirar. Por tanto, vamos a tratar cómo deberá ser nuestra mirada para que, sin problemas, cada uno encuentre la razón de ser de su vida y sepa vincularse a ella.[6]

 

Para buscar el sentido, aprender a mirar

 Vivir con sentido requiere mirar. Aprender a mirar es imprescindible para aprender a vivir. Aprender a mirar exige saber mirar dentro de uno mismo. No se mira con los ojos, se mira desde dentro. La verdadera mirada humana es una mirada desde el interior, que se dirige al interior de lo que se mira. Se contrapone a la mirada superficial. La mirada superficial es muy rápida, no se detiene, no sabe contemplar.[7]

 Quien mira hacia dentro ve mucho más de lo que muestra la superficie. Mirar hacia dentro es mirar el cuadro, que es bien distinto a ver un lienzo  salpicado por pegotes de óleo de distintos colores. Quien sabe mirar la vida puede vivirla; el superficial sencillamente la gasta. Miguel de Unamuno lo dice con una expresividad genial:

·        …busca dentro de ti, busca el otro, tu ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero que es la mejor forma de derramarte en él… En vez de decir, pues, ¡adelante!, o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar; deja llenarte para que reboses luego, conservando el manantial. Recógete en ti mismo para mejor darte a los demás todo entero e indiviso.

“Doy cuanto tengo”, dice el generoso; “doy cuanto valgo”, dice el abnegado; “doy cuanto soy”, dice el héroe; “me doy a mí mismo”, dice el santo; y di tú con él, y al darte: “Doy conmigo el universo entero”. Para ello tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!  [8]            

 La mirada superficial sólo mide el valor de las cosas por su utilidad. Hay muchas cosas buenas que no son útiles, entre otras las flores. Como el zorro le decía al Principito:

·        He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” [9]

 El lenguaje de los signos es muy elocuente. Saber mirar los signos es uno de los caminos para aprender a mirar hacia dentro. Este aprendizaje nos hace capaces de reencontrar la grandeza de lo ordinario.  Se trata, por tanto de maravillarse no sólo con lo externamente novedoso o extraordinario sino de saber mirar con el espíritu lo extraordinario escondido en lo común.

 Lo que supone “mirar admirado” queda bien expresado en la invitación que nos hace el filósofo francés Jean Guitton:

·        He aquí al mundo ante ti, joven, ¿y que le falta para que tú comprendas? Simplemente, falta que te admires. Para hacer el mundo más maravilloso, más habitable, sólo falta transformar los ojos que lo contemplan. No es el universo el que se esconde, ahí está: siempre ahí; silencioso, mudo, no es el universo el que se escapa y se desnuda: es a ti a quien se le escapa el universo[10]

 Aprender a vivir es aprender a mirar recreando la realidad. Recrear la realidad es posible –como dice el Principito- creando lazos con la realidad. Vivir la vida con sentido supone encontrar la razón de ser de la vida. Es preciso aprender a mirar recreando. La clave de la felicidad y del sentido no se encuentra en realizar una actividad u otra, sino en el modo en que uno se relaciona en esa actividad, en el modo en que se realiza y se entrega a ella.

 Hay que mirar admirando. Pero, ¿cómo aprender a admirarse? Antes de nada, parándose. Para mirar hay que pararse. La soledad, el silencio, la lentitud, el reposo, son necesarios para que nuestra vida y nuestra mirada sean propiamente humanas. Mirar sin admirar cansa. Mirar admirando es la mirada de los sabios, y ésta es la mirada que desvela lo más interesante y apasionante de la vida. Vivir la vida con sentido requiere saber mirar.

 

En busca de un sentido

 La pregunta por el sentido acompaña a todo ser humano inteligente. ¿Quién soy yo? ¿Qué es la persona humana? ¿Para qué vivimos? La cuestión del sentido es fuente de inquietud para las personas humanas. En el nivel del obrar o del hacer, también surge la pregunta por el sentido. ¿Para qué hacemos esto? ¿La existencia humana tiene sentido? Lo que caracteriza a los seres humanos no es la búsqueda de un sentido para vivir, sino de un sentido último. Este adjetivo es fundamental. Para vivir con plenitud y un alto grado de satisfacción en cualquier situación y de modo definitivo, es preciso un sentido último.

 ¿Qué realidades pueden ser suficientes para dar cierto sentido a la vida? Muchas, pero fundamentalmente las que ponen de manifiesto la unicidad de la persona; esto es aquellas realidades que en la vida sólo puede llevar a cabo uno mismo. El amor y la creatividad nos hacen únicos e irreemplazables, y son capaces de conferir un significado y sentido a la vida. Con palabra de Nietzsche: “quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo[11].

