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Discernimiento
Vocacional

El llamado de Dios.
Cuando los hijos tienen vocación
Autora:
Josefina Schencke
Fuente:
Revista "Hacer Familia"
Santiago de Chile, nº 49
Dicen que si Dios llama y no le abren la puerta, entra por la
ventana. Por eso, cuando un hijo o una hija siente el llamado de
la vocación, de nada sirven los llantos y pataleos de los padres.
A poco andar, la familia comprende que el hijo que parte deja en
su lugar un sentimiento muy profundo, mezcla de paz y emoción.
Tres mamás compartieron con nosotros la experiencia de tener hijos
o hijas entregados a Dios. Nos contaron cómo se manifestó en ellos
la vocación y las dudas y temores que sintieron como padres.
"No te voy a decir que no lo hagas"
El
menor de los cuatro hijos de Carmen Munita, Andrés, es misionero
en el Chad, un país africano al sur de Libia y al oeste de Sudán.
Sacerdote jesuita, trabaja evangelizando y proveyendo ayuda
material a personas que en verano deben escarbar en el barro en
busca de agua. A los riesgos para su salud -ya ha tenido malaria y
está expuesto a toda suerte de pestes y fiebres- se suma la
situación del país que pone en peligro la vida de cualquier
misionero.
Nos cuenta su madre: "Para mí y mi marido no fue tan sorpresiva la
decisión de Andrés, porque él siempre había sido especial. A mí me
impresionaba -y todavía me impresiona- que fuera capaz de tantas
cosas, una persona que sabía a lo que iba y lo que quería. Además,
tenía un desprendimiento muy grande de sí mismo para darse a los
demás. Pero lo que más llama la atención es la alegría con la que
enfrenta la vida.
"Me contó su decisión a mí, antes que a mi marido. El estudiaba en
la universidad y yo le aconsejé que terminara su carrera. Le dije,
‘creo que es lo mejor, pero si tú ya tienes pensado esto, y crees
que tu camino es el sacerdocio, no te voy a decir que no lo
hagas’. Su papá y la familia también recibieron la noticia muy
bien.
"En 1996 se ordenó en la Compañía de Jesús y partió a Africa. Que
se fuera tan lejos no fue para mí tan triste como pensé que iba
ser. Me impacta mucho cómo, cuando uno está cerca de Dios, suceden
las cosas más curiosas. Por ejemplo, poco después que Andrés se
ordenara, celebró una Misa y me llamaron para que hablara sobre
cómo era tener un hijo sacerdote. Yo soy muy tímida y esto me
pilló de sorpresa. Pero, no sé cómo, el Espíritu Santo me iluminó
y hablé muy tranquila y contenta. Yo creo que esa misma fuerza me
acompañó para no tener pena cuando Andrés se fue.
"Un hijo sacerdote está mucho más cerca de lo que uno cree. Yo sé
que él reza todos los días por mí durante la Misa y eso me hace
sentirlo muy cerca. Y cuando viene a Chile salimos mucho juntos.
Para mis nietos es la locura: tiene mucha chispa y una alegría
contagiosa; casi no van al colegio porque su tío Andrés está
aquí".
"Yo sentía que su mision era tan noble, y eso me emocionaba hasta
las lágrimas"
Josefina Costabal tiene cinco hijos. La mayor, Susana Barroilhet
-de 24 años-, es consagrada de los Legionarios de Cristo desde los
19.
"La Susana estudiaba psicología en la Universidad Católica cuando
decidió congelar sus estudios para ‘dar un año’ y misionar fuera
de Chile, trabajando por el movimiento. A los dos meses me llamó y
me dijo ‘mamá, voy a consagrarme’. Nosotros no sabíamos lo que era
consagrarse, porque aunque ella participaba desde hacía tres o
cuatro años en el movimiento, yo no conocía la parte vocacional.
Ese fue el primer impacto.