 Vivir la vida con sentido requiere un algo último. Lo seres humanos y las culturas siempre buscaron. La pieza que buscamos debe ser trascendente, necesariamente deberá ser superior, será por propia naturaleza no asequible al hombre. Será invisible, no evidente. Todo esto es tanto como decir que el sentido de la existencia y del mundo deberá venir de fuera, de fuera de la propia existencia y del propio mundo. Que es tanto como decir que el mundo, si tiene sentido, deberá ser un mundo abierto, no cerrado.

 Un mundo abierto tiene por delante la tarea, difícil tarea, de establecer contactos, relación, con esa realidad trascendente. Podemos distinguir cinco escalones.

1.        Preguntas sobre el sentido de la existencia. ¿Para qué vivo? ¿Vale la pena vivir? ¿Cuál es el sentido de la existencia?  El ser humano busca respuesta al sentido, tanto al nivel del ser, como del hacer, como de lo que le ocurre o sucede.

2.      Preguntas últimas sobre el sentido de la existencia.  ¿Para qué vivo realmente? ¿vale a pena vivir? ¿Cuál es el sentido último, global, total de la existencia? ¿Qué busco en el fondo al hacer lo que hago? Lo único que se afirma es que tiene una energía por la que necesita un algo último por el que vivir, y se siente inevitablemente impulsado a buscarlo.

3.      Necesidad de poner un Dios en la vida. Los dos primeros escalones son comunes a todos los seres humanos. La respuesta que cada uno dé a esa búsqueda entra en el ámbito de la libertad: cada ser humano elegirá aquello que considere. Por tanto, el ser humano necesariamente busca un sentido.

4.     Admisión de un Absoluto. El ser humano necesita afirmar un algo que oriente su existencia, un por qué vivir. Lógicamente, la respuesta se busca en algo trascendente. Sabiendo que la verdadera respuesta se encuentra en un trascendente absoluto. Por absoluto entendemos el absolutamente primero, el fundamento primero del ser, el origen fundamental de la vida y del espíritu, superior en el tiempo a la caducidad del hombre.

5.      Admitir el Absoluto como Dios personal. Alguien  que conoce, quiere, ama… Sólo un Dios personal, que conozca y ame al hombre, será capaz de dar un valor máximo a la vida, al acontecer y al ser de la persona. Pasemos, por tanto, a la posibilidad de contactar con la trascendencia: de existir un Dios que dé sentido a la existencia humana, cómo podríamos conocerlo  y relacionarnos con él.

 Encontramos en el ser humano una fuerza que constantemente le impulsa, desde su interior, a buscar una verdad trascendente, un “sentido religioso”.

Eric Clapton, el mítico guitarrista, cantante y compositor, habla en una entrevista de sus experiencias profundas, y de sus éxitos:

 Fue abrumador. Con 22 años era como un millonario. Tenía todo lo que pensaba que había que tener para ser feliz: una casa, una novia preciosa, una carrera, dinero, un montón de gente que me admiraba. Pero no me sentía feliz. La publicidad te dice que si tienes este coche, esto, lo otro, un montón de cosas materiales, incluso una mujer bella, una familia, hijos, será feliz. Es mentira. La felicidad viene por lo que ahora he comprendido, de entenderte a ti mismo, de saber quien eres, de quererte y sentirte cómodo con tu propia existencia. Pero cuando era joven no lo sabía. De hecho, me ha costado toda la vida aprenderlo. [12]

 Para dar una respuesta válida al sentido de la existencia, es preciso que el hombre pueda entenderse con la trascendencia. Por un lado se encuentra Dios, por otro el hombre. ¿Cómo podrá el ser humano ir al más allá? El hombre debe buscar, pero para que le resulte posible dar con Dios, es preciso que Dios tome la iniciativa.

 Dios mueve ficha. Son dos mundos distintos. Será necesario que Dios entre en el mundo del hombre para poder entenderse con él. Dios tiene que ser el primero en mover ficha. Dios debe automanifestarse, darse a conocer. Es lo que conocemos con el nombre de revelación. Dios deberá entrar en la historia, hacerse ver. Pero nadie podría ver a Dios, no porque Dios se esconda, sino porque no es visible a la forma de ver que tiene el ser humano. El que busque a Dios deberá tener en cuenta estas limitaciones.

 El hombre también tiene que hacer algo para conocer a Dios. Cada verdad, para ser conocida, requiere ser mirada con la mirada adecuada. Ya hemos señalado algunas: mirar desde el interior, mirar admirando, abriéndose a la verdad que pueda encerrar cada cosa, rectitud, estar dispuesto a ir más allá de uno mismo.

 Así como captamos la luz con el ejerció del órgano que es el ojo, el olor, el gusto…, lo que escapa o supera la capacidad de conocer del entendimiento humano lo captamos mediante el ejercicio de la persona entera que llamamos fe. La fe, por tanto, es una forma natural de conocer del hombre. No me detengo en este tema. La doy por supuesta. Creer es, fundamentalmente, estar referido a un Ser superior. Nos fijaremos a continuación en algunas claves que iluminan más directamente la cuestión del vivir la vida con sentido una vez aceptada la escalera cristiana como acceso al ser divino.

 

Vivir respondiendo

 La vida se parece a una llamada que recibimos y que pide respuesta. No soy yo quien llama. “Él nos amó primero” (San Juan). El primer movimiento es el revelarse de Dios, me pone en la existencia, me crea. Después acepto la existencia. Yo no llevo la iniciativa. Lo mío es responder a una decisión no mía: acepto o rechazo la vida que se me ha decidido. Agradecimiento y resignación son los dos tipos de respuesta básicos que se le ofrecen al ser humano.

 El Dios que se nos revela en Cristo, por tanto, es un Dios que influye en la existencia del hombre. Y tiene sus implicaciones.

 Dios sale al encuentro del hombre en cada una de las circunstancias. Al hombre le corresponde responder. Ver a Dios en cada situación, las carga de sentido. La respuesta depende de la libertad de cada uno. ¿Cómo saber la respuesta que Dios espera? Es muy sencillo: la respuesta más adecuada, siempre, es hacer el bien.[13]

 La vida es tan sería como sencilla. Dios se impone en cada momento. La vida es sencilla: todo ocurre sencillamente, como porque sí. Y al mismo tiempo es seria: resulta que lo que en cada momento me encuentro, eso mismo es amor de Dios.

 Cada persona vive cada acontecimiento de su vida doblemente, en su exterior y en su interior al mismo tiempo. Un mismo hecho externo se vive interiormente de muy diversas maneras. Ejemplo: Dos presos en la cárcel. Uno tras los barrotes de su celda veía las estrellas; otro, todo lo malo y miserable del mundo. 

La vida interior es la vida interior de todo ser humano. Lo que diferenciará al cristiano es que en su vida interior está presente Dios: se le tiene en cuenta, se busca como inspiración, se le deja influir en las elecciones, se le ve presente en las circunstancias en las que uno se encuentra… Poco a poco Jesucristo nos revela que somos hijos respecto a Dios, pero esa verdad, o bien se recibe hecha vida desde el nacimiento (hasta el punto de que la persona crezca entendiéndose así),  o bien se admite en un momento de la vida teóricamente, pero resultará difícil de asimilar (Dios es mi Padre; yo soy hijo de Dios). La verdad teórica de que Dios es Padre llegará a dar sentido a la existencia, no por la cabeza, sino por la vida: durante un tiempo se deberá pensar y obrar esforzadamente como hijo, hasta que uno, espontáneamente, piense, obre, ame y se conciba como hijo de Dios.[14]

 

Saber quien eres

 La gran tragedia del hombre de hoy es que no sabe quien es. No tiene sentido la vida por la mera razón de que dispongamos de muchas diversiones. No tiene sentido la vida por el mero hecho de que podamos comer, dormir y disfrutar. Es fundamental encontrarse a uno mismo, saber uno quien es, la necesidad de conocernos y de ser dueños de nuestra vida. Encontrar la propia identidad significa mirar al origen de uno mismo, mirar atrás. Saber quién se es obliga a echar una mirada a esas grandes verdades que están en el origen del propio ser.

 Según Krishnamurti, mientras se es ignorante de sí mismo no se tiene base para el pensamiento, para el afecto, para la acción. La respuesta a todos estos interrogantes se produce cuando en verdad nos conocemos a nosotros mismos y vamos entrando en nuestra tierra sagrada, descalzos, desnudos de miedo, armados con el coraje de nombrar nuestra identidad: esa conciencia profunda que todos tenemos y a la que nos referimos cuando decimos YO.

 A la luz de la revelación cristiana, sabemos que así como Jesús de Nazaret se autodefine como el Hijo de Dios, nuestra definición más propia y radical es la de hijos de Dios. Nuestra esperanza sólo se enciende cuando prende en nosotros la Luz de Dios. Nosotros somos incapaces de encenderla, pues no pertenece al ámbito de nuestra “luz propia”. La comunión con Jesús, la participación de su Espíritu, su Luz, la hace posible. El origen de cada ser humano está en Dios, en el amor de Dios, en el amor de un padre que quiere tener un hijo para compartir todo con él. Por lo tanto, mi origen radical, al estar en el amor de Dios, se encuentra fuera del mundo y fuera del tiempo.