"Cuando supe que iba a llevar una vida que se define como
contemplativa y misionera, es decir, como vida conventual, con
promesas de obediencia, pobreza y castidad y labor apostólica
fuera del país, me costó mucho la separación. Yo me proyectaba al
futuro y pensaba ‘nunca más’, ‘nunca más a su lado’". Además ella
ya estaba fuera de Chile, y no había posibilidad de abrazarla y
compartir su decisión, era como abrazar el aire. En esos momentos
y después siempre estuve muy cerca de Dios, para que me ayudara a
entenderlo mejor y a pasar luego la etapa de la separación".
"Yo nunca pensé que ella tuviera vocación, a pesar de que era muy
especial, generosa y siempre tuvo un carisma súper cristiano. La
Su era muy aplicada en el colegio y en la universidad, una vida
social intensa, de lunes a domingo, y le encantaba cantar donde le
pidieran. Es decir, muy del mundo también. Nunca se había
frustrado por nada, pero a la vez muy impulsiva, y por eso
nosotros le decíamos ‘piénsalo mejor, no te vayas a
arrepentir....’, ‘no mamá, me decía súper convencida y feliz’.
Después me escribió una carta contándome que recibió el llamado
claramente: sintió que Dios le decía ‘yo te quiero para Mí para
siempre’. Nos contó que a ella le costó al principio, que es lo
normal, y que cuando se sentó en la Iglesia y se entregó a la
voluntad de Dios, sintió una paz y una felicidad inmensa. Pensó
‘esto es lo que yo quiero’, y sintió que el Señor le decía ‘yo te
voy a cuidar, tú estás en mis manos’. Y desde entonces ha sido
muy, muy feliz. Desde ese momento mi familia la ha apoyado
siempre.
"Nosotros conversamos mucho con otras familias de consagradas, que
te cuentan: ‘Oye, nosotros también lloramos, esto es así al
principio, y lo mejor que puedes hacer es apoyarla, jamás estar en
contra y eso me ayudó mucho. Las mamás me decían, ‘mira, después
que pase un año, vas a estar feliz’. Dicho y hecho, al año
empiezas a apreciar y admirar todo esto, porque su decisión es lo
más noble que te puede pasar como mamá. Y pienso también lo noble
y grande que fue para ella renunciar a su familia, país, amigos,
universidad y a todos sus afectos por "el amor a Dios", es algo
muy santo, y es una bendición para toda mi familia.
"Yo creo que Dios elige lo mejor y estoy feliz de que la Susana
esté tan feliz. Además, ahora veo la vida y el sufrimiento a
través de un prisma distinto. Siento que Dios está siempre en
nuestra casa, hasta los momentos más difíciles se solucionan mejor
de lo que uno proyecta".
"Papá, ¿usted estudiaría Ingeniería si supiera que nunca va a ser
ingeniero?"
Ana María Errázuriz tiene nueve hijos, tres de los cuales
siguieron el llamado divino. Francisca es monja carmelita, José
Tomás es sacerdote diocesano y Pablo es miembro numerario del Opus
Dei.
"La Francisca era un terremoto. Estudiaba Matemáticas en la
universidad, tenía 19 años. Un 1 de octubre nos contó que quería
entrar al convento de carmelitas de Viña del Mar. Para nosotros
fue impactante, 'déjanos aterrizar, que no entendemos mucho tu
vocación', le dijimos. Entró en abril del año siguiente, lleva 21
años de monja y sigue siendo la de siempre: cariñosa, divertida,
alegre. Al principio fue difícil y la ceremonia con que las
reciben en el convento es impactante, pero con el tiempo me siento
feliz, es una bendición.
"A
José Tomás le vimos la vocación desde chico, siempre fue un niño
especial. Por eso no fue tan sorpresivo. Estaba en cuarto medio, y
entonces mi marido le dijo: ‘¿por qué no estudias una carrera
primero?’. Y él le contestó: ‘papá, ¿usted estudiaría Ingeniería
si supiera que nunca va a ser ingeniero?’ Ahora es párroco de la
Parroquia de San Diego de Alcalá".