 Vivir la vida con sentido, iluminada ésta por la creencia cristiana, cuenta con una dimensión trascendente, supone contar con Dios, y mucho. Pero ¿sólo cuenta, entonces, la otra vida? NO. Ésta se vive con sentido. Dios ha hecho un mundo bueno y con muchas posibilidades, y damos gloria a Dios haciendo buen uso de él. Dar gloria a Dios es descubrir lo bueno que es Dios y descubrirlo en su creación.

 También, Dios se puede hacer presente en el mundo a través de cada persona. Dios actúa en sus hijos, y al portarnos como hijos traducimos –aunque limitadamente- lo bueno que es Dios, y queda visible su bondad a Él y a los hombres: esto también es dar gloria a Dios.

 “El padre me glorifica, y yo glorifico al Padre”, dice Jesús. Esto es vivir la vida con sentido. Y esto es hacer de la vida una vida consentida. Consentida en modo pleno.

 

Algunas últimas cuestiones

 ¿Hace falta ser cristiano para ser bueno?  NO

¿En qué se diferencia un cristiano de un ateo? De forma sencilla podríamos decir que el cristiano cuenta con un diccionario de sentidos, un mapa para encontrar el tesoro y el motor de gracia que actúa en él.

 1.      Diccionario de sentidos. Hablamos el mismo lenguaje, pero otro idioma. Viven las mismas realidades. Pero el cristiano ve las distintas realidades con otro sentido. Ejemplo: la muerte, para el cristiano es un cambio de vida. En los seres humanos, el cristiano ve un hermano. En las injusticias el cristiano ve un pecado, una ocasión de implicarse y de perdón…

2.    Un mapa para encontrar el tesoro. Todos vemos lo mismo, pero de distinta manera. El cristiano conoce otros caminos distintos para alcanzar esos mismos objetivos. El Evangelio es el mapa para encontrar el tesoro.

3.    Un motor. El cristiano sabe que puede más que otros. Tiene a Dios (la gracia, motor potente de gran cilindrada) que actúa en él.

 ¿Para qué sirve ser cristiano? Para nada… y para todo. Para lo mismo que le sirve a uno saber quién es su padre. El cristiano sabe que tiene un Padre. Sirve para alcanzar mayor nivel de felicidad.

 

Epílogo

 Familia, educadores, todos debemos de optar por una formación en valores que transmita sentido.

 El ser humano alcanza su madurez como persona humana cuando se enfrenta a sí mismo y se formula secretamente, en el recinto sagrado de su interioridad, la pregunta por el sentido último de su existencia.[15]

 

Pensar en el sentido de la vida es orar  (L. Wittgenstein)

 Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas  (JESÚS, Evangelio de Juan 12, 46)

P. Francisco , o.f.m.

 

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Bibliografía

 P. BERGER, Una gloria lejana. La búsqueda de la fe en época de credulidad.  Herder, Barcelona, 1994.

A. LÓPEZ QUINTÁS, La cultura y el sentido de la vida. PPC, Madrid, 1993.

F. TORRALBA, Pedagogía del sentido. PPC, Madrid, 1997.

W. YÄGER, En busca del sentido de la vida. El camino hacia la profundidad de nuestro ser. Nancea, Madrid, 2002

J.P. MANGLANO, Vivir con sentido. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 2001.

E. MAGDALENO, Hijos de la Posmodernidad, Gran Editora, Buenos Aires, 1996.

Vida Religiosa, Año 2006, Volumen


[1] Willis JÄGER, En busca del sentido de la vida. El camino hacia la profundidad de nuestro ser, Nancea, Madrid, 2002, 15

[2] José Pedro MANGLANO, Vivir con sentido, Ediciones Martínez Roca, Barcelona 2001, 21-22

[3] Citado por Enrique GONZÁLEZ FERNANDEZ en su artículo Benedicto XVI y la fuerza de la razón, Análisis 2006, 85

[4] Ibid., 87 

[5] J.P. MANGLANO, o.c., 23-25

[6] Ibid., 26-29

[7] Ibid., 31-35

[8] Miguel de UNAMUNO, ¡Adentro!, Obras Selectas, Plenitud, Madrid 1965, 183-189

[9] Antoine de SAINT-EXUPÈRY, El Principito, Alianza Editorial, Madrid 1971, 87

[10] Jean GUITTON, Nuevo arte de pensar, Encuentro, Madrid 2000, 38

[11] J.P.MANGLANO, o.c. 54-88

[12] Publicada en El Dominical del 8 de marzo de 1998, nº 58.

[13] Cfr. Jean GUITTON, Mi Testamento filosófico,  40-49; José Pedro MANGLANO, o.c. 219-225.

[14] Cfr, J.P. MANGLANO, o.c. 228-236

[15] Francesc TORRALBA, Pedagogía del sentido, PPC , Madrid 1997, 176

 


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Dios te bendiga

Que la Paz sea contigo