"Pablo es ingeniero y también fue una sorpresa cuando nos dijo que
iba a ser miembro numerario del Opus Dei", cuenta. Se trataba de
una vocación distinta, sirviendo a Dios en medio del mundo, sin
abandonar su trabajo profesional, sino por el contrario,
convirtiéndolo en ocasión de santificarse y santificar a los
demás. "Pablo y todos mis hijos son muy felices, tienen vidas muy
completas y son la ayuda más grande que tengo", señala.
"Yo siempre le pedí al Señor que guiara a los niños como si fueran
cordelitos sujetos a un volantín. Siempre pedí por vocaciones,
pero me da una vergüenza tremenda que piensen que yo y mi marido
somos santos porque tenemos tantas vocaciones en la casa. ¡Porque
siempre fuimos súper normales!"
OJO: Temores y dudas de los padres.
Aún cuando los padres tengan una fe viva -la mayoría de las
vocaciones surge al interior de familias cristianas que viven con
coherencia su fe- hay un impacto inicial al saber a un hijo
escogido por Dios. Más tarde surgen por lo general ciertas dudas y
temores.
* ¿Tendrá verdadera vocación?
Si
bien Dios no llama por escrito, la vocación -explica el sacerdote
Eugenio Zúñiga- es una luz de la inteligencia que permite ver que
Dios quiere algo, un algo concreto, y una fuerza que empuja a la
voluntad para querer lo que Dios insinúa a la inteligencia como
algo propio. Explica que toda vocación es concreta y es distinta:
el sacerdocio, la vida contemplativa o la acción misionera, todas
son maneras distintas de servir a Dios. Además, dice que toda
vocación es sorpresiva y no es producto de una elección personal,
sino de un llamado divino a la abnegación y la renuncia.
*¿Ha sido presionado para tomar la decisión?
El
único que presiona amorosamente es Dios. Porque la orden,
congregación, movimiento etc. a la que postula es la primera
interesada en que el o la joven tenga real vocación. El padre Aldo
Coda, prefecto de teología del Seminario Pontificio Mayor explica
que en el Seminario existe un período de postulación, en el cual
los muchachos son presentados por alguien que los recomienda. Los
formadores evalúan muy detenidamente su vocación y rezan mucho
para que Dios los impulse para saber quién debe ser aceptado. Así
es como en todas las congregaciones y movimientos se evalúan las
vocaciones, porque existe mucho interés en que los muchachos y
niñas que postulan a una vida religiosa o de celibato apostólico
tengan real voluntad y vocación.
*¿Será feliz, estará muy solo, será fiel?
De
acuerdo a su experiencia como formador en el Seminario, el padre
Aldo afirma que las respuestas de los papás a la vocación de sus
hijos suele depender del grado de relación y vinculación que tenga
la familia con la Iglesia. "Pero todas las resistencias de un
comienzo, que resultan muy dolorosas para los chiquillos, se
transforman en alegrías cuando ven la felicidad de sus hijos".
Recomienda, además, que los papás conozcan los lugares en que sus
hijos estudiarán y vivirán, porque "la vida de formación no es una
vida oscura y triste como algunos creen. Los seminaristas son
chiquillos como todos que se están jugando por una opción, por un
don de Dios". Con respecto a la soledad que muchos papás temen
para sus hijos religiosos, por no vivir en el matrimonio, ambos
sacerdotes coinciden en que la vida en comunidad y en compañía de
Dios no puede ser solitaria.
Nadie tiene asegurada la fidelidad: ni en el camino del
matrimonio, ni en el de la vida dedicada a Dios. Pero en éste
último se cuenta con la gracia especial de Dios. Como dice Santa
Teresa, es el único que da a cambio el ciento por uno y la vida
eterna.
Original de
http://www.vidasacerdotal.org

Que la Paz sea
contigo |